10. Sloan
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L levo dos semanas trabajando en la galería y todo va bien.
Al menos todo lo bien que puede ir dadas las circunstancias.
Tae actúa como si yo no existiera y yo...
bueno, me entretengo todo lo que puedo en el trabajo.
Me han asignado como ayudante de Ava Reynolds, la técnico de colecciones del museo.
Mi trabajo es bastante simple: ayudar a mover y colocar las obras en la sala, limpiar marcos y vitrinas, preparar etiquetas, revisar inventario y alcanzar las herramientas o documentos que Ava necesita mientras montamos la exposición.
Fue por uno de esos malditos documentos que tuve un encuentro bastante intenso con Tae. Intenso... para mí, porque a él parece que no le afectó en nada.
Mi maldita torpeza me hizo casi romper un jarrón de incalculable valor.
Y cuando él intentó evitar el desastre...
estuvimos demasiado cerca. Tanto, que pude ver la textura de sus iris, como ondas sobre la superficie de un lago gris profundo.
Mi corazón se volvió completamente loco al tenerle tan cerca y él...
él... solo se apartó y volvió a lo que estaba haciendo.
Desde entonces apenas le he visto por la galería, y en las contadas ocasiones que viene se encierra en su despacho y no vuelve a salir de él hasta la hora del cierre. Si se da la sorprendente ocasión en la que debemos interactuar, me responde con monosílabos y se aleja lo más deprisa que puede.
No lo entiendo. No entiendo por qué al principio explotó como un arma nuclear y ahora actúa como si yo solo fuera una molesta mota de polvo sobre una superficie lisa.
Y me duele... me duele la indiferencia con la que me trata más de lo que debería dolerme después de tantos años.
Aunque suene macabro decir esto... prefiero sus arranques de ira.
Que me arrinconase contra la pared para pedirme explicaciones se sintió mucho más real que esta fría indiferencia.
Pero no puedo hacer nada por remediarlo, así que vuelvo al trabajo evitando pensar demasiado en ello.
―¿Estás bien?
La pregunta de Ava me sorprende. Le dedico una sonrisa y asiento, intentando no perder ninguno de los carteles de título de las obras que estoy ordenando.
―¿Seguro? Pareces algo abatida. ¿El jefe ha vuelto a regañarte?
―Hace días que no lo hace. De veras, estoy bien.
―Entonces debes necesitar un descanso. ¿Por qué no te vienes a comer conmigo?
―Te lo agradezco, pero me he traído mi almuerzo.
―Siempre comes sola en la galería. Vamos, acompáñame. Yo invito.
―Estoy bien comiendo aquí, de verdad...
―Por favor...
La miro por un momento. Ava es realmente una buena persona, y de mi edad, además. Hace mucho tiempo que no tengo una amiga de verdad a la que poder contarle mis cosas, y me tienta tanto abrirme a ella... pero tanto, tanto...
―Está bien ―suspiro, levantándome―. Pero no tienes que invitarme, de verdad. No me traigo el almuerzo porque no pueda pagarme comer fuera.
―No he pretendido insinuar...
―Sé que no lo has hecho, no te preocupes. ¿A dónde me vas a llevar?
―Por desgracia, solo podemos escaparnos al restaurante de la esquina. Pero no te arrepentirás de venir, de verdad. Mollie hace la mejor comida de la zona.
―Bien, probemos la comida de Mollie.
El restaurante de Mollie huele a café recién hecho y a algo dulce que no sé identificar, pero que logra hacerme la boca agua.
Las mesas de madera están cubiertas con manteles de cuadros rojos y blancos, y los bancos largos, tapizados en un cuero rojo gastado, crujen cuando algún cliente se mueve.
La luz es cálida y cae desde unas lámparas antiguas que cuelgan sobre cada mesa.
En las paredes hay fotos en blanco y negro de Nueva York en los setenta, y una pizarra escrita con tiza de colores anuncia el menú del día. Es acogedor, familiar... Me gusta.
Mi compañera me lleva a una mesa al final del local, desde donde se puede ver la calle a través de uno de los grandes ventanales arqueados.
Pedimos nuestra comida y, mientras llega, empezamos a charlar de todo.
Casi sin darme cuenta me veo contándole mi patética vida en Cleveland: cómo tuve que trabajar para poder terminar la carrera, lo sola que me sentía y lo mucho que me arrepiento de no haber venido a visitar a mi abuela.
―Conocías al director Han de antes, ¿verdad? ―adivina.
―Fue mi primer amor ―susurro.
Ava se echa hacia atrás en su asiento y deja escapar un suspiro. No me sorprende, debe haberse quedado de piedra.
―Nos conocimos en la universidad ―continúo―. No se me daba demasiado bien una asignatura, y la beca dependía de mis notas, así que mi profesor me buscó un tutor.
―El director Han ―asiente ella.
―El director Han. Fue mi profesor durante todo el semestre, y con él la asignatura me resultó tan sencilla que saqué las mejores notas de la clase.
―Y empezasteis a salir.
―Sí. Estuvimos un año juntos y... todo se torció. Me mudé a Cleveland y supuse que él habría vuelto a Corea cuando terminó sus estudios. Jamás pensé encontrármelo aquí.
―Así que por eso os lleváis tan mal...
―No es que terminásemos demasiado bien.
―¿Y por qué aceptaste el trabajo?
―Porque necesito el dinero desesperadamente. Mi abuela ha tenido recientemente una caída muy fea y estará un tiempo sin trabajar. Entre pagar las facturas médicas, su rehabilitación y los medicamentos nos hemos quedado casi sin ahorros.
―Podrías haber buscado otro trabajo.
―¿Y quién me contrataría? Ni siquiera sé cómo Na Ri se atrevió a contratarme, la verdad. Supongo que porque estaba desesperada.
―Pero has demostrado ser una gran trabajadora ―me anima Ava tomándome la mano sobre la mesa―. Todos estamos encantados de tenerte, de veras.
―Y yo estoy encantada de estarlo. Me habéis hecho sentir desde el primer momento parte del equipo y no sabes cuánto lo agradezco. No tengo amigas, y...
―Espera, ¿cómo es que no tienes amigas?
―Cuando me marché rompí lazos con todos mis amigos, y en Cleveland no me sentía lo suficientemente cómoda con mis compañeros como para entablar una amistad. Tenía a Megan, desde luego, pero era más una relación de vecinas que se llevan bien que una verdadera amistad.
―¿Sabes qué? Eso va a cambiar a partir de hoy mismo. Esta noche te vas a venir conmigo y mis amigas a tomar algo. Han abierto un nuevo club en el Upper East Side y teníamos planeado ir a echar un vistazo. Pinta muy bien, y parece ser bastante elegante.
―No sé si deba... ¿Y si a tus amigas le sienta mal que vaya?
―¿Pero qué tontería es esa? Mis amigas son geniales, estoy segura de que te caerán bien en seguida. Vamos, Sloan... Cuantas más seamos mejor lo pasaremos. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?
Es así como suelen hacerse las amistades, ¿no es cierto? Aunque estoy algo desentrenada y me siento un poco nerviosa por salir con gente que no conozco, la verdad es que me apetece ir, me apetece mucho empezar una nueva vida, con nuevas amigas y en un lugar nuevo.
―Vale, me apunto ―respondo.
Ava deja escapar un gritito, aprieta mis manos y me promete que lo pasaremos genial.
Y ahora que lo pienso... no tengo nada que ponerme esta noche.
Durante estos diez años he estado tan ocupada con el trabajo que jamás he salido a ninguna parte, a excepción de los eventos de la empresa a los que bastaba con llevar un traje de dos piezas elegante.
―¿Qué pasa? ―pregunta Ava al verme morderme el labio.
―No tengo nada que ponerme.
―Eso no es problema. No vivimos demasiado lejos la una de la otra, así que ven a mi casa y veremos qué podemos hacer.
La miro sin comprender, porque Ava y yo no tenemos la misma talla. Ella tiene una bonita figura repleta de curvas y yo soy demasiado delgada.
―Mi compañera de piso tiene tu talla ―explica―. Seguro que tiene algo que te pueda prestar.
―Pero no me conoce, Ava. No puedo pedirle ropa prestada.
―No sé cómo serán las cosas por Cleveland, cielo, pero de donde yo vengo, las mujeres nos ayudamos las unas a las otras. Rachel es un encanto y no tendrá problema en dejarte algún vestido. Además, es una de las chicas que vienen esta noche, la conocerás antes que a al resto.
Me marcho a casa sintiéndome ilusionada por primera vez en mucho tiempo. Me doy una ducha rápida, cojo una manzana del frutero de la cocina y le doy un beso a la abuela antes de correr hacia la puerta de casa.
―¡Espera! ¿A dónde vas con tanta prisa? ―pregunta― ¿Horas extra de nuevo?
―La exposición se inauguró hace una semana, abuela. Ya no tendré que volver a hacer horas extra hasta que tengamos que organizar la siguiente.
―¿Entonces?
―Ava, mi compañera de trabajo, me ha invitado a salir con ella y sus amigas. Han abierto un local nuevo en el Upper East Side e iremos a ver qué tal pinta.
―¿Y piensas ir vestida así?
Me río por la cara de espanto que ha puesto al verme en vaqueros y camiseta.
―No, una de las chicas que viene con nosotras va a prestarme ropa. No me daba tiempo ir a comprar algo nuevo y...
―Deberíamos ir de compras mañana ―sugiere―. Es mi culpa, debería haber echado un vistazo a tu armario hace semanas.
―No podemos permitirnos gastar demasiado, abuela. De veras, estoy bien. Cuando cobre mi primer sueldo me compraré un par de básicos que pueda utilizar para salir.
―¿Por qué pareces pensar que no podemos permitirnos ir de compras? Tengo mis ahorros, niña. Puedo permitirme consentirte un poco.
―Pero no podrás trabajar durante un tiempo y...
―Y en tres semanas empiezo a cobrar mi plan de pensiones. ¿O es que te crees que nací ayer? Mañana iremos a derrochar dinero en ropa, y no hay más que hablar.
Me acerco a abrazarla, porque aunque sea una anciana gruñona, para mí es la mejor abuela del mundo.
―Te quiero muchísimo ―susurro.
―Yo también te quiero, tesoro. Y ahora ve y diviértete.
―¿Estarás bien?
―¡A ver si va a resultar que a la vejez voy a necesitar niñera! ―bufa― Esta noche es noche de bingo, Sloan. Vendrán todas mis amigas y nos darán las tantas.
―¿Te darán las tantas o me esperarás despierta?
―¿Acaso eres una niña que necesita que la vigilen? Vamos, lárgate ya.
Le lanzo un beso por el aire y me dirijo a la dirección que me ha dado Ava.
Su casa está a tan solo tres manzanas de la mía, lo que me vendrá genial esta noche.
En cuanto me abre la puerta, me abraza y me hace pasar al salón, donde hay varias chicas más en medio de un lío de ropa.
Hay camisetas, faldas, vestidos, zapatos y bolsos tirados sobre los sillones, la mesa y la isla de la cocina.
Parece que ha explotado una tienda de moda en el salón, y no puedo evitar reírme.
―Cuando le comenté a Rachel por el grupo que no tenías qué ponerte, todas quisieron ayudar ―explica Ava―. Vamos, ya han preparado varios conjuntos que creemos que te quedarán de muerte.
Me presenta a las chicas. Aparte de Rachel están Cyntia, Harper y Sienna, una preciosa mujer afroamericana con una larga cabellera negra y los ojos más increíblemente azules que he visto en mi vida.
Me hacen sentir que formo parte del grupo enseguida.
Sobre todo porque me han dejado en bragas y sujetador en cuanto han terminado las presentaciones para probarme más de diez modelitos de ropa para salir esta noche.
Al final, eligen para mí un vestido midi de raso negro, con tirantes, escote en V y una abertura en el lado izquierdo que llega hasta medio muslo.
La verdad es que me sienta de maravilla, y los zapatos de tacón que he traído, de tiras que se atan a la altura del tobillo, quedan espectaculares con él.
El Eclipse Noir es más elegante de lo que imaginaba.
Luz tenue, paredes de terciopelo negro y espejos rematados en dorado que crean un contraste de luces y sombras perfecto para quienes quieren un poco de intimidad.
Las mesas que rodean la pista dan la sensación de reservados, aunque puedes ver perfectamente lo que ocurre en el resto del local.
No es un club exclusivo, pero se nota que cuidan quién entra.
Mujeres, sin problema. Hombres, solo si encajan con el ambiente.
Nos acercamos a la barra y un chico increíble, de fuertes brazos tatuados y pectorales que se marcan a través de la camiseta negra con el logo del local, se acerca con una sonrisa para tomarnos el pedido.
―Me lo pido ―dice Rachel cuando se marcha, haciéndonos reír.
―Pero si puede ser tu hijo ―responde Cyntia.
―¿Es que no sabes que hay que comerse un yogur de vez en cuando para reforzar... la flora vaginal?
Volvemos a reír, pero el chico vuelve con nuestras bebidas y no podemos seguir bromeando. La verdad es que me lo estoy pasando en grande, y cuando nos vamos a la pista a mover el cuerpo, un hombre moreno, de ojos azules y mirada quemabragas total se acerca a nosotras.
―¿Os estáis divirtiendo? ―pregunta.
―Mucho ―responde Sienna―, y ahora más que estás tú.
El hombre sonríe, pasándose la mano por la mandíbula. Está buenísimo y lo sabe.
―Soy Dante Ferretti, el dueño del local ―se presenta―. Si hay algo que pueda hacer por vosotras, no dudéis en pedirlo.
Saca del bolsillo interno de su americana cinco tarjetas negras con el logo del local en dorado y nos las entrega.
―Para que no tengáis que volver a esperar la cola ―explica guiñándonos un ojo.
Se da la vuelta y es cuando las chicas se desatan.
―¿Puede una sonrisa embarazarte? ―pregunta Harper― Porque creo que estoy embarazada de ese bombón.
―Lo que daría yo porque me guiñara un ojo mientras está encima de mí ―suspira Sienna―. Creo que me he enamorado.
―Si ese hombre me dice que tengo un mes para enamorarme de él, le diría “espera, cariño, no hace falta esperar. ¿Dónde tengo que firmar?”
―La verdad es que está buenísimo ―concuerda Cyntia―, pero no es para tanto.
―¿Que no es para tanto? ―exclama Sienna― ¿Pero tú de dónde has salido?
―He dicho que está buenísimo, pero hay hombres mil veces mejores. Aquel de allí, por ejemplo.
Giro la cabeza para mirar en la dirección que nos dice y mi mundo completo se derrumba: es Tae Min... que está sentado en un reservado con una rubia explosiva que le está sobando como si fuera su dueña.
Un peso se instala en mi pecho y me impide respirar. Dejo la copa en la primera superficie que encuentro y corro hacia la calle. Tengo que salir de aquí ya.