15. Sloan
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N o puedo dejar de temblar .
Siento el cuerpo entumecido, el miedo atenaza mi garganta y, aunque no creo en dioses ni historias, me he puesto a rezar.
Tae va a matarme, estoy segura.
He descubierto su sucio secreto y va a terminar con mi vida.
Lo peor no es saber que va a hacerlo, sino la incertidumbre de no saber cómo o cuándo.
Quiero hablar con mi abuela, decirle cuanto la quiero y asegurarle que voy a estar bien aunque sé que no es verdad.
Quiero decirle a Ava que su apoyo en estos pocos días ha sido muy importante para mí, que se ha convertido en mi mejor amiga y que me alegro mucho de haberla conocido.
Y aunque parezca ridículo, quiero decirle a Tae Min que lo siento.
Le escucho hablar con alguien por teléfono, pero no logro distinguir si es hombre o mujer. Está alterado, por lo que deduzco que están discutiendo. Un estruendo de cristales rotos me sobresalta. Me encojo cuanto puedo en el cabecero de la cama, rodeando mis rodillas con las manos.
Una puerta se abre, y la voz de la mujer que entró en la celda resuena por la habitación.
―Tae, no puedes hacer esto ―dice ella.
―¿Vas a decirme lo que puedo o no puedo hacer, Sky? Parece que se te olvida quién manda aquí.
―¡No estás en condiciones de ocuparte de ella, ¿no lo ves?!
―Ese es mi puto problema.
Un largo silencio, y la mujer lo intenta de nuevo. Esta vez, con voz dulce.
―Déjame encargarme, ¿sí? La mantendré cautiva hasta que vuelva Joon y entonces pensaremos qué hacer con ella.
―Me estás tocando los huevos, Sky.
―¡¿Es que no ves que lo hago por tu bien?!
―Sé lo que hago.
―¿En serio? ¿Por eso le preparas la cena?
―Estoy cocinando para mí, joder. Tengo hambre.
―Bujan...
¿Bujan? ¿Qué demonios es eso? ¿Un apelativo cariñoso coreano?
Céntrate, Sloan...
Eso es lo último que importa ahora mismo.
―Te lo advierto, si continúas vas a lamentarlo ―advierte Tae, con la voz tensa―. Y no te atrevas a llamarlo, si lo haces...
―Si no lo hago me matará.
―Elige entonces, ¿él o yo?
―Él, desde luego. Al menos Joon no ha perdido la cabeza como acabas de hacer tú.
―Buena elección.
―Vas a arrepentirte, Tae. Vas a arrepentirte mucho.
―Ese es mi puto problema, no el tuyo.
Se escucha un nuevo portazo y dos minutos después Tae entra en la habitación con un plato de comida. Hay salchichas, puré de patatas y beicon. Beicon crujiente, justo como me gusta. Levanto la cabeza para mirarlo. Tae nunca soportó el olor del beicon, y sin embargo...
―Come ―ordena.
Pincho una loncha de beicon para llevármela a la boca, pero me detengo a medio camino y vuelvo a ponerlo en el plato.
―No pienso comerme esto ―digo.
―¿Por qué demonios no?
―Si vas a matarme, no va a ser envenenándome.
Tae pone los ojos en blanco, coge una salchicha del plato y se la mete en la boca.
―¿Contenta? ―protesta cuando se la traga― Come.
Se da la vuelta y se marcha, dejándome sola de nuevo. ¡Necesitaba ir al baño! Con un suspiro, vuelvo a mirar el plato de comida. Joder, huele delicioso. Mi estómago empieza a gruñir y alargo de nuevo la mano hacia el plato, pero me detengo de nuevo. ¿Y si esa era la única salchicha sin envenenar?
Pero algo me dice que, si Tae tuviera intención de matarme, ya estaría muerta.
Gimo en cuanto pruebo el puré de patatas. Es suave y cremoso, con un toque a Grana Padano que me hace gemir. Otro pequeño gesto que me hace dudar de que quiera matarme.
¿Y si me ha traído aquí para evitar que otros lo hagan? La tipa esa, tal vez.
Ese pensamiento logra que el temblor de mi cuerpo se detenga. Si es así, si Tae está protegiéndome, es porque algo le importo. Y ese pensamiento hace que las mariposas de mi estómago emprendan el vuelo.
―Joder, estaos quietas ―protesto―. No es el momento.
La puerta se abre de repente y Na Ri irrumpe en la habitación. Se sienta en el borde de la cama y me abraza con fuerza. ¿Qué demonios hace ella aquí?
―¿Estás bien? ―pregunta― ¿Este animal te ha hecho daño?
―Estoy bien ―la tranquilizo.
Y es en ese momento en el que caigo en la cuenta de que a Na Ri no le parece extraño que yo esté encadenada a la cama de Tae, lo que quiere decir que ella también forma parte de lo que sea que se cuece ahí abajo.
―¿Lo sabías? ―susurro, apartándome de ella― ¿Sabías lo que hacían debajo de la galería?
Na Ri desvía la mirada, respondiendo sin querer. Un sollozo escapa de mi garganta, y aprieto el puño contra la boca para evitar que salga.
―¿Quién demonios sois? ―pregunto, aunque no espero respuesta.
Ella se levanta, alisa las faldas de su vestido y se da la vuelta, sin mirarme. Se dirige a la puerta de la habitación, pero en el último momento, se detiene.
―Me aseguraré de que no te haga daño ―es todo lo que dice―. Pero cuando vuelva Joon... no podré protegerte.
Se marcha y cierra la puerta con suavidad tras ella. Frustrada, lanzo la almohada lo más lejos posible de mí. Impacta contra la pared, pero no termina con la frustración que siento. Entonces las palabras de Na Ri vuelven a mi mente.
Cuando vuelva el presidente Han... joder, ahí sí que estoy muerta.
Aparto mi plato de golpe. Acabo de perder todo el apetito.
Tae vuelve poco después, no sé si ha pasado una hora o veinte minutos. Mira el plato, pero parece satisfecho con la cantidad de comida que hay en él, porque lo recoge y se da la vuelta para marcharse.
―Necesito ir al baño.
Mis palabras le detienen un segundo, pero vuelve a moverse hacia la puerta.
―¿Me estás escuchando? ¡Quiero hacer pis!
Me ignora. ¡El muy capullo me ignora! Y sale de la habitación, pero no cierra la puerta esta vez.
A través de ella puedo ver parte de su apartamento.
Es bastante lujoso y minimalista, a decir por lo poco que puedo ver.
El tío tiene un piano en el puto salón. No es grande, de esos de cola, sino uno pequeño apoyado en una pared del fondo.
Pero es un puñetero piano, y parece muy caro.
Recuerdo que una vez me dijo que le gustaba tocar, y que solía hacerlo a menudo cuando regresaba a su casa. Aunque ese era el Tae divertido, amable, bromista y cariñoso que conocí hace doce años. El de ahora... no quiero ni pensarlo.
Me sorprende volviendo a la habitación, soltando la cadena de las esposas de la pared y dirigiéndome hacia el cuarto de baño como si fuera un perro.
Como si fuera su puta mascota.
Espero a que se marche, pero en vez de hacerlo se apoya en el lavabo con los brazos cruzados, mirándome fijamente.
―¿Te importa? ―protesto― Necesito privacidad.
―Eso es algo que no vas a tener a partir de ahora, Sloan. Vamos, haz lo que tengas que hacer, estoy jodidamente cansado y quiero irme a la cama.
―¿También vas a verme cagar? ―pregunto.
―Y ducharte cuando sea necesario. Te doy dos minutos. O meas o...
Deja las palabras en el aire, pero sé perfectamente lo que significan.
Me bajo los pantalones de lino con cuidado de que la camisa me cubra lo suficiente como para que él no vea nada.
Sí, ha visto cada centímetro de mi piel, pero eso fue cuando no era un delincuente hijo de puta.
Le veo arquear una ceja y un amago de sonrisa escapa de sus labios, pero le ignoro completamente.
―Veo que ya no me tienes miedo ―comenta.
―Si me quisieras matar, ya estaría muerta ―respondo.
―Puede que sea un psicópata trastornado que quiere torturante antes de acabar contigo.
―No me habrías hecho la cena. Y con beicon, nada menos.
Se acerca hasta que me tiene atrapada en el váter. Apoya sus dos manos en la pared, a ambos lados de mi cara, y acerca la suya tanto que puedo verme reflejada en sus iris de color gris humo.
―Hay muchas formas de tortura, Sloan. Dejarte con hambre no es una de mis preferidas.
Su tono es bajo, ronco, y soy plenamente consciente de cuál es su forma preferida para torturarme. Me paso la lengua por el labio al pensarlo, pero él ríe por lo bajo y se aparta de mí, volviendo a su posición original.
Termino, me seco con un poco de papel ―porque de las toallitas higiénicas nos olvidamos, no las veo por ninguna parte― y me levanto para ponerme la ropa sin perder la poca dignidad que me queda.
Tae no ha soltado la cadena de mis esposas en ningún momento, pero no tira de mí, sino que camina delante a mi ritmo.
Otro pequeño detalle que me lleva a pensar que no me va a hacer daño.
Físico, al menos. Mental... tengo mis dudas.
Al volver al dormitorio descubro encima de la cama un pantalón deportivo de mujer, una camiseta juego y ropa interior que parece de mi talla. ¿Me tengo que cambiar delante de él? Ni de puta broma.
―Vamos, quítate la ropa ―ordena.
―No ―arquea una ceja.
―¿No?
―Eso he dicho. No vas a verme desnuda.
Saca un cuchillo de no sé dónde y corta mi ropa antes de que pueda reaccionar.
Mis pechos quedan expuestos, pero a él no parece importarle una mierda.
Me desliza la manga de la camiseta limpia por el brazo inmovilizado y la pasa por la cadena con un movimiento rápido antes de volver a atarme a la maldita cama.
―Lo demás puedes hacerlo sola.
Se da la vuelta, entra en su vestidor y me apresuro a vestirme antes de que regrese.
Cuando sale, yo ya estoy de nuevo en la cama, hecha un ovillo pegada al cabecero.
Lleva un pantalón de deporte y una camiseta negra de manga corta.
No debería parecerme atractivo, pero joder...
con los años se ha puesto mucho más guapo.
Tiene un cuerpazo bien trabajado y los pantalones caen sobre sus caderas como si el más mínimo movimiento pudiera hacerlos deslizarse hacia abajo.
Y no lleva bóxers.
Sé que no los lleva porque nunca lo ha hecho. Le molesta la presión sobre sus genitales y suele llevar pantalones lo suficientemente anchos en esa parte para que puedan andar a su aire.
Trago saliva sin poder evitarlo.
―¿Qué coño haces? ―protesta― Acuéstate de una puta vez.
Me apresuro a hacer lo que me pide, y no sé por qué. Me meto en la cama y me cubro con la sábana hasta la nariz para evitar que vea mis mejillas sonrosadas debido al deseo que me consume por dentro.
Sí, ver a Tae Min con ropa de deporte me ha puesto a mil por hora.
Y aunque es mi raptor, un delincuente psicópata y me tiene atada a la pared, mi vagina no entiende que no debe emocionarse por pensar en tenerlo dentro.
Abro los ojos como platos al verle meterse en la cama, al otro lado.
―¿Qué haces? ―pregunto.
―Si te callas la puta boca, dormir un rato.
―¿Vas a dormir aquí?
―Es mi cama, ¿dónde quieres que lo haga?
―Pues en alguna otra habitación. Esta casa parece grande, debe haber más habitaciones.
Se da la vuelta hacia mí con una sonrisa ladina en los labios. Apoya la cabeza sobre su mano y levanta una ceja.
―Te he amenazado con matarte al menos diez veces desde que te encontré en el sótano ―dice con humor―. ¿Y te asusta dormir a mi lado?
―No quiero que me asfixies con la almohada mientras duermo.
―No voy a matarte, joder ―susurra―. Aún no sé lo que voy a hacer contigo, pero no voy a matarte.
Y por muy increíble que parezca, o por muy estúpido que suene, creo sus palabras. Me tumbo de nuevo en la cama, relajándome.
―Y te advierto, pequeña. Tengo el sueño sumamente ligero, así que si se te pasa por la cabeza hacer algo para intentar escapar, lo sabré. Si intentas ahogarme tú a mí, lo sabré antes de que muevas un solo músculo. No hagas nada estúpido y todo saldrá bien.
Se da la vuelta, se cubre con las sábanas hasta la cintura y suspira, dispuesto a dormirse. Pero yo no puedo pegar ojo en toda la noche.
Me ha llamado pequeña.
Y ese es el apodo que usaba para mí cuando aún me amaba.