Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 19.  Sloan
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19.  Sloan

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C uando me despierto por la mañana, me doy cuenta de que esta noche Tae no ha dormido en la cama.

Mejor así, la verdad. Es insoportable tenerlo tan cerca y no poder tocarle.

Y después de lo que hizo hace dos noches a mi lado...

Definitivamente es mejor que no haya dormido aquí.

Me incorporo, me siento con la espalda apoyada en el cabecero y suspiro. Qué aburrimiento, por dios.

Estar aburrida es mucho peor que no saber si van a matarme.

Me levanto y, dispuesta a entretenerme con lo que sea, enciendo la luz y me pongo a hacer la cama.

Una vez terminada, abro los cajones de la mesita de noche a ver qué encuentro.

En el primero hay cosas básicas: un cuaderno, un bolígrafo que parece caro, el estuche de unos auriculares inalámbricos, un cargador, colirio...

y mi salvación, el mando de la televisión que hay justo en una esquina del dormitorio.

Tomo el mando con un gritito y lo dejo sobre la mesita de noche, pero mi curiosidad me lleva a abrir la pequeña libreta.

Mi decepción es mayúscula cuando descubro en ella horas y lugares, como si apuntara sus citas en ella.

Chinatown, tres y cuarto. Centro comercial a las seis. Cosas así.

Abro el cajón de abajo y contengo la respiración.

Veo la funda rígida de lo que parece ser una pistola, pero antes de abrirla ya sé que está vacía.

Tae no es tan estúpido como para dejarme a mano un arma.

Además de la funda, hay un sobre manila que contiene una cantidad desorbitada ―para mí, al menos― de dinero, un mechero que parece de oro, un pendrive y una foto de Tae con su primo.

Me meto el pendrive en el sostén, aunque sé que tarde o temprano tendré que devolverlo.

No tengo dónde esconderlo, ni cómo verlo, ni cómo usarlo.

Pero ahora mismo necesito sentir que tengo algo mío, aunque sea una mentira.

Y si este pequeño aparato me desvela en qué demonios está metido Tae... merecerá la pena.

Tomo después la foto de Tae y el presidente Han.

Parece una imagen de la época en la que yo lo conocí.

Desde luego, no es el Tae frío y distante en el que se ha convertido.

Ambos están en la playa, riéndose y sosteniendo unas tablas de surf.

El presidente Han parece estar embadurnado en crema solar, pero Tae tiene un bonito tono bronceado que hace que el color de sus ojos se vea más intenso, como mercurio líquido a punto de desbordarse de sus iris.

Me muerdo el labio, porque está increíblemente guapo en esta foto.

Mi atención vuelve al cajón. Dejo la foto y desde el fondo rueda un frasco pequeño de perfume.

Se me retuercen las tripas cuando le doy la vuelta y veo que es de mujer.

Zara Femme. Me resulta familiar, pero no sé si es porque lo usé alguna vez siendo joven, porque alguna de mis amigas lo hacía o porque lo he visto mil veces en las estanterías cuando alguna vez he ido a Zara a comprarme ropa.

Quito el tapón para olerlo. Me gusta, y que me guste me cabrea.

Porque seguramente es el perfume de alguien importante para Tae, y saber que hay una mujer ahí fuera que llena sus pensamientos me pone enferma.

Lo lanzo al cajón con fuerza y cierro, haciendo bastante ruido.

La puerta se abre de golpe y me sorprende ver en el umbral a la mujer que siempre parece estar cabreada.

Sky, creo que se llama. Me mira de arriba abajo y vuelve a salir, pero esta vez deja la puerta abierta.

Que le den. Me siento en la cama y enciendo el televisor.

Casi grito de alegría al comprobar que está instalada la aplicación de Netflix.

Al menos mi encierro será mucho más llevadero.

Estoy buscando la serie que dejé a medias en casa cuando la tipa esa entra de nuevo en la habitación y, de un tirón, me arrebata el dichoso mando y apaga la televisión.

―¡Oye! ―grito intentando recuperarlo, pero lo estampa contra la pared, haciéndolo añicos― Tae te va a matar.

No responde. Deja un cubo junto a la mesita de noche y se da la vuelta para volver a marcharse.

―¿Para qué es eso? ―Sigue sin responder―. Te he preguntado que para qué coño es eso.

―Para que lo uses cuando necesites vaciar tu vejiga... o lo que sea.

―¿Disculpa? Va a ser que no.

―Allá tú. Veremos si cuando estés a punto de reventar no te tragas tus palabras.

―¿Vas a darme de comer? Son las once y tengo hambre.

―Parece que olvidas una cosa... Eres una prisionera aquí, así que da gracias de que no te mate.

Dicho eso, sale de la habitación, dando un portazo.

Miro el cubo mordiéndome el labio. Necesito urgentemente hacer pis, pero darle la razón...

Joder, al diablo. Me bajo los pantalones rápidamente, me siento en el cubo como puedo y vacío mi vejiga, suspirando por el alivio.

Lo aparto lo más que me permite la dichosa cadena de la cama, y vuelvo a sentarme en ella con las manos sobre mi estómago.

Me aburro. Me aburro demasiado.

―¡Eh! ―grito― ¿Dónde está Tae?

No obtengo respuesta.

―¡Tengo hambre! ¡Hooolaaaa! ¿Estás sorda o qué?

Estoy tentando al demonio.

Lo sé, soy muy consciente.

Pero ya no le tengo miedo a nada, mucho menos a una subordinada de Tae Min, porque sé que, si fuera a matarme, lo haría él mismo con sus propias manos. Algo me dice que ella no puede tocarme. Que, si lo hace, tendrá que pagar las consecuencias.

―¡Oooooyeeee! ―vuelvo a gritar.

Cansada de intentar llamar su atención, me levanto y tiro de la cadena para ver si puedo acercarme al sillón que hay junto a la ventana. Ni de coña, demasiado lejos.

Rebusco en la otra mesita de noche, pero los cajones están completamente vacíos, lo que me dice que yo estoy ocupando el lado de Tae. Sonrío casi sin darme cuenta, y no tengo idea de por qué.

Definitivamente, estar aquí encerrada me está volviendo loca.

―¡Oh... La de un pirata es la vida mejor... sin reglas y sin temor...!

Sí, estoy cantando una canción estúpida, pero es que no sé qué hacer para no morir de aburrimiento.

―Viviendo en un barco, buscando tesoros, bebiendo un montón de ron. ¡Sí! ¡Bebiendo un montón de ron!

La mujer de antes entra con los brazos en jarras, mirándome con fastidio.

―¿Crees que vas a cabrearme haciendo eso? ―protesta.

―Es tu culpa, me has roto el mando.

―Canta todo lo que quieras, no pienso hacerte caso.

Vuelve a marcharse y grito frustrada. ¿Que no vas a hacerme caso? Eso lo veremos.

Después de doce canciones estúpidas, recitar “Oh, Romeo, Romeo, que me meo” otras tantas y animarme a cantar k-pop, la puerta de la habitación se estampa en la pared y la tipa se lanza sobre mí, inmovilizándome en la cama.

Tiene su antebrazo colocado en mi cuello y aprieta hasta casi dejarme sin respiración.

Mierda, no debería haberla provocado.

Ahora sí tengo miedo. Estoy acojonada, para qué engañarnos. Trago saliva, pero intento ocultar mi temor detrás de mi fachada desafiante.

―Si me haces daño, te matará ―escupo.

―¿De veras? ―sonríe, y su sonrisa me hiela la sangre― Ni siquiera sabes qué relación tenemos, zorra. ¿Crees que después de diez años vales algo para él?

―Pues al parecer, más de lo que piensas. He descubierto su sucio secreto y aquí estoy. Atada a su cama... durmiendo con él. Muy indiferente no parezco ser, ¿no te parece?

Esto es una estupidez monumental, pero ya no sé cómo parar. Me cruza la cara de una bofetada. Me arde la mejilla, y seguramente me va a salir un buen moretón. Pero he descubierto su punto débil: le gusta Tae. Sonrío sin poder evitarlo. Mi boca va más rápido que mi instinto de supervivencia.

―¿Qué pasa? ¿Te he tocado la fibra? Tae no te hace caso y estás frustrada, ¿no? Te entiendo, el tío está cañón. Y sabe cómo moverse. Te lo digo por experiencia.

Otra bofetada, y siento el sabor ferroso de la sangre en la boca porque me he mordido la lengua. Joder, cómo duele. Pero estoy provocándola y no sé por qué demonios lo hago. Estoy tan nerviosa que necesito llenar el silencio con algo, aunque sea mi propia sentencia de muerte.

―Sigue pegándome, que cuando él regrese vas a tener que explicarle por qué no has seguido sus órdenes. Vas a estar muerta antes de que cuente tres, y voy a divertirme enormemente...

Me callo en seco cuando pone un puñal en mi cuello. Joder, eso no me lo esperaba. ¿De dónde coño lo ha sacado?

―Sigue hablando, zorra... y cuando llegue Tae no quedará de ti nada más que una mancha sanguinolenta sobre su cama.

Trago saliva ante su amenaza. Mierda, la he subestimado. El filo del cuchillo me corta la piel, quemándome. Aprieto los dientes porque ni de puta broma le voy a dar la satisfacción de quejarme, pero debe haber notado mi gesto de dolor, porque sonríe como toda una psicópata.

―Ahora ya no hablas tanto, ¿no? ―se jacta― Debería cortarte el cuello y ahorrarle a Tae el trabajo. ¿Qué dices?

Aprieta un poco más el puñal en mi cuello, profundizando la herida. Siento la sangre caer por el lado de mi cuello, y rezo en silencio porque Tae llegue antes de que cumpla su promesa.

―Un tajo diagonal en la yugular ―susurra―. Morirías lentamente, Sloan... Latido a latido. La vida escaparía sin poder evitarlo y tú... oh, dios... tú lo sentirías hasta el último segundo. Desearías no haberme provocado.

Un segundo estoy mirando aterrorizada esos ojos desquiciados, y al siguiente, tengo delante a Tae, que me mira con preocupación.

―¡Dozer! ―grita.

Un hombre fornido, también asiático, entra en la habitación y se detiene en seco al ver a la mujer inconsciente, tirada en el suelo.

―Llevadla a las celdas ―ordena Tae― ¡Ahora!

―Pero bujan...

―¡¿Acaso eres sordo?!

Se gira y levanta su arma, apuntándole, pero el tal Dozer se lleva a la mujer de la habitación. He tenido tanto miedo que rompo a llorar sin poder evitarlo. Tae maldice y se levanta de la cama para dirigirse al baño, topándose con el cubo lleno de orina.

―¿Qué coño es esto? ―protesta.

Giro la cabeza, avergonzada. Tae recoge el cubo, entra en el baño y lo estampa contra la pared de la ducha. Está enfadado... muy enfadado, e inconscientemente me encojo en la cama cuando vuelve con un pequeño botiquín.

―Déjame curarte eso.

Su voz es suave, aunque no puedo denotar en ella ninguna emoción. Me acerco hasta estar frente a él, que saca una gasa y un spray de clorhexidina. Examina el corte, dejando escapar un suspiro.

―Es superficial ―informa.

Pulveriza el desinfectante en la herida y siseo, aunque el escozor no es para tanto.

Puedo ver una esquina de su boca levantarse en una sonrisa, pero no dice nada.

Siento la gasa pasar por suavidad por la herida, saca un bote de pomada con letras coreanas del botiquín y también una especie de bastoncillo de los oídos sin algodón empaquetado en un sobre estéril.

Joder, no puedo dejar de mirarle.

Está tomando una pequeña cantidad de crema en el bastoncillo, algo que no tiene absolutamente nada de sexual, pero mi vientre se calienta y tengo que apretar las piernas.

Tae se acerca a mi rostro, levanta mi cabeza con una mano y extiende con suma suavidad la crema en la herida, y mi pulso se acelera.

Puedo sentir su aliento caliente en mi mejilla, el tacto suave de sus dedos en mi piel y, por un segundo, rezo porque me gire la cabeza para besarme.

Pero eso es un sueño imposible, lo sé, así que permanezco quieta hasta que termina de cubrir el corte con un apósito.

Mi estómago ruge en ese momento, y Tae mira hacia abajo con sorpresa, pero parece caer en la cuenta de algo y frunce el ceño.

―¿Has comido? ―pregunta.

Niego con la cabeza, y me sorprende abriendo la esposa de mi muñeca y dejándola caer al suelo.

―Ven conmigo.

Le sigo hasta la cocina. Ahora que estoy libre puedo observarlo todo con detenimiento, y he de decir que tiene una casa increíble.

Minimalista, todo en blanco y negro y sin adornos, pero es una casa de cine.

Me hace una seña hacia los bancos altos que hay en la isla de la cocina, así que me siento en uno de ellos y me dedico a mirarle mientras saca algunos alimentos del frigorífico y los armarios. Va a preparar pasta.

―Gracias ―susurro.

―No lo he hecho por ti, joder. Me ha desobedecido y tiene que pagar las consecuencias.

―Aun así, te agradezco que llegaras en ese momento. He pasado mucho miedo.

Tae no dice nada, pero aprieta la mandíbula mientras corta sobre una tabla algunos vegetales. Ahora que parece que tenemos una especie de tregua, pienso que sería buena idea intentar convencerle de que, al menos, me deje ver la dichosa tele.

―Mira, sé que he visto algo que no debería haber visto, aunque te aseguro que no tengo ni la más mínima idea de qué es ―comienzo.

Él se tensa un segundo, pero continúa cortando vegetales.

―Entiendo que debas mantenerme cautiva hasta que llegue el director Han, pero ¿no podrías al menos darme un poco más de libertad?

Sé que los gorilas de la puerta jamás me dejarían escapar, y no soy tan suicida como para lanzarme por la ventana para hacerlo.

Ni siquiera me dejas ver la televisión y...

El sonido del cuchillo al estrellarse contra la encimera me hace sobresaltarme.

―A ver si lo entiendo... ―Se pasa la mano por la barbilla, y yo tiemblo... aunque no de miedo―. ¿Crees que porque no he dejado que Sky te corte el cuello estoy de tu parte?

―No, claro que no, pero...

―¿Entonces qué quieres, Sloan?

―Que confíes un poco en mí. Te doy mi palabra de que no intentaré escapar, de que no saldré de la habitación a menos que me permitas hacerlo, pero, por favor, no vuelvas a atarme a la cama.

―¿Que confíe en ti? ―Se ríe sin ganas―. Confié en ti hace diez años, Sloan. ¿Y qué hiciste tú? Traicionarme. ¿De veras crees que voy a ser igual de estúpido esta vez?

Me muerdo el labio, porque aunque le cuente lo que de verdad pasó hace diez años, estoy segura de que no se creerá ni una sola palabra.

―Confórmate con que no te mate, Sloan, y da gracias.

―¿Puedo al menos tener el mando de la televisión? Sky lo ha destrozado esta mañana.

―¿En serio tienes ánimos de ver la televisión? Eres consciente de que puedo matarte en cualquier momento, ¿verdad?

Lo soy, desde luego, pero después de la conversación que le escuché el otro día con Na Ri, no tengo muy claro que quiera hacerlo.

―¿Tengo que aburrirme mientras tanto? ―respondo.

Él se encoge de hombros, marca un número en su móvil y se lo pone en el oído sujetándolo con el hombro.

―Ven a mi casa. Rápido. Y trae un maldito mando.

Sonrío como una niña pequeña. Una vez ha terminado de hacer la pasta, deja un plato delante de mí y se dirige a la habitación.

―Voy a ducharme ―informa―. Demuéstrame que puedo confiar en ti... y tal vez te deje desatada hasta esta noche.