Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 17.  Sloan
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17.  Sloan

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M e despierto con un dolor de cabeza impresionante. Y no es para menos, pues no he sido capaz de dormirme hasta que Tae ha abandonado la cama de madrugada. Lo que ha pasado antes de eso... bueno, mejor no pensar en ello.

Porque verle masturbarse ha sido una auténtica tortura medieval.

Sentir sus dedos en mi piel después de tanto tiempo, aunque haya sido de forma breve, ha hecho que casi llegue al orgasmo, y eso está mal. Verdaderamente mal.

Me incorporo en la cama e intento alcanzar el interruptor de la luz que hay al lado de la mesita de noche.

En cuanto el cuarto se ilumina, el dolor de cabeza se vuelve más agudo, y un dolor lacerante se concentra en mis sienes.

Mierda, otra migraña. Vuelvo a apagar la luz e intento tumbarme, pero al ver que el dolor es más fuerte me quedo sentada con la cabeza apoyada en el respaldo acolchado, intentando que las náuseas no hagan de las suyas.

Se escucha la puerta de entrada y me acerco a la puerta de la habitación para poner atención y saber quién es.

―¿Qué haces aquí? ―pregunta Tae, y puedo notar que parece cansado.

―Voy a verla.

Es Na Ri. El alivio me inunda inmediatamente, porque no sé por qué, pero tengo la sensación de que ella no es tan mala después de todo. Algo me dice que puedo confiar en ella.

―No se lo has dicho a Joon ―comenta Tae.

―¿Estás loco? Pretendo que mi amiga continúe viva el mayor tiempo posible, así que si se te ocurre hacerle daño, te mataré.

Tae Min no dice nada. El miedo ante su silencio atenaza mi estómago, pero necesito seguir escuchando para saber qué va a hacer conmigo.

―¿Qué vas a hacer?

―Eso es asunto mío ―protesta Tae.

―Si te hubieras quedado en la fiesta y no hubieras bajado a la Kangpae, ella no habría tenido la oportunidad de infiltrarse en ella.

¿Qué demonios es la Kangpae? ¿El lugar donde estuve anoche?

―¡¿Crees que no lo sé?!

―Entonces déjala libre. Hablaré con ella y...

―¿Qué parte de que no confío en ella no has escuchado, Na Ri?

―Pues yo sí lo hago, y si promete que no nos delatará...

―Te recuerdo que soy yo quien está al mando. No vas a soltarla solo porque confíes en ella, joder.

―¿Y qué pasa con su abuela?

―Está de viaje, lo he comprobado. No volverá hasta dentro de una semana... y para entonces confío en haber descubierto lo que hacer con ella.

―¿Acaso crees que no hablan por teléfono a diario? ¿Que, aunque su abuela se esté divirtiendo, no se preocupa por ella? La llamará, y en cuanto vea que no responde un par de veces o tres, llamará a la policía.

―Entonces la haré creer que está en un viaje de negocios internacional y que no puede comunicarse con ella por el roaming.

―¿Crees que no hablan por Whatsapp?

―¡Pues la obligaré a hablar con ella, joder!

―No vuelvas a gritarme, oppa , o juro que te clavaré el tacón en el ojo.

La amenaza de Na Ri me hace sonreír. Saber que, a pesar de todo, ella está aquí para protegerme me hace sentir más liviana. Pero Tae es quien está al mando, no puedo olvidarme de ello.

―Déjame pasar, Tae Min ―advierte con fastidio.

―¿Qué vas a hacer?

―Tratarla como a una persona, cosa que seguro que no has hecho tú. ¿Vas a impedirme eso también?

Vuelvo corriendo a la cama y me masajeo la muñeca porque, de tanto tirar de la cadena que me mantiene anclada a la pared para escuchar tras la puerta, se me ha puesto bastante roja.

Na Ri entra en la habitación poco después portando varias bolsas, que deja en el suelo, junto a la cama, y se sienta en el borde del colchón, pero esta vez no se atreve a abrazarme.

―¿Estás bien? ―pregunta― Ese animal no te ha hecho daño, ¿verdad?

―Estoy bien ―respondo.

―Mira... siento mucho que te hayas visto envuelta en algo así ―susurra mirando su regazo―. Es culpa mía. Debería haberme quedado hasta que el técnico se marchara, pero...

Suspira y levanta al fin la mirada. Sus ojos están cargados de preocupación y culpa, y aprieto los brazos a mi alrededor para evitar abrazarla y reconfortarla. Está aquí para protegerme... pero no deja de ser una criminal, no puedo bajar la guardia.

―Voy a hacer todo lo posible por sacarte de aquí, pero tienes que jurarme que jamás le contarás a nadie lo que viste en el sótano ―continúa.

―¿Servirá de algo? Lo juré ayer mil veces, mientras suplicaba por mi vida, y mírame.

―La diferencia es que yo sí confío en ti, Sloan. Tae es un poco más... escéptico, por decirlo de forma suave. Pero si me juras que no dirás nada, yo te creeré.

―Lo juro ―susurro―. Yo solo quiero trabajar, vivir tranquila y cuidar a mi abuela, nada más. Me importa una mierda lo que hagáis ahí abajo. Yo solo...

Me detengo, porque pensar en mi abuela me produce un sollozo que intento ahogar en mi garganta. Pero es inútil, y en cuanto las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas Na Ri se acerca y me abraza. Para ser una criminal, la verdad es que resulta muy reconfortante su abrazo.

―Dime qué necesitas ―dice apartándose.

No me pasa desapercibido que se ha pasado la mano por las mejillas como si intentara borrarse las lágrimas. Lo que me hace tener mayor certeza de que no es tan mala como pensaba.

―Hacer pis ―respondo sin pensar.

Na Ri ríe, y termino riendo con ella. Rebusca en las bolsas que ha traído y saca algo de ropa deportiva. De marca, mucho más femenina que la que me dio Tae anoche.

―Te he traído algo de ropa para que puedas cambiarte mientras estés aquí ―explica―. Voy a soltarte y a dejarte sola para que puedas darte una ducha. ¿Puedo confiar en que no intentarás escapar?

No llegaría muy lejos, de todas formas. Esto es un ático, y o bien me lanzo al vacío y me estampo contra el asfalto o bien echo a volar, y lo segundo está descartado.

―Puedes hacerlo ―asiento.

―Bien. ―Toma una de las bolsas y me la entrega―.

Aquí tienes champú, gel de baño, productos de cosmética y de higiene íntima...

cualquier cosa que necesites, en realidad, pero si necesitas algo más solo tienes que pedirlo y me encargaré de proporcionártelo.

Me quedaré aquí mientras te duchas para que Tae no se comporte como un capullo, porque estoy segura de que, si se entera de que te estoy dejando sola, entraría en el baño contigo.

―Lo hizo ―susurro―. Lo hizo anoche.

―Voy a matarlo. Se está comportando como un Neanderthal y juro que voy a matarlo.

Tomo la bolsa de la mano de Na Ri y entro en el cuarto de baño. Me tomo mi tiempo, porque no sé cuánto tendré que esperar para volver a usar el baño. Aún siento en mi piel la suciedad y la humedad de la celda en la que me encerraron anoche.

El agua caliente es una auténtica gloria.

Casi gimo al sentir el chorro cálido impactar en mi piel, pero me doy prisa en ducharme por miedo a que Tae irrumpa en cualquier momento.

Bastante avergonzada me hizo sentir ayer como para darle la oportunidad de hacerlo de nuevo ―aunque apuesto a que la próxima vez que tenga que usar el baño estará esperando apoyado en el dichoso lavabo.

Cuando termino, me pongo un poco de crema hidratante y me visto.

Coloco los productos de belleza que me ha traído Na Ri en la vitrina que hay junto al lavabo ―donde encuentro algunos productos de skincare coreana masculina de Tae― y regreso al dormitorio.

Na Ri sonríe satisfecha al ver que le tiendo la cadena para que vuelva a encadenarme.

Lo hace, recoge las bolsas ya vacías que hay esparcidas sobre la cama y se gira para mirarme.

―¿Necesitas algo más? ―pregunta.

―Solo que apagues la luz al marcharte. Me duele mucho la cabeza y voy a intentar descansar un poco para que se me pase.

―Te traeré un analgésico, vuelvo en seguida.

Apaga la luz y cierra la puerta con suma delicadeza, dejándome sola.

Me tumbo en la cama y me aprieto las sienes con el corazón y el pulgar, es lo único que suaviza un poco el dolor cuando es así de fuerte.

Escucho leves murmullos, pero estoy demasiado dolorida como para levantarme a escuchar qué están hablando.

Poco después ―aunque no sé si realmente me he dormido y ha pasado más de una hora, la verdad― Na Ri regresa con una bandeja en la que porta un cuenco de cerámica, el analgésico, una botella grande de agua y un vaso.

―Creo que te vendrá bien comer un poco antes de tomarte el analgésico ―susurra―. Son gachas de arroz con pollo, muy parecidas a vuestra sopa de pollo occidental. Tómatela, te sentará bien.

―Gracias.

―Tengo que marcharme a la galería, pero volveré en cuanto cierre. Tae no te hará daño, te doy mi palabra.

Se da la vuelta para marcharse, pero mis palabras la detienen.

―Lo que vi ahí abajo, en el sótano... es lo que creo, ¿verdad? Sois falsificadores de arte.

―Cuanto menos sepas, más posibilidades tengo de que mi hermano te deje escapar con vida ―confiesa, y agradezco enormemente su honestidad.

―Gracias por estar de mi parte en todo esto. No debe ser fácil para ti.

―Siempre he sido la oveja negra de la familia ―bromea, encogiéndose de hombros.

―Me alegro mucho ahora mismo de que así sea.

Na Ri sale de la habitación y me deja sola.

Enciendo la luz de la mesita de noche, que es más suave que la del techo, y me tomo las gachas que me ha preparado.

Ya las había probado antes. Cuando Tae y yo estábamos saliendo, me las preparó alguna que otra vez cuando me encontraba mal por mis migrañas o mi periodo.

Eran distintas, pero igualmente deliciosas, como estas.

Escucho a Tae hablar por teléfono en la otra habitación.

Está cabreado, puedo notarlo en su tono de voz.

Por lo que he podido escuchar antes, hubo un fallo técnico en la puerta que hizo que se mantuviera abierta, así que supongo que es eso de lo que se está ocupando.

Al menos, espero que no sea de mi ejecución, aunque si Na Ri me ha dicho que no me hará daño, creo que puedo confiar en su palabra.

Dejo el tazón sobre la mesita de noche, me tomo la pastilla con un poco de agua y me acuesto, cubriéndome con las mantas.

Estoy aquí atrapada, pero algo me dice que Tae Min no es tan peligroso como quiere aparentar...

o tal vez solo es mi esperanza. En cualquier caso, no tengo ninguna opción de escapar.

Seguramente en la puerta habrá dos gigantes asiáticos que me reducirían en cuanto me vieran intentarlo.

Y como ya dijimos antes, lo de volar está descartado.