6. Sloan
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D espués de varios días instalándome en casa, al fin puedo concentrarme en buscar trabajo. Me preparo una taza de café, enciendo el portátil y empiezo a buscar en las páginas de empleo algún puesto en una aseguradora que valore mis diez años de experiencia por encima de mi falta de título.
La abuela está sentada en el sofá, a pocos metros de mí, viendo una de sus series de Netflix, pero se mueve incómoda y no puedo concentrarme.
―¿Necesitas algo? ―pregunto.
―Esta maldita escayola me está matando. Me pica, pero no puedo rascarme. ¿Puedes acercarme una de mis agujas de punto? Están en la cesta que tienes justo al lado.
―No creo que introducir una aguja en la escayola sea lo más acertado...
―¿Y cómo quieres que me rasque? Vamos, trae eso aquí.
Niego con una sonrisa, pero busco en la cesta la aguja más fina que encuentro y se la alcanzo. Ella la mete dentro de la escayola, la mueve hacia los lados y dibuja en su rostro una sonrisa de felicidad que me hace reír. Dios... cómo la echaba de menos.
―Estás muy lejos ―protesta―. Ven y siéntate con tu abuela.
―Estoy buscando trabajo.
―Puedes hacerlo perfectamente desde aquí.
Tiene razón, desde luego. Cojo el portátil y me siento a su lado. Me sorprende apoyando la cabeza en mi hombro, pero la verdad es que su contacto me hace tanto bien que intento no mover demasiado ese brazo para que no se aparte.
Pero claro, tenerla en esa posición hace que, inconscientemente, cotillee lo que hago... y se quede muy tiesa.
―¿Se puede saber qué haces? ―protesta.
―Ya te lo he dicho, abuela. Busco trabajo.
―Ya sé lo que buscas, pero ¿por qué en una aseguradora?
―Porque es lo que llevo haciendo diez años.
―Eres historiadora.
―Y no he ejercido jamás.
―¿Y no crees que ya va siendo hora de que lo hagas?
―Abuela, hace siete años que terminé la carrera. Estoy oxidada. Hoy en día buscan gente con experiencia reciente, no a alguien que desapareció durante años. Será muy difícil que me contraten.
―Será mucho más difícil si no lo intentas.
―No puedo permitirme el lujo de esperar un milagro. Mis ahorros no van a durar toda la vida.
―Soy perfectamente capaz de encargarme de nuestros gastos, niña. ¿Crees que necesito tu dinero?
―¿Pretendes mantenerme hasta que encuentre un trabajo de historiadora?
―Desde luego. Invierte tus ahorros en cursos que te pongan al día, si estás oxidada.
―No tengo edad de estudiar, abuela ―río.
―¿Quién lo dice? La señora Reynolds está en la escuela de adultos para sacarse los estudios primarios, y tiene setenta años. Y el señor O’Malley está estudiando Derecho con sesenta y ocho. Nunca es tarde para aprender, Sloan.
―No sé, abuela...
Me quita el ordenador y pincha en una oferta de trabajo. No me ha dado tiempo a ver nada cuando me pasa el portátil. Tengo delante un cuestionario.
―Rellénalo, adjunta tu currículum y envíalo ―ordena.
Y por qué no... hago lo que me pide.
Cuando termino de enviarlo, me doy cuenta de que es un puesto de ayudante en una galería de arte de la ciudad que no conozco: la White Lotus Gallery.
Busco su página web y no aparece información sobre los dueños ni los empleados, pero sí que están organizando una nueva exposición que verá la luz en poco más de una semana.
Lo que quiere decir que, al menos hasta que todo el proceso de organización termine, no se van a poner a revisar currículums.
Perfecto. Me da tiempo de buscar trabajo en alguna aseguradora.
Pues no.
No han pasado ni dos horas desde que mandé el mail cuando recibo una llamada de la galería citándome a las cinco de esta misma tarde para una entrevista.
Cuando cuelgo, mi abuela me mira con esa sonrisa de suficiencia que siempre pone cuando tiene razón.
―Te quieren, ¿a que sí?
―Solo han concertado una entrevista. Esta tarde.
―¿Y a qué esperas? Ve a elegir la ropa que te pondrás.
―Aún tengo que preparar la comida, y tender la ropa, y...
―Pediremos comida a domicilio, y todo lo demás puede esperar. ¿Tienes algún traje elegante que puedas ponerte?
―Trabajaba en una aseguradora, los trajes eran mi uniforme.
―Vayamos entonces a escoger el más elegante.
A las cinco menos diez cruzo las puertas de la galería. A la izquierda me encuentro un mostrador en el que un chico bastante joven me saluda con una sonrisa. Tras decirle mi nombre, habla con alguien por el auricular que lleva en la oreja y me pide que me siente en los sillones de enfrente.
Apenas pasan cinco minutos cuando las puertas de cristal se abren y una mujer se acerca con una sonrisa.
Tiene rasgos asiáticos.
Lo noto enseguida, aunque intento no hacerlo. La forma de los ojos, la expresión tranquila, incluso la manera de sostener la mirada... hay algo que me resulta familiar. No igual, pero sí lo bastante parecido como para que me dé un vuelco tonto en el estómago.
Me recuerda a Tae.
No porque se parezcan realmente, sino por su mirada. Y me odio un poco por pensar en él, por dejar que mi cabeza haga conexiones que no vienen a cuento. Tae está en Busan, seguramente con una vida feliz y sin acordarse siquiera de mí. Y yo aquí, viendo fantasmas donde no los hay.
Me pongo de pie y me acerco, extendiendo la mano.
―Buenas tardes, soy Sloan Calloway ―me presento.
―Un gusto conocerte. Soy Han Na Ri, curadora principal.
El apellido Han me paraliza. Joder, hasta tiene el mismo apellido que él.
Respira, Sloan... Tae no tenía hermanos, era hijo único. Todo esto es una maldita y desastrosa coincidencia.
Me obligo a sonreírle cuando me hace un gesto para que la siga por el museo. No me da tiempo a ver mucho ―solo pasamos por dos de las salas antes de llegar a la zona de oficinas y están patas arriba― aunque lo poco que veo me agrada. Es amplio, luminoso y minimalista. Justo como me gusta.
En cuanto llegamos a su oficina, la señora Han se sienta en su escritorio, haciéndome un gesto para que ocupe asiento frente a ella. Y es justo en este momento cuando todos mis pensamientos estúpidos desaparecen y empiezo a ponerme nerviosa. Extremadamente nerviosa.
―Normalmente la entrevista la haría mi primo, el director general, pero no suele pasar mucho tiempo por aquí ―comienza a decir―. Nuestra galería también se dedica a la restauración, así que suele estar de viaje ocupándose de esa parte del negocio.
Abre una carpeta negra en la que puedo ver mi currículum. Bien... allá vamos...
―Bien, señorita Calloway. Su historial académico fue excelente hasta el segundo año, pero luego sus notas decayeron hasta el punto de necesitar tres años para terminar la carrera. ¿Puedo saber por qué?
―Problemas familiares me llevaron a marcharme de la ciudad y tuve que compaginar mis estudios con un trabajo a tiempo completo. Preferí centrarme en algunas asignaturas y aprobar que abarcarlas todas y suspender.
―Entiendo... aunque me llama la atención que no haya ejercido nunca.
―Para cuando terminé la carrera, mi puesto en una correduría de seguros era tan estable que no me atreví a dejarlo.
―Entonces, ¿ha trabajado alguna vez en una galería o museo, aunque fuera de forma puntual?
―Hice las prácticas durante mi último año de carrera, pero nada más ―admito―. Aun así, estoy acostumbrada a manejar documentación, seguir procedimientos y trabajar con precisión. De hecho, estoy buscando cursos para actualizarme. Me adaptaré rápido, créame.
―Bien, aprecio su sinceridad, y también que esté tomando medidas para actualizarse.
Hace una breve anotación en la carpeta.
―La capacidad de adaptación es importante aquí ―continúa―, sobre todo en estas semanas.
―He visto que están preparando una nueva exposición. Supongo que el ritmo será frenético.
Veo que le ha agradado que haya hecho mis deberes, porque sonríe imperceptiblemente.
―¿Cuál es su disponibilidad? ―pregunta― Necesitamos a alguien que pueda incorporarse de inmediato.
―Puedo incorporarme mañana mismo, si quiere.
―¿Y estaría dispuesta a trabajar horas extra? Al menos durante los periodos de preparación de exposiciones, esto se vuelve de lo más caótico.
―Siempre que pueda disponer de mi teléfono por si hay alguna emergencia en casa, no tengo ningún problema. Mi abuela se ha roto el brazo y, aunque intenta hacerse la fuerte, sé que lo está pasando mal.
Ni siquiera sé por qué le estoy contando todo esto, pero la señora Han apoya los antebrazos en la mesa y su mirada se vuelve más cálida.
―La familia es lo más importante del mundo, señorita Calloway ―dice con una suavidad inesperada―. No habrá ningún problema con eso.
Recupera la compostura profesional.
―Una última cuestión. ¿Tiene conocimientos de algún otro idioma?
―Francés ―respondo―. Lo estudié en el instituto y lo he retomado hace poco. No soy bilingüe, pero puedo defenderme bastante bien.
―Perfecto ―asiente, anotándolo―. No es imprescindible, pero siempre suma.
La señora Han cierra la carpeta y la deja a un lado. Yo me preparo para ponerme de pie, suponiendo que la entrevista ha terminado, pero ella se recuesta en la silla y me mira con una sonrisa.
―Sloan... ¿Puedo llamarte Sloan? ―Asiento―. Creo que no es necesario buscar más. Siento que tú y yo vamos a llevarnos muy bien.
―¿Estoy contratada? ―pregunto con un hilo de voz.
―Desde luego. No tienes experiencia, pero el arte no es como la medicina o la informática.
Las bases son las mismas hoy, mañana y dentro de diez años.
Solo cambian las técnicas, pero puedes aprenderlas sobre la marcha.
Y el puesto es de ayudante, no de historiadora o curadora, así que creo que podrías encajar perfectamente.
―Gracias... Muchas gracias, de verdad.
―No me lo agradezcas. Soy una tirana como jefa y te convertirás en mi sombra, mi mano derecha y mi saco de boxeo a partir de ahora. Te odiaré, te amaré y te necesitaré a partes iguales. ¿Crees que podrás lidiar con eso?
Sonrío sin poder evitarlo. Acabo de conocerla y ya me cae muy bien.
―Creo que podré hacerlo, señora Han.
―Por favor... vamos a pasar muchas horas juntas.
Habrá días que incluso tengamos que dormir aquí, así que llámame Na Ri.
Y otra cosa más... en la White Lotus premiamos el esfuerzo.
Si te esmeras y me demuestras que te mereces un puesto mejor, te aseguro que lo tendrás sin importar el tiempo que lleves desactualizada.
―Por supuesto que quiero ascender. Me esforzaré al máximo.
―Mañana te presentaré a toda la plantilla. Somos una familia pequeña, pero la verdad es que el ambiente de trabajo es espectacular. Y está feo que lo diga yo, pero es la realidad.
Na Ri se pone de pie y me hace una señal hacia la puerta.
―Empezamos a las ocho. Me gusta empezar pronto cuando estamos en las últimas etapas de una exposición.
―Aquí estaré.
―Vamos, te acompañaré.
Salimos hablando animadamente de la oficina y me acompaña hasta la salida. Estamos despidiéndonos cuando Na Ri mira más allá de mí y dibuja en sus labios una enorme sonrisa.
― Oppa , estás aquí ―dice―. Déjame presentarte a nuestra nueva empleada.
Me doy la vuelta para saludar a quien sea que ha llegado y todo a mi alrededor se derrumba. Empiezo a temblar incontrolablemente. Mis ojos se nublan y mi labio inferior empieza a temblar.
Es Tae Min.
Más mayor... mucho más maduro, pero estoy delante del hombre al que una vez tuve que romperle el corazón.
El reconocimiento me atraviesa como un golpe seco, dejándome sin aire.
Siento cómo las piernas me fallan, como si el suelo se inclinara bajo mis pies. Estoy a un segundo de venirme abajo. No... no puedo derrumbarme delante de él. Pero es entonces cuando su mirada se fija en mí, quedando tan sorprendido o más que yo.
Joder... me recuerda.
Desde luego que lo hace, ha apretado la mandíbula y su postura se ha vuelto rígida. Aunque no puedo culparlo... para él soy una hija de puta que le fue infiel mientras imaginábamos planes de futuro juntos.
―Ella es Sloan Calloway ―continúa Na Ri sin percatarse de nada―. Sloan, él es nuestro director general, Han Tae Min.
Tengo que decir algo, no puedo seguir mirándole sin más. Intento recuperar la compostura y extiendo la mano.
―Encantada, señor Han.
He logrado decirlo con un temblor mínimo en la voz.
Arquea una ceja ante mi respuesta.
Desde luego que te conozco, joder. Tanto que podría decir cuántos lunares tienes en la espalda.
Pero ahora mismo no soy capaz de pensar. Ni siquiera sé si seré capaz de caminar cuando me dirija hacia la puerta.
Tenerle delante después de diez años es más de lo que jamás pude imaginar.
Inconscientemente, mi mirada se desvía a su dedo anular. No tiene anillo. ¿Querrá eso decir que está soltero, o simplemente que no tiene por costumbre llevar alianza?
¿Pero en qué demonios estoy pensando? Céntrate, joder. Es tu jefe.
Y es entonces cuando me doy cuenta de la gravedad de esas palabras.
Tae Min es el director general de la galería. El que decide quién trabaja aquí y quién no. Y por mucho que Na Ri me haya contratado, él puede decidir echarme en menos que canta un gallo.
―¿Has dicho la nueva empleada? ―pregunta.
Inspiro con fuerza ante el sonido de su voz. Había olvidado lo mucho que me afectaba, lo que provocaba en mi cuerpo cuando estábamos a punto de hacer el amor.
Una lágrima traicionera baja por mi mejilla y la borro de un manotazo. La ha visto, desde luego, y dibuja una leve sonrisa de satisfacción en sus labios.
No le culpo. Le causé demasiado dolor.
―Eso he dicho, sí. ¿Recuerdas que te dije que Joon Seo...
―Lo lamento ―la interrumpe, sin apartar la mirada de mí―, pero estás despedida.
Le veo entrar por la puerta doble de cristal sin poder moverme.
Ahora sí, las lágrimas que he estado conteniendo brotan sin control.
No puedo apartar la mirada de su ancha espalda, que se aleja sin tan siquiera darse la vuelta para mirarme.
―Sloan, no le hagas caso ―dice Na Ri, que seguramente ha malinterpretado mi llanto―. Mi primo es un gilipollas, pero es mi hermano quien manda. Hablaré con él y lo solucionaré, ¿de acuerdo? Ven mañana a las ocho, por favor. Yo me encargo.
Veo a Na Ri salir corriendo tras Tae. Quiero hacer lo mismo, seguirle, explicarle todo lo ocurrido aquel día y suplicarle perdón, pero ¿de qué serviría?
El daño ya está hecho, y después de tantos años estoy segura de que no podrá perdonarme.
Con un suspiro, me doy la vuelta y salgo a la calle. Irónicamente, ha empezado a llover y no tengo paraguas.
Pero esta vez no va a venir a cubrirme con el suyo.
Esta vez, tendré que mojarme.