Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 13.  Sloan
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13.  Sloan

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M i plan de acercarme nuevamente a Tae Min no va como esperaba. Joder, no va en absoluto, a decir verdad. Tae no ha aparecido por la galería en toda la semana y dada la hora que es, dudo mucho que lo haga hoy.

―¿Lista para irnos? ―pregunta Liam desde el otro lado de la mesa.

―El tiempo se me ha pasado volando ―asiento―. ¿Tienes planes para esta noche?

―He quedado con mis amigos para ir a ver la película de Michael Jackson ―responde.

―¡Ey! ―exclama Ava― Yo también quiero ir a verla.

―Puedes venirte, no tengo problema. Cuantos más seamos, mucho mejor.

―No puedo. ―Sonríe alzando las cejas―. Tengo una cita.

―¿Una cita? ―exclamo― ¿Y cómo es que yo no sabía nada de eso?

―Ha surgido esta tarde, sobre la marcha. ¿Recuerdas el chico de la tienda de móviles del que te hablé el otro día?

El martes el móvil de Ava pasó a mejor vida. Fue al centro comercial a conseguir uno nuevo, y al parecer el chico de la tienda estuvo tonteando con ella e intercambiaron los teléfonos. Asiento.

―Creo que sería interesante darle una oportunidad ―comenta enseñándome la foto.

La verdad es que no está nada mal. Unos años más joven que nosotras, alto, moreno de ojos verdes y bastante atractivo. Del uno al diez... le doy un ocho.

―Sugiérele entonces ir a ver la película ―respondo.

―Puede que no la vea ―ríe ella―. Mejor la película la veo contigo.

―¿Soy tu premio de consolación? ―bromeo.

―Eres el premio gordo, muñeca... y espero que cierto ejecutivo se dé cuenta muy pronto.

―¿Cierto ejecutivo? ―pregunta Liam― ¿De quién hablamos?

―Un hombre que conocimos el sábado pasado en un pub ―se apresura a responder Ava.

―¿Salisteis sin mí? ―protesta bromeando― Debéis contármelo todo, sabéis que adoro el chisme.

―Te lo contaremos ―río―. Pero deberías irte ya, o llegarás tarde al cine.

―Tienes razón ―suspira recogiendo su mochila―. Bueno, chicas, nos vemos el lunes. Que os divirtáis.

―Tú también Liam ―le deseo moviendo la mano efusivamente.

Todos se marchan mientras Ava y yo terminamos de hacer el cierre de restauración, que básicamente consiste en revisar que las obras estén estables, anotar las condiciones ambientales del día y asegurar que todo queda protegido antes de apagar la sala.

Media hora más tarde, estamos recogiendo para marcharnos a casa cuando un pitido insistente suena en el aire.

Bip. Bip. Bip.

Na Ri sale rápidamente de su despacho y se acerca al panel de control.

―Mierda ―protesta.

―¿Qué pasa? ―pregunta Ava.

―Ha saltado el sensor de humedad de la sala Dalbit.

―Acabamos de estar ahí y todo estaba en orden ―responde Ava frunciendo el ceño.

―Voy a ver.

La seguimos por la galería hasta la sala.

El brillo tenue de las luces de emergencia ha sido sustituido por el tono rojizo de la luz que emite un piloto diminuto en el panel de climatización.

Ava enciende las luces mientras Na Ri se dirige con paso decidido hacia el panel, que abre rápidamente, y maldice.

―La humedad es del setenta y ocho por ciento ―protesta.

Eso es mucha humedad para el papel hanji de las obras expuestas en esta sala.

Si este nivel de humedad persiste, podría deteriorarse y...

Mejor ni pensarlo. Nos aseguramos que no haya ninguna gotera, mancha de humedad o algo parecido por la sala.

Por suerte, todo está perfectamente en orden, como cuando pasamos por esta misma sala hace poco más de un cuarto de hora.

―No hay nada visible ―suspira Na Ri―. Puede ser una fluctuación o un fallo del sistema. Llamaré al técnico para asegurarnos.

―¿Y qué pasa con tu gala benéfica? ―pregunta Ava.

―Tendrá que continuar sin mí.

Na Ri hace el intento de inclinarse para deshacerse de los tacones de aguja de diez centímetros que seguramente están destrozando sus pobres pies, a pesar de que solo lleva con ellos diez minutos, pero Ava la detiene.

―No seas tonta, yo me encargo ―se ofrece.

―No puedo hacerte eso. Tendrás planes, y...

―No tengo planes ―insiste mi amiga―. Vamos, ve y diviértete.

―¿Estás segura? ―pregunta mordiéndose el labio.

―Por supuesto que sí. Venga, date prisa.

Se acerca a ella, la abraza y le da un beso en la mejilla.

Hace lo mismo conmigo, y un calor agradable se extiende por mi estómago ante esa pequeña muestra de cariño.

He olvidado por completo lo que se siente al tener compañeros con los que llevarse bien, no digamos lo que es tener una amiga.

Y, a día de hoy, puedo considerar a estas dos mujeres mis amigas ―aunque Ava es mucho más cercana que Na Ri por razones obvias.

El técnico llega diez minutos más tarde, acompañado de Marcus, el guardia de esta noche. Tras echar un vistazo, se acerca a nosotras, y su gesto no transmite buenas noticias.

―Hay una fuga mínima dentro del conducto del sistema HVAC ―informa―. Tardaré un par de horas en repararlo.

―¿Un par de horas? ―gime Ava― Adiós a mi cita.

―Ni lo sueñes ―protesto―. Soy perfectamente capaz de cerrar sola, así que márchate tú también.

―No voy a dejarte el marrón cuando he sido yo quien se ha ofrecido a quedarse, Sloan.

―Tienes planes con un chico, Ava. Yo solo planeo sentarme en el sofá con un bol de palomitas y una nueva serie de Netflix, así que vas a marcharte y yo voy a ocuparme de todo con la ayuda de Derek. ¿Verdad?

El guardia de seguridad sonríe, encogiéndose de hombros.

―No tengo que moverme de aquí en toda la noche, así que...

―¿Lo ves? Nosotros nos ocuparemos de todo, en serio. Anda, ve.

Ava me abraza como hace un rato ha hecho Na Ri, pero ella lo hace más fuerte.

―Te juro que te compensaré ―promete.

―Paga la entrada del cine y estamos en paz ―bromeo.

―¡Hecho! ―promete marchándose, andando hacia atrás― ¿Mañana?

―Dudo mucho que mañana estés disponible ―sonrío―. Lo dejamos mejor para la semana que viene.

―¡Te quiero, Sloan! ―grita antes de perderse por el pasillo.

Niego con la cabeza y me cruzo de brazos a la espera de que el técnico termine su trabajo.

Tarda dos horas y media, pero suspiro aliviada cuando el dichoso piloto rojo pasa a verde al fin.

Me aseguro de que todo en la sala está en orden y limpio el desastre que ha creado el técnico mientras Derek lo acompaña a la puerta.

Y al fin regreso al despacho para recoger mi bolso e irme a casa.

Lo que le he dicho a Ava es cierto, hoy mis planes solo incluyen comida basura y Netflix.

Mi abuela se ha marchado a un viaje para seniors con Road Scholar ―una asociación de jubilados a la que se apuntó en cuanto pasó a ser una de ellos―.

Pasarán una semana entera visitando Savannah y Charleston.

Protestó como el mismo demonio cuando le propuse el viaje hace unas semanas, pero Jenna iba a apuntarse y pensé que le haría bien desconectar un poco de todo.

Su brazo va estupendamente y el médico que lleva el seguimiento dio el visto bueno, así que tomé parte del dinero del despido que tenía guardado y pagué el viaje por ella.

Cuando llego a la zona de oficinas, veo que el despacho de Tae Min tiene la luz encendida.

Mierda, está aquí.

Me siento en mi silla para cerrar el informe de la incidencia, rezando porque se quede en el despacho, recojo mis cosas y me dirijo hacia la puerta de salida del personal, pero me detengo a mitad de camino y me muerdo el labio inferior.

Tae debería estar con Na Ri en la gala benéfica, y si ha vuelto será porque quiere asegurarse de que todo está bien, por lo que esperará que Ava le informe de lo que ha dicho el técnico.

Y como le he dicho a Ava que se marche, debo hacerlo yo.

Aprieto el asa de mi bolso con fuerza entre los dedos y me dirijo hacia el despacho.

La puerta está abierta de par en par y no hay nadie a la vista, pero mi mirada se detiene en la pared de la derecha.

Donde antes había un bonito mural abstracto ahora hay una puerta de seguridad abierta que da a un pequeño pasillo oscuro.

Seguramente dé a alguna sala de conservación que yo no he visto.

Si solo se puede entrar por el despacho de Tae, es porque en ella se guardarán obras de incalculable valor.

¿El Monet que estamos restaurando, tal vez?

Sé que Tae suele encerrarse en la sala de conservación que conozco para restaurar algunas obras y desconectar, así que seguramente esté trabajando en el Monet ahora mismo.

No quiero entrar ahí. No quiero estar a solas con él, mucho menos en una sala fría y bajo tierra.

Últimamente me ignora por completo, pero no sé de qué humor se encuentra, si ha bebido o no en esa gala o si...

Madre mía, ¿y si está ahí abajo follándose a alguna chica? A la chica del Eclipse, por ejemplo.

No seas estúpida, Sloan. Tae Min jamás traería a una mujer a la galería, mucho menos la dejaría entrar en la sala de conservación en la que ni siquiera pueden entrar los empleados.

Inspiro hondo, aprieto aún más fuerte el cuero de mi bolso entre los dedos y me dirijo con paso decidido a la puerta abierta.

Al otro lado no hay un pasillo, solo un pequeño rellano con otra puerta ―que seguramente da al despacho del presidente Han― y un ascensor.

Me subo a él y pulso el único botón que hay aparte del que dice “galería”.

Me da la impresión de que baja más de lo que baja el ascensor que suelo tomar normalmente para las salas de conservación, y cuando la puerta se abre veo ante mí un pequeño pasillo oscuro, iluminado solo por luces de emergencia.

Frunzo el ceño cuando escucho voces llegar desde el final. Demasiadas voces, a decir verdad. Sin darme cuenta, avanzo lentamente hacia el ruido. ¿Pero qué coño...

Me detengo en seco cuando llego a unas puertas de cristal y veo al menos a una veintena de asiáticos, armados hasta los dientes, ocupados en lo que sea que están haciendo.

Mi corazón empieza a latir con fuerza.

Retrocedo rápidamente, rezando en silencio porque ninguno de ellos me haya visto.

Pero no puedo marcharme, necesito saber qué demonios es esto.

¿Y si alguien está usando las instalaciones sin el permiso de Tae?

Ava me comentó que antes de que yo llegara despidieron a alguien por robar en la galería.

Debería llamar a la policía.

Debería hacerlo, pero entonces mi mirada se queda clavada en Tae Min, que está inclinado sobre un cuadro a medio pintar, con un hombre de pelo largo, lleno de tatuajes y piercings, vestido completamente de negro.

Tiene un pincel en la mano, pero bien podría haber sido una pistola por el escalofrío de miedo que me han provocado sus ojos cuando se han levantado de la pintura y han parecido verme a través del hormigón armado.

Tae está relajado, pero tan serio como siempre. Parece estar dándole indicaciones sobre el cuadro, y señala una imagen colgada en la pared.

Mi cuerpo entero se congela cuando la comprensión llega a mi mente: es el Monet. El tipo de tatuajes está falsificando el Monet... Y Tae Min parece ser su jefe.

―¿Pero qué cojones...

¡Mierda, me han descubierto!

Echo a correr por el pasillo esperando alcanzar el ascensor antes de que esos tipos me atrapen. ¿A quién quiero engañar? Lo hacen antes de cruzar una cuarta parte del recorrido. Grito, pataleo y me retuerzo intentando soltarme hasta que uno de ellos me mete el cañón de una pistola entre los labios.

Tiemblo. Tiemblo incontrolablemente y el miedo me atenaza la garganta.

Voy a morir... y joder, aún no quiero hacerlo.

―¡Si le haces daño eres hombre muerto, joder!

Tae Min.

Un alivio momentáneo me recorre, pero pronto caigo en la cuenta de que él es el jefe de todo esto. Estoy jodida... y no sé cómo demonios voy a salir de esto.