Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 11.  Tae Min
26%

11.  Tae Min

––––––––

E sta noche tengo un compromiso que no puedo eludir.

Joon, Mi Ra y mi madre están viajando ahora mismo a Busan, así que no me queda más remedio que ser el rostro de la familia aunque no tenga ganas de salir de casa.

Mi primo tiene que reunirse con el comprador del Monet, pero aparte deben acudir a una boda.

La hija del hwejang de la Kangpae en Ulsan se casa, y no tenemos más remedio que hacer acto de presencia.

¿Que por qué no voy yo? Porque alguien tiene que quedarse al cargo en Nueva York, o la ‘Ndrangheta podría intentar recuperar su lugar. Na Ri se queda porque... la verdad, no tengo ni puta idea de por qué se queda.

El caso es que ha llegado una invitación a nombre de Joon para la inauguración del Eclipse Noir, un local nocturno que parece estar a cargo de Dante Ferretti.

La invitación es obligatoria ―seguramente Iván Vázarov ha recibido una igual―, pero acudir también lo es.

Y podría enviar a Na Ri en mi lugar, pero ella está demasiado ocupada con la galería como para que le fastidie el primer fin de semana libre que tiene en más de un mes.

Así que haré de tripas corazón, me arreglaré un poco y me dejaré ver por allí, aunque solo sea una hora.

Aparco el coche en un aparcamiento privado cerca de allí y camino un par de manzanas, no quiero que algún borracho se mee en las ruedas de mi precioso Maserati GranCabrio .

En cuanto el gorila de la puerta me ve llegar, abre el cordón de los clientes VIP y me deja pasar con una inclinación de cabeza.

El local es tan ostentoso como su dueño.

Negro y dorado combinan con mármol y espejos.

Lujo italiano al cien por cien. Una camarera bastante mona se acerca con una bandeja que tiene copas de champán y me guía hasta uno de los reservados, deseándome que disfrute de la noche.

Echo un vistazo alrededor: aún no hay demasiada gente, pero puedo ver que hay varias mujeres que podrían ser capaces de captar mi interés.

Quién sabe... tal vez la hora de cortesía se convierta en varias horas de puro placer.

Veo al ruso acercarse por mitad de la pista desabrochándose la chaqueta de cuero. La lanza en el sillón de mi reservado y se deja caer en él con un suspiro de cansancio.

―¿Quién te ha dado permiso para sentarte? ―protesto.

―No me jodas, Han. Bastante malo es que tengamos que estar aquí como para pasar por el mal trago solos.

Tiene su punto, desde luego.

―¿Dónde te has dejado al jefe? ―pregunta.

―Está en un viaje de negocios.

―Mala suerte para ti. Yo intenté endilgarle el asunto a mi hermano, pero el hijo de puta ha desaparecido como Houdini.

―Yo podría haber mandado a mi prima, pero me sentiría culpable por haberla privado de sueño después de semanas sin parar en la galería.

―La exposición ―asiente―. Mis disculpas por no haber ido a la inauguración, estaba en un viaje de negocios.

―Tu hermano nos lo dijo. Si te interesa, pásate cuando quieras. Te haré un recorrido especial.

―El arte no es lo mío.

―Eso dicen todos hasta que...

Las palabras mueren en mi boca cuando veo entrar a un grupo de mujeres en el pub. A tres de ellas no las conozco, pero una es Ava Reynolds, mi técnico de colecciones, y la otra... Mierda, la otra es Sloan. ¿Qué demonios hacen ellas aquí?

―Hasta que... ―repite Iván, devolviéndome a la conversación.

―Hasta que lo prueba.

Me bebo la copa de champán de un sorbo y le hago una señal a la camarera mona para que me traiga algo más fuerte.

―Dos vodkas ―dice Iván―. Con una rodaja de limón. Sin semillas, por favor.

Le miro con una ceja arqueada ante la última petición, pero él se encoje de hombros.

―Me tomo la copa y me marcho ―comenta―. Eres testigo de que he aparecido.

―No voy a ser tu mensajero ―protesto―. Si quieres quedar bien, espera a ver al Ferretti.

―¿De verdad crees que está aquí? ―bufa.

Veo a Dante salir de un despacho en la planta de arriba y bajar por una escalera. Señalo con la cabeza.

―Ahí le tienes.

Pero mi atención está totalmente puesta en Sloan.

Lleva un vestido increíble que se pega a su cuerpo de manera deliciosa, y unos tacones de diez centímetros que...

Joder, ahora no me puedo quitar de la cabeza la imagen de ella tumbada en mi cama con solo esos zapatos mientras me la follo. Céntrate, joder...

Dante llega hasta la mesa y se sienta al lado de Iván.

―Mis invitados de honor han llegado... Gracias por venir ―agradece.

―¿Te has pasado al negocio nocturno? ―pregunto― Aunque debo decir que el lugar no está nada mal.

―Pretendo que el Eclipse se convierta en el lugar de ocio oficial de nuestras... organizaciones ―explica―. Un lugar neutro, por así decirlo.

Neutro los cojones. He visto a varios de sus hombres entrar por la puerta negra que hay bajo la escalera de su despacho armados hasta los dientes. ¿Qué habrá ahí debajo? Porque estoy completamente seguro de que no es un almacén.

La risa de Sloan capta de nuevo mi atención. Está hablando con un tipo y riéndose como una idiota. Se toca el pelo simulando ser tímida y... ¿Le acaba de dar su teléfono?

La ira bulle en mi interior y aprieto los puños inconscientemente. Vuelvo la atención a la conversación... y veo a Dante mirándome con una sonrisa de suficiencia.

―¿Qué? ―protesto.

―¿Cuál de ellas?

―No sé de qué estás hablando.

―No dejas de mirar a aquellas cinco mujeres, Han. ¿Cuál de ellas es la que te la pone dura?

―Dos de ellas trabajan para mí en la galería, así que lávate la boca con cianuro.

―Bien, si solo son empleadas tuyas, no está de más que vaya a presentarme, ¿no te parece?

Se levanta y se abrocha la chaqueta del traje.

―Deja en paz a mi gente, Ferretti ―advierto―. No me toques los huevos.

Dante sonríe, se da la vuelta y se dirige a donde están Sloan y sus amigas.

Voy a matarlo.

En serio, le voy a meter un puto tiro entre ceja y ceja.

Por suerte, desde mi lugar puedo escuchar la conversación y no hay nada impropio en ella.

Intenta insinuarte, cabrón, y eres hombre muerto.

―¿Puedo sentarme?

Miro de reojo a la mujer que se contonea a mi lado con una copa en la mano. Me encojo de hombros mientras doy un sorbo al vodka y vuelvo a centrar mi atención en lo que ocurre en la pista. Dante sonríe como un imbécil y aparta un mechón de pelo del rostro de Sloan. Joder, macho... la has cagado.

Voy a levantarme, pero la tipa esta me sujeta poniendo su mano en mi pecho. La miro con una ceja arqueada.

―¿Quién te ha dado permiso para tocarme? ―pregunto.

La risa de Iván no me pasa desapercibida. La tía, en vez de amedrentarse, baja su caricia hasta la hebilla de mi cinturón, mordiéndose el labio.

―Puedo hacerte pasar un rato increíble ―ronronea.

―Lo siento ―me disculpo, apartando su mano―. No estoy interesado.

Levanto la vista... y mi mirada se cruza con la de Sloan. Puedo ver algo parecido al dolor en ella, pero no puede ser posible, ¿verdad? Fue ella quien me dejó a mí hace diez años.

Echa a correr hacia la puerta de entrada y salgo tras ella. ¿Para qué? No tengo ni la más remota idea. Solo sé que no puedo dejar que se marche así, maldita sea.

Al salir a la calle la veo doblar la esquina.

La sigo de cerca, y algo en mi pecho se quiebra cuando la veo ponerse de cuclillas y romper a llorar.

¿Qué coño le pasa? Doy un paso para acercarme, pero una mano me sujeta.

Levanto la vista para mandar a la mierda a quien sea que se atreve a tocarme, pero me desinflo cuando veo que es Ava quien me sujeta.

―Déjeme a mí, señor Han ―pide―. Yo me encargo de ella.

Lo sabe.

Algo en su mirada me dice que conoce mi pasado con Sloan.

Asiento y doy un paso atrás, dejándola sola con ella. Cuando Ava se acuclilla a su lado, Sloan se refugia en sus brazos y su llanto se vuelve desgarrador. Me llevo la mano al pecho porque la opresión está creciendo tanto que no sé si estoy teniendo un puto infarto.

Debo alejarme de ellas. Debo darles privacidad.

Vuelvo sobre mis pasos hacia el local. Veo a Dante sentado frente a Iván, bebiéndose mi puta copa. Me acerco con paso decidido y estampo un puñetazo en su rostro, pero él no se inmuta.

―¡Te he dicho que dejes a mi gente en paz, joder! ―exclamo― ¿Qué coño le has dicho para que se marche así?

―¡Alto ahí! ¿Crees que tu empleada se ha marchado así por mi culpa? No sé qué coño le habrá pasado, pero lo único que les he dicho es que disfruten de la noche. Les he dado tarjetas de pase gratis y me he alejado de ellas. Así que no, soplapollas, no ha sido por mi culpa.

Le arranco el vaso de la mano, me lo bebo de un trago y lo dejo con fuerza contra la mesa.

―Que te jodan, Ferretti.

Me marcho antes de cometer una locura. En cuanto me pongo al volante de mi coche, conduzco sin rumbo a toda prisa, sin pensar en los putos límites de velocidad. Casi sin darme cuenta estoy en la playa en la que besé a Sloan por primera vez. Mierda.

Golpeo el volante una y otra vez, con fuerza. ¿Qué coño me pasa? Me estoy volviendo loco. Porque aunque intente convencer a todos, aunque intente convencerme a mí mismo, sigo enamorado de ella. Y es una mierda, lo juro. Una auténtica putada.

Porque la odio y la amo a partes iguales.

Porque quiero vengarme de ella y a la vez follármela como si no hubiera un mañana.

Regreso a la ciudad y aparco frente a la puerta de su casa. Cuando empezó a trabajar para mí la investigué y descubrí que sigue viviendo en la casa de su abuela. Increíble. Después de diez años, no ha cambiado nada.

La luz de su habitación está encendida. Vienen a mi mente infinidad de recuerdos de aquellos años, de las veces que me colé en ese cuarto a escondidas.

Aprieto los dientes cuando la veo aparecer frente al cristal, vestida únicamente con un camisón de raso blanco que le llega hasta las rodillas.

Parece más calmada, gracias a dios. En cuanto apaga las luces, enciendo el motor y pongo rumbo a casa.

Creo que ya he hecho suficiente el imbécil por una noche.