Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 20.  Tae Min
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20.  Tae Min

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C asi sonrío al salir del cuarto de baño de mi habitación y encontrarme a Sloan sentada obedientemente en la cama. Me dirijo al vestidor y me quedo ahí, de pie, mirando al infinito lo que me parecen horas.

Sí, definitivamente debo estar perdiendo la cabeza.

Porque ceder con ella dándole un poco de libertad es la mayor locura que puedo cometer como bujan.

Me estoy jugando el puesto... y la vida.

Porque por muy primo mío que sea, a Joon no va a temblarle el pulso a la hora de matarla, y...

joder, no voy a permitir que lo haga. ¡Y debería hacerlo, maldita sea!

Debería dejarle acabar con ella y sacarme así la espina que llevo clavada en el corazón desde hace diez años.

Pero su traición no merece verla muerta por mucho que quiera convencerme de lo contrario.

Y algo me dice que, cuando promete que no hablará, dice la verdad.

Dejo mis dudas a un lado y me pongo un pantalón cargo y una camiseta negros. Lo que tengo que hacer me gusta mucho menos que darle libertad a Sloan, pero Sky ha sobrepasado los límites y tiene que verlo.

―¿Vas a irte otra vez?

La pregunta susurrada de Sloan cuando vuelvo a la habitación me detiene para mirarla.

Puedo ver el terror en sus ojos, y por un segundo, solo por un segundo, estoy tentado de acercarme a ella para abrazarla.

Pero aprieto los puños y asiento, intentando mostrar la frialdad que se ha instalado en mí como una máscara desde que ella regresó.

―Na Ri se quedará contigo ―respondo.

Mi respuesta la alivia tanto que relaja la espalda contra el cabecero de la cama.

―Bien. Sí. ―hace una pequeña pausa―. Mucho mejor que esa psicópata.

―Traerá el dichoso mando para que puedas ver la televisión ―respondo dirigiéndome a la puerta.

―¿Sin esposas?

―Por ahora.

Me sirvo un café mientras espero a mi prima, que no tarda demasiado en llegar. Se detiene en seco al ver mi ropa, porque sabe perfectamente lo que significa.

―¿Qué ha pasado? ―pregunta dejando el bolso sobre el sofá y acercándose a mí.

―Sky se ha pasado de la raya ―suspiro―. Tengo que castigarla y no puedo estar pendiente de Sloan ahora mismo. Vigílala hasta que vuelva.

―De acuerdo.

―Está suelta... pero que no salga de la habitación bajo ningún concepto. ―Le paso la llave de las esposas―. Si lo intenta, vuelve a encadenarla.

― Oppa ... yo confío en ella. Si dice que no hablará...

―Me importa una mierda, Na Ri ―la interrumpo―. ¿Puedo confiar en ti para cuidar de ella?

―Sabes de sobra que sí.

―Bien.

Cojo las llaves de mi coche y me dirijo al ascensor para bajar a la Kangpae.

No me pasa desapercibido el silencio que se ha instalado en la organización, y tampoco que todos me miran cuando paso por su lado en dirección a las celdas.

Pero Sky ha desobedecido mis órdenes directas, por muy amiga mía que sea, y debe pagar las consecuencias.

Dozer está de pie frente a la celda. Cuando me ve llegar, intenta acercarse para interceder por ella, pero una sola mirada le silencia de golpe.

Abre la puerta y se me revuelve el estómago al ver a Sky de rodillas en medio de la habitación, encadenada al suelo.

Ni siquiera levanta la mirada cuando cierran la puerta a mi espalda.

Joder, esto va a ser más difícil de lo que pensaba.

―¿Por qué lo has hecho? ―pregunto.

―Porque es lo que tendrías que haber hecho tú hace días, por eso ―escupe.

―Te di una orden concreta, Sky. Cuida de ella. ¡¿Cuidar de ella implica hacerla mear en un puto cubo de plástico?! ―grito― ¡¿Cuidar de ella es dejarla sin comer todo el jodido día?!

Aprieta los dientes, pero agacha la mirada y no responde. Sabe lo cabreado que estoy, y me conoce lo suficiente como para saber que le conviene más mantener la boca cerrada.

Me agacho a su lado y saco uno de sus puñales del pantalón. Un error de Dozer que debería costarle caro... pero sé que Sky jamás levantaría su arma contra mí. Confío en ella más que en mí mismo, joder... y esto me está matando.

―¿Cuál es el lema de la organización, Sky? ―susurro mirando el cuchillo.

Puedo ver un leve resquicio de temor en sus ojos castaños, pero no me agrada en lo más mínimo.

―Recita el juramento, Sky ―insisto al ver que no responde.

―Reconozco al linaje Han como autoridad absoluta ―comienza con la voz temblorosa―.

Obedeceré siempre sin discutir. Lo que vea u oiga dentro del clan no saldrá de mí.

Si hablo, acepto morir por ello. Jamás revelaré la ubicación del clan.

Ni bajo presión, ni bajo tortura. Jamás traicionaré a la familia Han.

Si lo hago, mi sangre será el precio a pagar.

La detengo levantando la mano.

―¿Has traicionado a la familia Han, Sky?

―¿Qué? ―El miedo en sus ojos ahora es jodidamente visible―. ¡No! ¡Jamás te traicionaría, Tae! ¡No iba a matarla, lo juro!

―¡¿Y qué coño ibas a hacer entonces, dime?!

―¡Asustarla! ¡Estaba siendo un grano en el culo y solo quería asustarla!

―La marcaste ―susurro con los dientes apretados, acercando el cuchillo a su mejilla―. Te pasaste de la raya y la marcaste, joder.

―¡Lo siento, bujan! ¡Nunca fue esa mi intención!

―Ahora debería marcarte yo a ti, Sky. Debería empezar cortándote la mano para que no vuelvas a desobedecerme.

Paso la hoja de la daga por su palma, pero sin llegar a cortar la piel. Sky tiembla, y tengo que apretar los dientes para seguir con esta mierda. Paso ahora el filo del cuchillo por su mejilla.

―Debería seguir por tu precioso rostro para que entiendas que no eres perfecta ―ahora lo pongo sobre su garganta―, y terminar en tu garganta, donde la cortaste a ella.

―Por favor, Tae...

Su voz tiembla, y maldigo en silencio a Sloan por ser la causante de que me encuentre en esta maldita encrucijada.

―Tendría que hacer eso... pero eres mi amiga y te quiero.

Su cuerpo se relaja y, por primera vez en los diez años que llevo conociéndola, Sky rompe a llorar. Aprieto los puños para no abrazarla, desatarla y llevármela a casa. En vez de hacerlo, mantengo el puñal contra su garganta.

―Tengo que castigarte, Sky ―susurro con la voz rota―. Pero la amistad que nos une va a salvarte de perderlo todo.

Muevo el cuchillo lo justo para traspasar la piel y hacerla sangrar. Ella gime, pero no se mueve. Limpio el arma con el bajo de mi camiseta y lo tiro a sus pies, alejándome hacia la puerta.

―Dejadla un día encerrada para que, la próxima vez que piense en desobedecerme, se lo piense mejor ―ordeno.

Me marcho por el pasillo en dirección a la puerta que da al garaje, pero Dozer me detiene.

―¿Un día encerrada? ¿No crees que estás siendo demasiado duro con ella?

―¿Quieres acompañarla? ―pregunto arqueando una ceja, a lo que niega― Es lo que pensaba.

Continúo andando, pero me detengo tres pasos más adelante.

―Cúrale el corte que tiene en el cuello. Es superficial, pero evitemos que se infecte.

Bajo al garaje y me siento en el asiento del conductor de mi coche, pero soy incapaz de arrancarlo. Maldigo una y otra vez, golpeando el volante hasta que mis nudillos están cubiertos de sangre.

―¡Joder!

Lo que he hecho ahí arriba no ha sido un castigo para Sky. Me he castigado a mí mismo. Ella es mi mejor amiga, mi otra mitad en la organización, mi sombra, y haber tenido que romper nuestra confianza así es más de lo que puedo soportar.

Porque nuestra amistad se ha roto en el momento en que la he encerrado en la celda. Y si no se ha roto... seguro que está jodidamente dañada.

Pongo el coche a doscientos en dirección a las afueras de la ciudad. No tengo ni puta idea de a dónde voy, pero lo último que necesito ahora es llegar a casa y verla.

No puedo mirar a Sloan a la cara en este momento.

Quiero beber, joder.

Giro bruscamente el volante cuando veo a lo lejos los neones parpadeantes de un bar. No es mi estilo, pero servirá. Seguramente tenga que llamar para que vengan a buscarme, pero ahora mismo ese es el menor de mis problemas.

Es el típico antro de carretera: luces amarillas que parpadean, olor a grasa rancia y cerveza barata, camioneros encorvados sobre sus vasos y una barra pegajosa que ha visto demasiadas noches malas. Perfecto. Nadie me tocará las pelotas.

Me siento en la barra y una camarera cuarentona, con un uniforme rosa desteñido y un delantal blanco arrugado, pasa un paño húmedo por mi sitio, aunque los surcos de vasos en el metal no desaparecen del todo.

―¿Qué te pongo? ―pregunta con una cálida sonrisa.

―Bourbon. Jim Beam. Deja la botella.

Ella me mira con algo parecido a la compasión, aunque puede que lo esté imaginando. Deja un vaso de cristal blanquecino, debido a los innumerables lavados en el lavavajillas, y la botella que he pedido.

―El alcohol no solucionará tus problemas, muchacho ―susurra antes de darse la vuelta.

―No los soluciona, no... pero jodidamente ayuda.

Me sirvo el primer vaso y lo vacío en mi garganta de un trago.

Es un bourbon de mierda, pero me sirvo otro vaso.

Voy por el tercero cuando veo una mano acercarse a la botella, y la sujeto con firmeza antes de que los dedos lleguen a rozar el cristal.

Levanto la cabeza y veo a uno de los italianos sentarse a mi lado.

―¿Quién te ha dado permiso para sentarte? ―protesto.

―El bar no es tuyo, joder ―responde con gesto cansado―. Lisa, pon otra de estas, y trae algunos frutos secos para picar.

Le ignoro y vuelvo a vaciar mi vaso de un trago, pero parece que este hijo de puta tiene ganas de tocarme las pelotas.

―¿Qué te trae por aquí? ―pregunta― Creí que los Han os movíais en círculos más... exclusivos.

Le miro de reojo, pero no respondo.

―Hoy no estás hablador... aunque por lo general no sueles estarlo ―continúa, sirviéndose una copa y llenando de su botella mi vaso―. Tu primo es el sociable.

―¿Quién coño eres tú? ―pregunto de repente. Sé que es de la ‘Ndrangheta, pero no tengo ni puta idea de quién es.

―Gabriel Vitale, joder. ¿En serio no sabes quién soy? Nos hemos visto más de un centenar de veces.

―Sí, bueno... no es que los italianos me importéis demasiado.

Vitale... el hijo menor de Fabio Vitale, uno de los lameculos de Vitto Ferretti.

―¿Has deseado alguna vez algo prohibido con tantas ganas que has estado tentado a matar a tu propio hermano para conseguirlo? ―pregunta de repente.

―No tengo hermanos, así que...

―Déjame replantearlo... ¿Has deseado alguna vez algo con tantas ganas que serías capaz de matar a tu primo para conseguirlo?

―No, joder. Daría mi vida por él.

―Yo la daba por mi hermano... hasta que el hijo de puta de mi padre lo casó con la mujer que amo.

De repente la conversación empieza a parecerme de lo más interesante. Que haya guerras internas entre los italianos nos favorece, desde luego, pero sinceramente me puede más el chisme que las consecuencias de lo que este hijo de puta está contando.

Seguramente sea porque el bourbon está haciendo su trabajo.

―Sí que estás jodido... ―susurro― Enamorarte de tu cuñada... hay que estar enfermo de la cabeza, joder.

―La amaba mucho antes de que se casara con mi hermano, imbécil. Sarah siempre ha sido la niña de mis ojos, y ahora... ―Traga saliva―. Ahora tengo que ver cómo el hijo de puta de Stefano la hace sufrir un infierno.

―¿Y qué vas a hacer?

―No tengo poder para hacer nada. ―Su voz suena estrangulada, agónica―. Lo único que puedo hacer es consolarla, ocuparme de ella cuando... cuando...

No termina la frase, pero inconscientemente sé lo que sigue. Y mataría a ese maldito hijo de puta por atreverse a tomar a una mujer por la fuerza. Aprieto los dientes y lleno de nuevo su vaso, que vacía de un trago.

―¿Sabes lo que es soportar verla llorar por ese hijo de puta entre mis brazos? ―susurra― Una maldita tortura, joder. ¿Cómo puede seguir amándolo después de todo lo que le ha hecho? ¿Acaso es estúpida?

―Las mujeres suelen serlo.

―Daría mi puta vida si con ello consiguiera que, por un día, ella me mirase como le mira a él. Que sus sonrisas enamoradas fueran mías. Pero tengo que conformarme con sus sonrisas tristes, de agradecimiento. ¡No quiero su agradecimiento, maldita sea! Solo quiero...

Deja la frase en el aire mientras apura su vaso de licor.

Le entiendo.

Le entiendo jodidamente bien, porque así es como me sentí cuando Sloan me engañó con Ethan Blackwell hace ya diez años. La suerte es que yo sí disfruté de sus miradas, de sus sonrisas enamoradas y de mucho más antes de aquel momento.

Palmeo la espalda del italiano, intentando infundirle ánimo, y le pido a Lisa otra botella. Joder, esto va para largo.