14. Tae Min
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M ierda, mierda, mierda ...
¿Qué cojones hace Sloan aquí? ¿Cómo demonios ha entrado? Y sobre todo...
¿Qué se supone que voy a hacer con ella ahora?
Estaba hasta la polla de la gala benéfica a la que he acudido con Na Ri y, en cuanto me he asegurado de que estaba con sus amigas y que ellas la llevarían a casa, me he largado de allí.
Llevo tantos días comiéndome la cabeza por culpa de Sloan que necesitaba hacer algo que incluyera dolor, sudor y sangre, así que he venido a la Kangpae para entrar en el cuadrilátero con cualquiera que quisiera darme un par de golpes.
La tensión entre nosotros el otro día casi acaba con mis nervios...
y mi autocontrol. Desde que estuve a punto de besarla he intentado mantenerme alejado de ella, pero no hay forma de sacarme las imágenes que inundan mi cabeza sobre cuántas maneras tengo a mi alcance para follármela con fuerza.
¿Imágenes? Parecen una maldita película porno en Full HD, joder.
Mi destino no ha sido el cuadrilátero del gimnasio, sin embargo. En cuanto he llegado, Woo Sung me ha llamado para mostrarme los avances con el Monet y pedirme consejo sobre algunas cosas, pero el arte es tan bueno como el ring para quitarme el estrés.
O lo sería... si mis hombres no tuvieran ahora mismo a Sloan atrapada en el pasillo de entrada a la organización, con esa mirada de auténtico terror en sus ojos y su cuerpo temblando incontrolablemente.
―¡Joder!
Mi grito la hace encogerse. Dozer, uno de nuestros ilban, le da un nuevo tirón para enderezarla, y juro por dios que si no estuviera haciendo su puto trabajo le arrancaría la cabeza por el simple hecho de atreverse a tocarla.
―Llevadla abajo ―ordeno.
―¡No! ―grita ella con los ojos como platos― ¡Tae, por favor! ¡No diré nada, lo juro! ¡Por favor, déjame ir!
Le doy la espalda para evitar acercarme a ella, matar a mis hombres y ayudarla a escapar. ¡Necesito calmarme, joder!
Me dirijo a mi despacho, me sirvo un vaso de vodka y lo vacío en mi garganta en un par de tragos. El fuego líquido me quema la garganta, pero solo puedo pensar en ella. En lo que tengo que hacer.
Porque soy el jefe mientras Joon Seo no esté y debo hacerlo.
Estampo el vaso contra la pared. ¡No puedo, joder! ¿Cómo voy a pegarle un tiro a la única mujer a la que he amado en toda mi vida?
―¿Jefe?
Cierro los ojos al escuchar a Sky. Le hago señas para que entre y me dejo caer en el sillón.
―¿Qué está pasando? ―pregunta― Woo Sung me ha dicho que una mujer se ha colado en la organización. No puede ser cierto, ¿verdad?
―Es Sloan ―susurro.
―¿Y quién demonios es Sloan?
Solo necesito mirarla para que sepa a quién me refiero. No es que haya ido contándole a todo el mundo lo que me hizo, pero durante esta semana ha tenido que llevarme a casa más de una vez porque me he pasado de copas, y cuando estoy borracho... hablo de más.
―Mierda... ¿Qué vas a hacer?
―No tengo ni idea, joder.
―Déjala en la celda hasta que Joon regrese y que se ocupe él, Tae.
―Y una mierda.
Me pongo de pie y me dirijo a la celda. Ella me sigue de cerca, pero cuando hace ademán de entrar tras de mí, la detengo con la mano.
―Que nadie me moleste, Sky ―ordeno―. No abras la puerta hasta que yo te lo diga.
―¿Estás seguro?
Asiento y entro en el pequeño habitáculo. El lugar es oscuro, húmedo y frío, sin una cama, silla o algo similar. Solo hay un agujero en el suelo para que el retenido haga sus necesidades en una esquina, nada más. Ahora que es Sloan quien está aquí me doy cuenta de lo lúgubre que es esto.
Cuando mi vista se acostumbra a la oscuridad la veo de rodillas en el suelo, sentada sobre sus gemelos. Tiene las manos apoyadas en sus muslos, y su mirada no se levanta de ellas.
―¿Cómo coño has entrado? ―pregunto.
Ella se sobresalta ante mi tono de voz. Retrocede todo lo que puede en esa misma posición y se encoge cuando me acerco para cogerla del hombro y que no siga haciéndolo. Joder, está aterrada.
―Responde ―insisto.
―Ha... Ha habido un problema en la sala Dalbit con el termostato y han venido a arreglarlo de urgencia ―tartamudea―. Ava tenía una cita y me quedé por ella hasta que el técnico se fue.
―No es eso lo que he preguntado.
―Entré en tu despacho al ver la luz encendida para avisarte de que todo estaba en orden y que me iba. Vi la puerta abierta y pensé que estabas en una sala de conservación privada, o algo así.
―¿La puerta estaba abierta? Imposible.
―Puedes subir a verlo tú mismo si no me crees.
Tomo mi teléfono y marco el número de Kai, uno de los daeris.
―¿Qué pasa, Tae? ―responde al descolgar.
―Comprueba la puerta de mi despacho.
Le escucho caminar por los pasillos antes de soltar una maldición.
―¿Pero qué coño... ¡Está abierta!
―Ocúpate de ello.
―En seguida.
Cuelgo y empiezo a pasearme por la habitación. ¿Qué debería hacer? ¿Matarla? ¿Dejarla aquí hasta que venga Joon? Imposible. Si es Joon quien se ocupa de ella no dudará un solo segundo en matarla. ¿Pero por qué coño me importa? ¡Ella me traicionó, maldita sea!
―Juro por Dios que no diré nada ―suplica, con la voz rota por las lágrimas―. Solo quiero cuidar a mi abuela en paz, por favor...
―¿Cómo puedo confiar en tu palabra, Sloan? ¡Me engañaste, joder! ¡Me hiciste creer que me amabas y...
Me detengo, pasándome la mano por el pelo con frustración. No merece la pena seguir hablando del pasado.
―¿Qué vas a hacerme? ―susurra.
―No lo sé. ¡Joder, no lo sé!
Golpeo la puerta con los nudillos. Sky abre levemente y asoma la cabeza como asegurándose de que no he hecho lo que tengo que hacer.
―Trae unas esposas ―ordeno.
―Pero Tae...
―¡Haz lo que te digo!
Cierra inmediatamente y me acerco a Sloan.
Me pongo en cuclillas frente a ella y la miro con atención.
Tiene el pelo pegado a la cara, seguramente por el sudor debido al miedo...
o a la maldita humedad. Aparta la mirada y se echa hacia atrás, aterrada.
Encogiéndose como un cervatillo a punto de ser devorado por un lobo.
Debería sentirme satisfecho con eso, ¿no?
Pues no lo estoy una mierda.
La sujeto de la mandíbula con fuerza, pero sin hacerle daño, para obligarla a mirarme a los ojos. Está cagada de miedo, pero en vez de la euforia que suelo sentir cuando me encuentro en esta misma situación con alguno de mis enemigos, lo que siento es remordimiento.
Maldito hijo de puta remordimiento.
―No me hagas daño ―suplica en un hilo de voz―. Por favor...
―Eso dependerá totalmente de ti, Sloan.
Mi voz es ronca, peligrosa... contenida. Me paso la lengua por el labio inferior y sonrío cuando su mirada inconscientemente sigue el movimiento. Podría follármela cuantas veces quisiera, atarla a mi cama y hacerla suplicarme que la deje correrse. Sería una tortura perfecta, pero...
Si lo hago, seré yo el que termine jodido, no ella.
Sky entra y extiende la mano con unas esposas plateadas, impolutas. Las pongo alrededor de las muñecas de Sloan y la hago ponerse de pie de un tirón, aunque sé perfectamente que no le he hecho ningún daño.
―¿A dónde te la llevas? ―pregunta Sky.
La miro con disgusto y paso por su lado.
Me dirijo al ascensor de nuevo, y cuando se cierran las puertas abro el panel donde está el botón con llave que lleva a mi ático.
En cuanto las puertas se abren en él, arrastro a Sloan hacia mi dormitorio, pero me doy cuenta de que no hay nada en donde poder enganchar las putas esposas para que ella no escape.
Marco el número de Hye Won, una de nuestros soldados.
―¿Qué pasa, jefe? ―responde.
―Necesito anclajes a la pared para encadenar a alguien.
―Voy para allá. ¿En la celda dos? La uno ya los tiene instalados.
―En la celda no... En mi casa.
El silencio al otro lado de la línea se prolonga más de lo necesario. Tras un carraspeo, casi la veo asentir.
―Estaré allí en media hora.
―Que sean diez minutos.
Cuelgo y me dirijo al sofá, donde lanzo a Sloan sin mucho cuidado. Ella no levanta la cabeza, no quiere mirarme... o tal vez no puede hacerlo. Acaba de descubrir que soy un puto falsificador de arte, aunque, por suerte, no sabe que soy el segundo al mando de algo muchísimo más grande.
Voy a la cocina, lleno un vaso de agua y lo acerco a sus labios.
―Bebe ―ordeno.
―No tengo sed.
―No te he preguntado si tienes sed o no, Sloan. Bebe.
Ella me mira y obedece. Solo da un par de tragos, pero es suficiente para que sus labios resecos recuperen algo de su color rosado.
Muevo el cuello de un lado a otro, dejo el vaso en la isla de la cocina y me siento en la mesa de café frente a ella, de tal forma que sus piernas quedan atrapadas con las mías.
―Dime qué has visto ―vuelvo a ordenar.
―No he visto nada, lo juro.
―Mientes. Si no has visto nada, ¿por qué has salido corriendo?
―Porque me he asustado. He visto a esos hombres armados salir a correr detrás de mí y me he asustado.
―Inténtalo de nuevo, Sloan. ¿Qué es lo que has visto?
―A un hombre falsificando el Monet ―me sorprende confesando.
Levanta la mirada hasta que clava sus ojos en los míos.
―¿Es a esto a lo que te dedicas realmente, Tae? Si el presidente Han lo supiera, te...
Rompo a reír a carcajadas, sobresaltándola.
―El director Han es mi puto jefe, Sloan. Sabe perfectamente lo que pasa ahí abajo.
Aprieto la mandíbula al darme cuenta de que he hablado de más. Cuanto menos sepa ella, mejor para todos, joder. Pero no sé qué cojones tiene Sloan que es capaz de deshacer todas mis defensas a la menor oportunidad.
―No te creo... ―susurra― Es imposible.
―¿Qué más has visto, Sloan?
Mis hombres estaban entrenando, haciendo otros trabajos de falsificación. Necesito saber la magnitud del puto problema.
―No he visto nada más. El hombre que me persiguió gritó y salí corriendo.
―¿Seguro, Sloan?
―Me da igual si me crees o no, Tae. Ya no tengo nada que perder, ¿verdad?
―No ―asiento―. No tienes nada más que perder.
―¿Vas a matarme?
No respondo, porque no lo sé. En ese momento llega Hye Won, evitándome hacerlo. Mira a Sloan de reojo, pero no dice nada. Permanezco mirándola mientras Won trabaja, y poco después sale del cuarto con su maleta de herramientas y me entrega una llave plateada.
―Pensé que serían mejores las que he dejado dentro ―explica, haciendo un gesto hacia las esposas.
―Gracias.
―Te veré mañana.
Sale del apartamento y llevo a Sloan hacia mi dormitorio. Tenerla allí es la peor idea del mundo, lo sé, pero es la única forma de vigilarla de cerca.
A quién quiero engañar... He fantaseado con tenerla en mi cama desde que me topé con ella en la puerta de la galería el día de su entrevista. He fantaseado con desnudarla, lamerla y follármela cada maldita noche desde aquel fatídico día.
Pero no voy a hacerlo.
Solo quiero vigilarla de cerca.
Cambio las esposas por las que ha dejado Won, que tienen la cadena lo suficientemente larga como para que Sloan pueda acostarse en la cama sin problema, sin que su mano quede colgando y se quede sin circulación.
La dejo en el dormitorio sola, y cierro la puerta para no escucharla suplicarme que la deje libre.
Envío un mensaje a Sky para que recoja el bolso de Sloan, que debe haber quedado en alguna parte de la organización, y me lo suba, además de traerme algo de ropa femenina.
No sé qué voy a hacer con ella, pero no soy tan hijo de puta como para no dejar que se cambie de ropa después de haberse arrastrado por aquella sucia celda.
Mientras espero, entro en la cocina y preparo algo de cenar. Seguramente no habrá comido nada después del problema de la galería, y la verdad es que yo también tengo hambre. Llamo a Na Ri con el manos libres, y en cuanto responde, noto que está algo achispada.
―¿Has bebido? ―pregunto arqueando una ceja, aunque sé que ella no puede verme.
―Cuatro copas de champán ―admite―, pero he tomado un taxi para venir a casa.
―¿Qué ha pasado en el museo?
―Oh, eso... me olvidé por completo. Hubo un fallo en la sala Dalbit, algo sobre el conducto de no sé qué, pero ya está solucionado.
―Sloan ha entrado en la Kangpae, Na Ri.
―Espera, ¿qué?
―Sloan nos ha descubierto.
―¿La has matado? ―pregunta en un hilo de voz.
―Por supuesto que no. La tengo en mi apartamento.
―¿Y por qué demonios la tienes en el apartamento? Voy para allá.
―No lo hagas, yo me encargo.
―¿Tú te encargas? ¡Es mi empleada!
―MI empleada, Na Ri ―le recuerdo―. He dicho que yo me encargo.
―No le hagas daño ―suplica―. Sé que es un problema monumental que nos haya descubierto, pero es una buena chica y...
Se calla porque sabe que es una tontería lo que está diciendo. Por muy buena chica que sea ―que no lo es―, si queremos seguir manteniendo la organización en secreto debo acabar con ella.
Pero no puedo hacerlo.
No puedo levantar mi arma y dispararle a sangre fría como he hecho tantísimas veces en el pasado. No puedo torturarla, verla sufrir, y mucho menos permitir que mis hombres hagan el trabajo.
Porque si alguien la toca, seré yo quien acabe con su vida con mis propias manos desnudas.
Sloan es mía, para bien o para mal, y seré yo quien se encargue de ella.