8. Sloan
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L levo veinte minutos de pie frente a la puerta de la galería. Aunque anoche Na Ri me envió un mensaje diciéndome que todo estaba bien y que me esperaba hoy para trabajar, aún no me atrevo a poner un pie dentro. ¿Y si Tae está aquí? No tengo fuerzas para otro encuentro con él.
Verle ayer fue demasiado.
Demasiado dolor, demasiados recuerdos, demasiado arrepentimiento, demasiado trauma.
No... debería agradecer amablemente el puesto, rechazarlo y buscar en otra parte.
¿Pero cómo voy a hacer eso cuando tenemos que pagar las facturas médicas de la abuela?
El sueldo es muy bueno, y tengo la sensación de que trabajar con Na Ri va a ser toda una aventura.
No... rechazarlo está descartado.
Intento dar un paso, pero me detengo con el pie en el aire. Mi corazón se ha vuelto loco, late incontrolablemente y empiezo a ver puntos brillantes ante mis ojos. Mierda...
―Hola.
Me vuelvo hacia la voz que me habla desde la derecha.
Levanto la mirada y veo a un joven muy guapo, de esos que llaman la atención sin querer.
Su cálida sonrisa me hace sonreír sin darme cuenta, y hay algo en su mirada que me transmite una paz inmediata.
Ahora lo recuerdo... es el recepcionista de la galería.
―Tú debes ser Sloan, ¿verdad? ―continúa, al ver que no respondo―. Llevo un rato viéndote intentar echarle valor a cruzar la puerta. ¿Acaso te intimido? Bien, permíteme presentarme. Soy Evan, el recepcionista y tu futuro mejor amigo. Es un placer conocerte, Sloan.
Su broma me hace reír.
―Lo mismo digo, Evan. Y no, no eres el motivo que me tiene retenida en la puerta, sino mis nervios. Es mi primer día y, aunque hace mucho que terminé la carrera, nunca he trabajado en esto. Temo meter la pata el primer día.
―Menudo problema... Todos metemos la pata el primer día, mujer.
―¿Tú también?
Evan se lleva una mano al pecho, teatral.
―¿Yo? Sloan, cariño... yo batí récords. Mi primer día aquí fue un desastre tan épico que Adrian, nuestro restaurador principal, todavía me mira con lástima cuando se acuerda.
Me río, porque su forma de contarlo es tan exagerada que me relaja sin querer.
―¿Qué hiciste?
―Muchas cosas, pero lo peor fue que confundí a un artista famoso con un turista perdido.
El hombre venía vestido súper normal, con una mochila y todo.
Yo, muy profesional, le dije: “Las visitas guiadas empiezan a las once, señor. Si quiere, puede esperar en la cafetería de la esquina. Tiene los mejores donuts de la ciudad”.
―No... ―No puedo evitar reírme a carcajadas.
Evan abre los ojos como si reviviera el trauma.
―Sloan, casi me muero cuando me dijo que era el artista. Quise renunciar. Evaporarme. Que me tragara la tierra. Y Adrian me dijo... ―pone voz grave―: “Evan, por favor, deja de humillar a los invitados”.
―¿Y no te regañaron?
―Claro que sí, pero soy el preferido de la jefa, así que...
Su humor, su dulzura y su forma de reírse de sí mismo me aflojan los hombros. Por primera vez desde que llegué, siento que puedo respirar.
―Así que tranquila. Todo el mundo espera que metas la pata. No, mentira... solo estoy bromeando.
―Serás...
―Tu mejor amigo, ya te lo he dicho. ¿Vamos? Creo que será mucho más fácil si vienes conmigo desde aquí.
Y tiene razón, porque su presencia me relaja bastante. Me ofrece el brazo, que acepto sin dudar, y entramos en la galería. Ahora mismo todo es un caos. Hay personal por todas partes colocando obras en paredes y pedestales, corriendo de aquí para allá.
―Una última cosa, preciosidad... No te enamores de mí ―me advierte.
―Eres consciente de que soy, al menos, diez años mayor que tú, ¿verdad?
―El amor no tiene edad, aunque sí preferencias.
―Y tú prefieres lo mismo que yo.
―Dios santo, espero que no... No quiero dejar de ser tu mejor amigo porque nos guste el mismo tipo.
Niego sonriendo mientras me guía por las salas de la galería. Me gusta la amplitud, la luminosidad que entra por los ventanales, pero sobre todo me gusta la calma que me transmite el lugar.
―Tenemos cuatro salas, y cada una de ellas tiene un nombre coreano ―me explica Evan―. Haneul , que significa cielo. Dalbit , luz de luna. Haetsal , brillo solar. Y por último, la sala de audiovisuales: Hwa , belleza.
―Me gusta.
―Se le ocurrió a Na Ri. Si hubiera sido por los jefes, se habrían llamado salas 1, 2, 3 y 4.
Su mención a Tae Min hace que me dé un vuelco el estómago.
―¿Suelen venir mucho por aquí? ―pregunto.
―A diario, aunque suelen estar encerrados en sus despachos, tranquila. No los verás muy a menudo.
―Gracias a Dios.
Mi suspiro de alivio le hace reír. Mierda, no creí haberlo dicho en voz alta.
―Supongo que después de que el director Han te despidiera antes de firmar el contrato, has empezado a odiarlo ―comenta.
―No es eso. Es solo que...
―Intimida, lo sé. Pero no puedes negarme que está muy bueno.
―La verdad es que no tuve tiempo de fijarme ―protesto―. Estaba muy ocupada procesando mi despido.
Esa es la mentira más gorda que he dicho desde aquel día.
Si cuando estábamos juntos Tae era increíblemente guapo, ahora, con la madurez que le han dado los años, te aseguro que es capaz de quitarte el hipo.
Y eso es un problema muy serio... un problemón.
Porque yo no he superado mi amor por él...
pero me odia a muerte, por lo que pude comprobar.
Puede que esto salga peor de lo que imagino, sin embargo...
―Llegamos ―me interrumpe Evan al llegar a la puerta que da a las oficinas―. ¿Te acompaño adentro o eres una chica valiente?
Pongo un puchero que le hace reír.
―Vamos, ya verás como no es tan malo. Además, Na Ri estará allí. Te defendió con uñas y dientes ayer, así que ya tienes dos aliados aquí.
―Deséame suerte.
―No la necesitas. Como se dice en Corea: ¡Fighting!
Atravieso la puerta camuflada en la pared tal como me muestra Evan.
Si el exterior es el caos, la zona oculta es el epicentro.
Todo el mundo corre de un lado a otro, llevando papeles, obras de arte e incluso cosas cuyo sentido aún desconozco.
Me dirijo al único que parece mantener el control: un hombre de unos cuarenta años sentado ante una mesa, aparentemente restaurando un cuadro.
―Disculpa, ¿has visto a Na Ri?
El hombre levanta la mirada y se quita las gafas de aumento para mirarme con una sonrisa.
―Sloan, ¿verdad? Na Ri está en la sala Hwa. Problemas con el equipo de sonido. ¿Sabes dónde está?
―La verdad es que no.
―No es difícil ―explica, caminando conmigo hacia la puerta de entrada de las oficinas―. Desde aquí, camina recto hasta el final y gira a la derecha. La primera puerta que encontrarás es la sala Dalbit.
―¿Y desde ahí?
―Cruzas la sala y sales por la puerta del otro lado. Esa te deja directamente en la sala Hwa. Es la del final, no tiene pérdida.
―Muchas gracias...
―Adrian... Adrian Whitmore.
Sonrío y sigo las indicaciones que me ha dado. Sigo recto... giro a la derecha... veo la puerta. Cruzo a la sala Dalbit... y una mano enorme me agarra de la muñeca y me arrastra de vuelta. ¿Pero qué coño...?
Tae Min.
Mi pulso se dispara. Su contacto me quema, un estremecimiento me recorre entera.
―¿Se puede saber a dónde me llevas? ―protesto, intentando soltarme.
―A mi despacho. Ahora.
―Tengo que ir a ver a Na Ri.
No se detiene. Me lleva prácticamente a rastras hasta cruzar la puerta de su despacho. Echa el cerrojo y me acorrala contra la pared, tan cerca que apenas puedo respirar.
―Suéltame ―ordeno.
―No hasta que me digas qué coño pretendes presentándote aquí. ¿Por qué has venido?
―He venido a trabajar ―respondo, levantando la barbilla―. No tiene nada que ver contigo.
―De todos los lugares del puto mundo, vienes a MI galería. ―Me agarra la barbilla con fuerza, obligándome a sostenerle la mirada―. Repito: ¿qué haces aquí?
―No sabía que era tu galería. ¡Pensaba que estarías de vuelta en Busan!
―Te lo compro. Pero ayer me viste, te dije que no te quería aquí... y aun así aquí estás. ¿Por qué?
―Porque necesito trabajar, ya te lo he dicho.
―Mientes.
―¡Ojalá mintiera! ―grito, zafándome de su agarre de un manotazo―.
Estoy aquí porque acabo de regresar y las facturas no se pagan solas.
Tengo treinta y dos años y nunca he ejercido mi profesión.
Tu prima ha sido la única que ha apostado por mí, ¡y no voy a dejar el trabajo porque a ti te moleste mi presencia!
―¿Por qué no has ejercido nunca?
―¿Y a ti qué te importa? Déjame salir, no quiero llegar tarde el primer día.
―Si es dinero lo que necesitas, dime cuánto. Te daré lo suficiente para que puedas esperar a otro empleo.
Le aparto de un empujón.
―¿Tu familia todo lo arregla con dinero? ―grito― ¡No lo quiero! El único dinero que recibiré de un Han será el que me gane con el sudor de mi frente. Y ahora, por favor... ¡abre la puerta!
―Sloan...
Su tono es una advertencia. Inspiro con fuerza para no perder el control. No puedo olvidar que es mi jefe y puede echarme cuando quiera.
―Mira, la cagué. La cagué cuando salíamos juntos y seguramente te hice daño. Lo lamento. Era una cría y no medí mis acciones. ¿Contento?
Tae se pasa la mano por la barbilla, una sonrisa incrédula curvándole los labios. Maldita sea, no va a ser suficiente.
―¿Contento? ―susurra, acercando su rostro al mío― Me destrozaste. Iba a dártelo todo. ¡Todo! Habíamos hecho planes de futuro. ¡Te había comprado un puto anillo de compromiso! Y ahora te presentas aquí como si nada. Eres un puto demonio.
―¿De qué estás hablando? Jamás hicimos planes de futuro.
―¿Ah, no? ¿Y para ti qué era hablar de cuántos niños íbamos a tener? ¿Una charla de mierda para pasar el rato?
―Hace mucho tiempo de aquello ―susurro―. Deberías haberlo superado.
―Spoiler: no lo he hecho. Jamás voy a superar tu traición, Sloan. Así que si eres inteligente, si sabes lo que te conviene, te marcharás. Porque te juro que voy a convertir tu vida en un infierno.
―Spoiler: mi vida ya es un infierno.
Aprovecho su sorpresa momentánea para empujarlo y salir de su despacho.
Ahora mismo estoy a punto de tener un ataque de ansiedad.
Siento que me falta el aire, que el corazón va a salirse de mi pecho y me cuesta incluso moverme, pero avanzo paso a paso hasta alejarme todo lo que puedo de su despacho.
Me apoyo en una mesa y me aprieto el pecho, cerrando los ojos para intentar recuperar el control.
Fallo estrepitosamente.
―¿Estás bien? ―pregunta una voz de mujer―. ¡Oh, joder, no estás nada bien!
Unos brazos amables me rodean la cintura y me guían hacia los cuartos de baño. La mujer que me está ayudando me sienta en la tapa de uno de los inodoros y se marcha, para volver al poco tiempo con una bolsa de papel que coloca alrededor de mi boca.
―Respira profundamente. ―Hago lo que me ordena―. Eso es, un poco más. Pronto te sentirás mejor. Solo estás teniendo un ataque de pánico.
Cuando logro estabilizarme, me pasa una botella de agua, que bebo con avidez.
―¿Te encuentras mejor?
―Gracias ―suspiro―. Definitivamente esta no es la mejor manera de presentarme.
―Ya te digo, me has dado un susto de muerte. Soy Ava, la técnico de colecciones.
―Sloan, la nueva ayudante de Na Ri.
―Te aterra el jefe, ¿no?
―Algo así.
―¿Qué has hecho para que esté tan enfadado? Es imposible que hayas metido la pata nada más empezar.
―Es... complicado.
Parece entender mi respuesta, porque no intenta indagar más. Cuando al fin he logrado recuperar el control de mí misma, me levanto para buscar a Na Ri.
―Debería irme ―digo―. Na Ri estará esperándome hace rato.
―Te acompaño.
―No es necesario, de verdad... Continúa con tu trabajo.
―No te preocupes, mi trabajo es cuidar de las obras, no quedarme sentada. Puedo acompañarte sin problema.
Me ofrece el brazo y una sonrisa alentadora. Engancho mi brazo con el suyo y la sigo por la galería, pensando que, siempre que no vuelva a encontrarme con Tae Min, el trabajo no va a ser tan duro como imaginaba.