Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 18.  Tae Min
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18.  Tae Min

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E stoy sentado en el puto sillón de mi habitación mirando a Sloan mientras duerme.

Na Ri me ha dicho que tenía migraña y yo...

y yo me he sentido jodidamente culpable.

Sloan solo tiene migrañas por estrés, así que toda esta situación le ha afectado más de lo que creía...

y todo es por mi culpa. Si me hubiera quedado en la gala, si no hubiera vuelto a la organización, ella no estaría en esta situación ahora mismo.

No quiero hacerle daño, y a su vez, quiero romperla de tantas formas que...

Deja escapar un gemido, pero no se despierta.

Me paso la mano por la mandíbula, malditamente frustrado, porque no encuentro más salida que confiar en ella.

¿Y cómo coño voy a hacerlo si me traicionó cuando pensaba que me amaba?

¿Cómo voy a dejar atrás todo el daño y el dolor que me hizo sufrir hace diez años para confiar en su palabra?

Pero tampoco quiero que sea Joon quien se encargue de ella. Porque si lo hace... joder, si lo hace es mujer muerta.

―¿Tae?

El breve murmullo de su voz me dice que está peor de lo que pensaba. Intenta incorporarse, pero un mareo la hace volver a tumbarse en la cama. Saco el teléfono y llamo a nuestro médico, Kwon Do Jin.

Sí, el puto dios de la cirugía estética en Nueva York forma parte de nuestra organización.

―¿Cuántos heridos? ―pregunta nada más descolgar.

―No son heridos, es solo una migraña ―respondo.

―¿En serio me estás llamando por una simple migraña, Han? ―protesta.

―Es importante, joder. Ven a mi casa.

Cuelgo el teléfono sin esperar respuesta.

Aparte de ser un cirujano plástico brillante, es un narcisista cabronazo de pelotas.

Me acerco al cuarto de baño, mojo un poco una toalla pequeña y la pongo sobre la frente de Sloan.

Recuerdo que el frescor a veces la aliviaba.

Ella gime, esboza una pequeña sonrisa y continúa con los ojos cerrados, aunque algo me dice que ahora está despierta.

―¿Por qué lo haces? ―pregunta, confirmando mis sospechas.

No lo sé, joder.

No tengo ni puta idea de por qué estoy siendo amable con ella cuando todo mi cuerpo me grita porque la trate mal, porque le haga daño como ella me lo hizo a mí.

Que la deje sufrir en soledad con su puto dolor de cabeza.

Pero mi mente... mi mente o mi puto corazón, no lo sé, no me permite desatenderla.

―No quiero que Na Ri me rompa las pelotas con sus tacones de aguja ―miento, haciéndola reír.

―Sí, es pequeñita pero matona.

―¿Necesitas ir al baño? ―¿Por qué he preguntado eso?―. Hace horas que estás ahí acostada.

―Vas a mirarme, así que prefiero aguantarme.

―Eres estúpida, en serio.

―Desde luego que lo soy. Debería haberme ido a casa sin molestarme en darte el parte sobre la avería. Ahora sería feliz, ignorando lo que eres en realidad, tumbada en mi sofá viendo Netflix y comiendo comida basura en vez de estar atada a tu cama.

Me levanto para marcharme, porque hablar con ella no es lo mejor dada la situación. Debe temerme, maldita sea, pero ahora mismo parece que está completamente relajada.

―La curiosidad mató al gato, Sloan. ¿Ese dicho no te enseñó nada?

―También hay un dicho que dice que un gato tiene siete vidas.

―Tal vez esta sea la última para ti.

Salgo de la habitación y cierro la puerta, sabiendo que he vuelto a instalar el miedo en su garganta.

Veinte minutos después, Do Jin entra en el ático portando un maletín, con su impecable traje de Brunello Cucinelli hecho a medida.

Deja el maletín sobre la isla de la cocina, saca un vial con un líquido transparente y una jeringuilla.

Carga la inyección y se vuelve hacia mí, que lo miro con una ceja arqueada.

―Bájate los pantalones y hagamos esto lo menos raro posible ―me dice.

―No es para mí, gilipollas. Ella está en mi habitación.

Sí, puedo permitirme el lujo de hablarle así porque Do Jin y yo somos amigos. Su padre era el médico de la organización de mi tío, y hemos crecido juntos.

―¿Ella? ―pregunta con curiosidad.

―No pienses cosas raras, está retenida.

Do Jin tiene el atino de no preguntar nada.

Vuelve a ponerle el protector a la inyección, toma el maletín y se dirige a la habitación, aunque le sigo de cerca.

Me siento en la silla mientras él le hace preguntas a Sloan sobre su enfermedad, deshecha la inyección preparada y toma otro vial para preparar la que le inyecta.

Sloan pone gesto de dolor al sentir el pinchazo y aprieto los puños para no golpear a Do Jin por hacerle daño. ¿Qué cojones me pasa?

―Deberías dejarla descansar, Han ―dice, recogiendo su parafernalia.

Le acompaño fuera de la habitación. Deja nuevamente el maletín sobre la isla y saca un frasco de pastillas.

―La inyección la aliviará, pero lo suyo sería que se tomara una de estas cada ocho horas a partir de mañana.

―De acuerdo.

―¿Puedo preguntar por qué está aquí?

―No, no puedes.

―¿El hwejang lo sabe?

―Aún no tiene que saberlo.

―Tae...

―Sé lo que estoy haciendo, ¿de acuerdo?

Do Jin se encoge de hombros y se marcha. No he dado ni dos pasos hacia la habitación cuando Sky irrumpe en el apartamento. Pongo los ojos en blanco.

―¿Qué haces aquí? ―protesto con fastidio.

―Intentar hacerte entrar en razón.

―No pierdas tu tiempo.

―Esa mujer es un peligro, Tae. Deberías encargarte de ella.

―Sé lo que hago.

―No, no lo sabes. No conozco la historia completa, pero te he escuchado llamarla a voces, llorar por ella mientras estabas borracho. Esa mujer te afecta, y si no te apartas de ella...

No la dejo terminar. La cojo del cuello y la estampo contra la pared, haciendo que uno de los caros cuadros que cuelgan de ella caiga al suelo, haciéndose añicos.

―¿Vas a volver a darme órdenes, Sky? ―pregunto con los dientes apretados.

Ella tiene el buen tino de negar.

―Voy a decírtelo una única vez más, y por tu bien espero que sea suficiente para que lo entiendas. Esa mujer es mi puto problema. Yo decido cuándo acabo con ella y de qué manera. Así que si vuelvo a escucharte opinar sobre esto, por muy amiga mía que seas, voy a pegarte un tiro. ¿Estamos?

Vuelve a asentir y la suelto, alejándome de ella.

―Cierra la puta puerta al salir, y no vuelvas a aparecer por aquí a menos que yo te llame. Y eso va para todos... incluida Na Ri.

Cierro la puerta del dormitorio dando un portazo.

Sloan se encoge en la cama y me invade la culpa, pero para mostrar mi punto debía hacer algo.

Vuelvo a mojar la toalla en agua fresca para ponerla sobre su frente.

Sin embargo, esta vez ella se aparta como si la tela quemara. Cojonudo, me ha escuchado.

―¿Te encuentras mejor? ―pregunto.

―¿Acaso te importa?

―Sloan... podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De ti depende la forma en la que pasen las próximas dos semanas.

―He jurado y perjurado que no voy a decir una palabra, pero no me crees. No me crees, ¿y esperas que yo te crea cuando me dices que yo decido cómo serán las cosas?

―¡¿Y por qué coño bajaste a esa parte de la galería si nunca habías estado allí, joder?!

―¡Te estaba buscando! ¡Soy tan estúpida que quise informarte sobre la avería, tonta de mí!

―En eso estamos de acuerdo, Sloan. No puedes ser más tonta.

Me levanto para marcharme, pero sus palabras me detienen en seco.

―Si vas a matarme, hazlo de una vez. Ambos sabemos que no va a temblarte el pulso al apretar el gatillo.

Una ira incontrolable me recorre. ¿Cómo se atreve a desafiarme así?

¡Es ella la que está en la cuerda floja, joder!

Me vuelvo rápidamente y salto sobre ella, inmovilizándola con mis piernas y mis brazos.

Puedo ver el miedo fluctuar en sus iris, y una sonrisa de completa satisfacción adorna mis labios.

―¿Matarte? ―pregunto en un susurro― Voy a hacerte querer estar muerta, eso puedo asegurarlo. Vas a pagar por lo que me hiciste hace diez años, ¿lo recuerdas? Porque yo no puedo olvidarlo.

La beso. La beso con fuerza, con rabia, porque me ha puesto de tan mala leche que solo quiero castigarla. ¿Matarla? ¡Intento mantenerla a salvo, joder! ¿Cómo se atreve a insinuar que...

El mordisco en mi labio me hace gemir.

El sabor ferroso de la sangre se mezcla con la saliva, y hundo la lengua en su boca con fuerza, sujetando sus dos manos con una de las mías sobre su cabeza.

Está completamente inmovilizada, y podría hacer con ella lo que quisiera con solo abrir la cremallera de mis pantalones y bajarle los suyos.

Podría... pero no soy un violador hijo de puta, así que me aparto lentamente cuando mi mente se despeja.

―Vuelve a retarme así y te juro que te arrepentirás de haberlo hecho ―amenazo.

Salgo de la habitación, cojo las llaves de mi coche y me dirijo a la puerta.

―Vigílala ―le ordeno a uno de los ilban de la puerta―. Si cuando vuelva tiene un solo arañazo, eres hombre muerto.

Bajo hasta el aparcamiento y me subo en el coche. Conduzco por la autopista a toda velocidad, intentando calmar el ardor que me ha provocado ese maldito beso.

Porque Sloan se ha terminado rindiendo.

Porque me lo ha devuelto en el último momento.

―¡Joder!

Golpeo el volante una y otra vez, hundiendo más el pie en el acelerador.

Pronto me llegarán a casa una multa o dos, pero me importa una mierda.

Sin quererlo termino en Rockaway Beach, el lugar donde empezó todo.

El lugar donde la besé por primera vez ―después de partirle la cara al hijo de puta de Ethan, pero esa es otra historia―.

Camino por la arena y me siento en el punto exacto en el que la apresé entre mis brazos.

Parece que fue ayer, aunque ya han pasado más de once años.

Ese día también estaba cabreado y, como hoy, la besé cegado por ello. Pero Sloan me correspondió desde el primer momento y...

Joder, Tae, deja de pensar en eso.

El teléfono suena en mi pantalón y gimo enterrando la cabeza entre mis piernas cuando veo que es Joon.

―¿Qué pasa? ―pregunto, cansado.

―¿Va todo bien?

Debe haber notado algo en mi voz, así que sonrío para evitar que se dé cuenta de que nada va bien.

―Todo está bien, hyung . Solo estoy cansado.

―¿Dónde estás? Escucho el mar de fondo.

―He bajado a dar un paseo por la playa para despejarme un poco. ¿Qué tal la reunión?

―No podía haber ido mejor. Le dije que en una subasta podría venderlo perfectamente por cien millones y que no compensaba el peligro de falsificarlo, que debía ofrecerme algo mejor. Subió a ciento veinte.

―Eso es estupendo, joder.

―Y lo mejor de todo es que mi padre ha quedado impresionado y ha reconocido una vez más nuestra valía.

Sonrío. Para Joon es muy importante contar con la aprobación de mi tío, así que sé cómo debe sentirse ahora mismo.

―¿Seguro que va todo bien, Tae? ―insiste.

―¿Quieres decirme algo o solo estás preocupado por mí?

―Estoy preocupado por ti, joder. Te escuchas apagado.

―Estoy cansado, ya te lo he dicho. Cansado... y con un dolor de cabeza cojonudo. Es todo.

―¿Te están dando más problemas de la cuenta?

―No, joder... no. No dormí bien anoche, es todo. Y deja de preocuparte, pareces mi padre.

―Muy bien, capullo. Que te den.

―¿Y qué coño haces llamándome? Allí deben ser las seis de la mañana.

―No puedo dormir. Hoy tengo que comer con Seo Yeon Ah y creo que voy a empezar a sentirme enfermo.

Rompo a reír a carcajadas por primera vez desde que todo el problema con Sloan empezó.

―Pobre Joon... tiene una cita a ciegas forzada ―me burlo.

―Ríete, pero tu madre está tanteando a algunas mujeres solteras para llevarlas a Nueva York una temporada.

Pongo los ojos en blanco ante la perspectiva de tener que lidiar nuevamente con el ansia de mi madre de verme casado.

―Impídelo, hyung ―advierto―. No te atrevas a permitirle traerme a ninguna.

―No sé... tal vez la deje por lo capullo que estás siendo.

―Rectifico. Comer con una de las mujeres más hermosas del país, que además es millonaria, es una auténtica putada. Te compadezco, hyung .

Joon cuelga riendo y vuelvo a mi coche. No sirve de nada escapar de la realidad que yo mismo me he creado. Debo volver a casa, asegurarme de que Sloan está bien... y pensar en cómo demonios voy a salir de esta sin que mi hwejang se entere y pida mi cabeza en bandeja de plata.