Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 9.  Tae Min
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9.  Tae Min

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M e deshago de la corbata y la lanzo con fuerza al otro lado de la habitación. Cada vez que me encuentro con ella mi mente es una puta montaña rusa y no puedo evitar perder el control.

Joder... he estado a punto de besarla.

Después de lo que me hizo, de haberme destrozado la vida, yo... solo quería hacerle el amor. Definitivamente estoy perdiendo la cabeza.

Me sirvo una copa del whisky más caro que tengo en el mueble bar.

El lujoso fuego líquido me quema la garganta, pero no es suficiente.

Tengo la sensación de que nada será suficiente cuando se trata de Sloan Calloway.

Y voy a tener que verla rondar a mi alrededor a diario.

Juro que si no fuéramos familia, Na Ri estaría muerta a estas alturas.

Porque la habría ahogado con mis propias manos por haberla contratado.

En vistas de que lo único que puede aliviar mi tensión es golpear algo con fuerza, bajo a la organización.

Paso por delante de la oficina de Woo Sung, nuestro falsificador, que levanta el pincel lleno de pintura a modo de saludo.

Pero no me detengo hasta llegar al gimnasio, en el que la mayoría de nuestros hombres están entrenando.

Aparto de un empujón a uno de ellos del saco de boxeo y, sin guantes, empiezo a golpear.

Lo único que veo en mi mente es a Sloan, sonriéndole a Ethan justo antes de besarlo.

Su gesto de dolor al decirme que lo nuestro era muy tóxico e insoportable, que ya no podía más.

¿Tóxico? Jamás le impedí salir con ese imbécil a pesar de que no lo soportaba.

Sonreía cuando me decía que esa tarde se iba con sus amigos aunque luego tuviera que bajar aquí a golpear algunos rostros. ¡Iba a dejarlo todo por ella, joder!

Unos fuertes brazos me sujetan con fuerza, separándome del saco.

―¡Te estás destrozando las manos, joder!

Miro por fin a Ji Hoon, que debe ver algo en mí que le hace soltarme. Miro hacia abajo y veo que mis nudillos están ensangrentados. Lo que faltaba.

―¿En qué pensabas, hombre? ―protesta, palmeándome la espalda.

―Es complicado.

―¿Por qué no vamos a tomarnos una cerveza y me lo cuentas?

Arqueo una ceja.

―¿A las diez de la mañana?

―Un café, entonces. Yo invito.

Asiento, pero antes voy a la enfermería para que me curen el destrozo que yo mismo me he causado. Media hora después estamos en una pastelería con dos cafés delante... y media docena de pasteles.

―¿Era necesario tanto dulce? ―pregunto.

―Son los mejores de la ciudad. Levantarían el ánimo de un muerto, y tú pareces necesitar que te levanten el ánimo. Vamos, pruébalos.

Meto la cuchara en uno de moka y... vale, está buenísimo. Tiro del plato hacia mí para impedir que él meta la cuchara, haciéndolo reír.

―Vamos, cuéntame qué te pasa ―pide―. Estás raro desde ayer.

Inspiro hondo. Decirlo no puede hacerme más daño del que ya llevo encima.

―La mujer que ha contratado Na Ri para la galería es mi ex ―confieso.

Ji Hoon parpadea sorprendido.

―Nunca te he visto con una mujer más de una noche. ¿Cuándo...?

―En la universidad. Ella lo era todo para mí... y me traicionó. Sé que ha pasado demasiado tiempo y que debería haberlo superado, pero en cuanto la vi... fue como si no hubiera pasado ni un día.

―Menuda putada.

―Tengo tantas ganas de matarla como de follármela, Ji. Antes la he increpado para saber qué hace aquí y he estado a punto de besarla.

―Todavía estás colado por ella.

―¡Y no debería, joder! Me fue infiel con alguien a quien detesto, y encima me acusó de ser tóxico. ¡Tóxico! Yo... ―Se me cierra la garganta un segundo―. Me había planteado dejarlo todo por ella.

Ji Hoon baja la mirada al café.

―¿Alguna vez te hizo ver que lo vuestro era demasiado para ella?

―Jamás. Siempre pareció feliz. Cambió solo dos semanas antes de que los pillara. Y sospecho que, si no lo hubiera hecho, habría seguido conmigo y con él a la vez.

―Eso solo lo hace una zorra de cuidado. Y créeme, no te conviene una en tu vida. Te lo digo por experiencia.

―Díselo a mi estúpido corazón. Me siento como aquel universitario idiota que bebía los vientos por ella.

―Las zorras no cambian.

―Ella sí lo ha hecho. Hay algo distinto... No sé, tal vez me estoy volviendo loco.

Ji Hoon se reclina en la silla, pensativo.

―Fóllate a otra delante de ella. Tira de la lista de mujeres que están encantadas de acostarse contigo y llévala a tu despacho. Da un espectáculo y haz que ella lo vea. Que crea que ya no sientes nada por ella.

―¿Y de qué serviría? A ella no le importo una mierda.

―Pero al menos creerá que a ti no te afecta. No tendrá ese poder sobre ti.

Me pierdo por un momento en mi vaso de café.

―Supongo que tienes razón.

― Sangcheoneun sae sarangeuro inneun geoya ―dice Ji, encogiéndose de hombros―. Las heridas se olvidan con un nuevo amor.

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H e decidido encerrarme el resto del día en la sala de conservación para evitar encontrarme con Sloan.

Mi maldita suerte no acompaña, porque hoy no tengo nada que hacer en la Kangpae ―o mi primo es un hijo de puta y me está obligando a quedarme en la galería, lo que viene a ser lo mismo―.

Así que me he bajado uno de los muchos cuadros que tenemos que restaurar para ocuparme personalmente de él.

No hay nada como perderse en la música mientras haces algo que te gusta.

Y qué quieres que te diga... nací para ser restaurador.

El que restaura un cuadro es el verdadero artista.

Debe tomar una obra destrozada por el mal uso y el paso del tiempo y devolverle la gloria que en su día le otorgó el pintor.

Debe usar los productos químicos adecuados, que limpien sin estropear la pintura.

Reinventar los espacios que han sido estropeados por un golpe, un rasguño o el paso de los insectos, para que cuando la persona que acude al museo lo vea piense que se ha conservado perfectamente con el paso del tiempo.

Y para personas como yo, que disfrutan del silencio y la soledad, este trabajo es vida.

Puedo pasarme horas enteras encerrado en una habitación con una obra, arreglándola milímetro a milímetro, con tanto mimo como si se tratara de una mujer hermosa.

Movimientos lentos, precisos, casi íntimos.

Hay algo profundamente calmante en devolverle la vida a lo que otros dieron por perdido.

Joder... restaurar una obra puede ser tan adictivo como el sexo... o es que yo soy un poco raro.

Solo hago una pequeña parada a la hora del almuerzo.

Cuando subo a la galería no veo a Sloan por ningún lado ―por suerte― y decido no tentar demasiado al demonio.

Me dirijo a Chinatown, a mi restaurante vietnamita favorito.

No es de esos sitios que americanizan el pho hasta convertirlo en agua sucia. Aquí la comida es auténtica de Vietnam.

Lan, la dueña del local, aparece con una sonrisa y deja frente a mí una taza de té de jazmín humeante y un pequeño plato de encurtidos. Sabe que me encanta su té. Soy adicto a la mezcla que prepara ella misma, aromatizada con las flores de jazmín que cultiva en el pequeño patio trasero del local.

―Hacía mucho tiempo que no venías por aquí ―me reprocha, sentándose frente a mí―. ¿Va todo bien?

―He estado muy ocupado en el trabajo, Lan. Estamos organizando una exposición nueva y nos trae un poco de cabeza.

―Me alegra que hayas sacado tiempo para venir a verme.

―Estaba desesperado por saborear tu comida ―bromeo.

Ella pone los ojos en blanco, se levanta y pasa el paño blanco que lleva colgado del delantal por la mesa, ya impoluta.

―¿Lo de siempre?

―Desde luego.

Hay pocas cosas en el mundo que me relajen cuando tengo un día de mierda.

Una de ellas es restaurar un cuadro. La otra, el ambiente de este pequeño restaurante: tranquilo, con música suave de fondo y una comida excelente.

Por no hablar del té de jazmín, que me gusta tanto como el café americano.

Debo reconocer que tuve que chantajear a Lan para que me vendiera parte de su mezcla, y la guardo en una bonita lata de estilo oriental que ella misma me regaló.

Lata que Na Ri ha intentado robarme varias veces... sin éxito, desde luego.

Poco después Lan pone frente a mí un tazón de pho de ternera y un plato de rollitos al vapor de cerdo y setas. La miro con una ceja arqueada, porque no suelo pedir rollitos cuando vengo a almorzar.

―Come ―ordena―. Estás demasiado delgado.

Me levanto la camiseta, mostrando los abdominales bien definidos debidos a horas y horas en el gimnasio.

―Estoy fuerte, no delgado ―bromeo.

Ella se cubre los ojos riendo, muerta de vergüenza. A estas alturas debería estar acostumbrada a mis tonterías, pero nuestros mayores no suelen acostumbrarse del todo al choque cultural.

―Come... y no me entretengas. Por tu culpa estoy descuidando al resto de clientes.

Me palmea el hombro antes de darse la vuelta y dirigirse a una mesa cercana. Yo me entretengo mirando las noticias en el móvil mientras como ―rollos al vapor incluidos―. Cuando termino, me acerco a la barra, donde está su hija Mai, para pagar la cuenta.

―¿Ya has vuelto a ruborizarla? ―bromea.

―Solo un poco ―respondo guiñándole un ojo.

―Hoy invita la casa, con la condición de que no tardes demasiado en volver.

―No sé cómo lográis mantener el negocio a flote ―protesto, dejando un billete de cien sobre el mostrador―. La propina, y no me discutas.

―Ella lo hará.

―Cuando se dé cuenta ya me habré marchado. Nos vemos.

Regreso a la galería, y esta vez sí logro ver a Sloan, aunque Ava la mantiene tan ocupada que me libro de tener que enfrentarme a ella.

Saludo a Adrian y Liam al pasar por su lado y vuelvo a la sala de conservación para continuar con mi trabajo.

Diez minutos después, Liam aparece trayendo un bote de pigmento.

―Adrian ha logrado este tono de dorado, mira a ver si es el que necesitas para el cuadro ―explica, tendiéndomelo.

Lo observo un momento bajo la luz, extiendo un poco sobre la tela de muestra y lo acerco al original.

―Se parece muchísimo, pero no es exacto ―susurro―. Dile que añada un toque de ocre amarillo y una pizca de sombra tostada. Si no consigue el tono exacto, utilizaremos este.

Le tiendo el bote de nuevo.

―Llévalo a la nevera, no queremos que la mezcla se seque.

Liam asiente y vuelve a dejarme solo. Estoy tan concentrado en eliminar este puñetero barniz amarilleado que no sé si han pasado diez minutos o una hora cuando vuelve a la habitación.

―¿Lo tienes? ―pregunto, pero nadie responde.

Levanto la vista para saber por qué no lo hace, pero no es Liam quien está quieto como una estatua delante de mí, sino Sloan. Mierda.

―Lo... Lo siento ―se disculpa―. Ava me ha enviado a coger unos documentos.

Respira, joder... respira.

Aprieto la mandíbula y vuelvo a fijar mi atención en lo que estoy haciendo...

o al menos aparento hacerlo. Después de mi charla con Ji Hoon he decidido que voy a ignorarla siempre que pueda...

aunque es imposible no fijarme en ese culo perfecto enfundado en unos vaqueros ajustados, ni la forma en la que la camisa se levanta dejando a la vista la curva perfecta de su espalda.

Me imagino acercándome a ella, inmovilizándola contra la estantería y hundiendo los dedos en su cintura.

Joder, concéntrate... Ya no eres un puto adolescente lleno de hormonas.

Pero ella no ayuda cuando deja escapar pequeños gemidos al no alcanzar al estante en el que está lo que sea que necesita Ava. Aún soy capaz de recordar otro tipo de gemidos, y tengo que acomodar mi postura porque mi polla ya está haciendo de las suyas.

―En la esquina hay una puta escalera de mano ―protesto intentando no mirarla, aunque es inútil.

Ella la localiza primero con la mirada, sonríe y la pone frente a la estantería para alcanzar los documentos, pero es demasiado baja ―metro sesenta y tres, me lo sé de memoria― y ni con la escalera llega bien al estante.

Roza la carpeta con la mano un par de veces, acercándola al borde, y se le ocurre la brillante idea de dar un salto para cogerla.

La escalera se tambalea, ella se agarra para no caer a lo primero que pilla...

que es un jarrón de cerámica de la dinastía Joseon de incalculable valor.

Veo a cámara lenta cómo resbala de sus dedos y cae en dirección a su cabeza, pero mi cuerpo ha reaccionado por su cuenta y estoy junto a ella antes de que el jarrón la golpee.

Lo atrapo sin esfuerzo y bajo la cabeza para mirarla con fastidio.

Error.

Error garrafal.

Terrorífico.

Porque debido a la puta escalera su boca ha quedado a dos escasos centímetros de la mía.

Su mirada se ha oscurecido, entreabre los labios y ¡Mierda!

Quiero besarlos. Quiero mandar el puto jarrón a la mierda, rodear su cintura con los brazos y hundir la lengua en su boca.

Quiero arrancarle la ropa, levantarla en peso y enterrarme en ella hasta que se olvide de cualquier hijo de puta que haya pasado por su vida después de romperme el corazón.

Quiero follármela fuerte, castigándola por todo el daño que me ha hecho. Hacerla rogar por su orgasmo hasta que me dé la gana de dárselo. Destrozarla igual que ella me ha destrozado.

Pero en vez de hacerlo, coloco el jarrón en su lugar, agarro los documentos que ha estado intentando coger y se los tiendo, dando un paso atrás. Ella parece recuperar la compostura, se coloca la ropa bien y toma la carpeta. Susurra un “gracias” y sale a correr como alma que lleva el diablo.

Corre, pequeña, porque ahora mismo es eso lo que soy.

Me paso la mano por la cara, me bebo de golpe la botella de agua fría que tengo a mi lado y vuelvo a la pintura, pero termino por dejar el algodón en un lado. Miro la hora en mi móvil. Las seis de la tarde. Parece que me he quedado absorto en el cuadro más tiempo del que pensaba.

Recojo mi puesto de restauración improvisado, devuelvo el cuadro a su lugar y subo a la galería dispuesto a marcharme. Tentar al diablo puede salirme caro.

Tal vez Ji Hoon tiene razón después de todo y lo único que necesito es follar. Me doy una ducha y me arreglo con la intención de ir a cenar algo y pasarme por el Dragón de medianoche. Tal vez con una buena sesión de sexo logre sacarme de encima esta sensación de mierda por ella.