5. Tae Min
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M e despierto y siento un cuerpo suave junto al mío.
Ah... ya lo recuerdo. Anoche fui a tomarme una copa con Ji Hoon al Dragón de Medianoche, el pub de Chinatown al que solemos ir para divertirnos un rato.
Creo que me pasé de copas... o tal vez no, porque no me duele demasiado la cabeza.
Lo que sí recuerdo es haber conocido a esta mujer cuando intentaba pedir en la barra.
Jane... No, Rachel.
Demonios... ni siquiera recuerdo su nombre.
Me doy la vuelta y sonrío al comprobar que está perfectamente peinada y maquillada.
Seguramente se levantó antes de que yo despertara para arreglarse y ahora está fingiendo estar dormida.
Conozco ese truco desde hace demasiado tiempo, muñeca...
pero voy a ser un buen chico y te voy a dar tu recompensa por el esfuerzo.
Paso la mano por su cintura con lentitud, acercándola a mi cuerpo hasta que mi polla queda encajada entre sus muslos.
Mi erección matutina va a hacerme hoy un enorme favor.
Como esperaba, ella gime entre sueños y se retuerce, simulando despertarse en ese justo momento.
Su aliento mentolado me confirma lo que ya sabía: la muy cabrona ya estaba preparada.
―Hola ―susurra con voz ronca.
No respondo. Tiro de su nuca y hundo mi lengua en su boca con brusquedad. Si hubiera sido otra persona, en otra situación, habría sido dulce y cariñoso. Me lo habría tomado con calma. Pero esa persona hace mucho tiempo que desapareció de mi vida, así que no merece la pena pensar en ella ahora.
La rubia ―porque es rubia, no sé si te lo he dicho― arquea las caderas y rodea mi cintura con su pierna para intentar que entre en ella, pero me aparto antes de que pueda conseguirlo. Lo siento, preciosa, pero mis hijos no se van con cualquiera.
―Fóllame ―ordena, haciéndome sonreír.
―Aquí yo doy las órdenes, dulzura. Nada de exigir.
Le doy la vuelta en la cama, sujeto sus muñecas sobre su cabeza con una de mis manos y entierro un dedo en su interior. Está tan mojada que mi dedo resbala rápidamente, y empiezo a masturbarla hasta que suelta un grito y se sacude debajo de mi cuerpo.
―Más...
―Puta avariciosa...
Sin soltarla, alargo el brazo que tengo libre hasta la mesita de noche y cojo un preservativo del primer cajón. Lo abro con los dientes y lo desenrollo sobre mi polla.
―Abre más las piernas y levanta ese precioso culo respingón ―ordeno.
Ella obedece, y me entierro de golpe, hasta el fondo, haciendo que el impulso la haga avanzar hacia delante. De no ser porque aún le sujeto las manos, seguramente se habría estampado contra el cabecero... y, para qué engañarnos, me habría importado una mierda.
Esto solo es sexo. Casual e impersonal.
Hace mucho tiempo que me juré que no volvería a involucrarme con ninguna mujer. Y, por desgracia, no me van los hombres. Es por ello que suelo acudir al Dragón de vez en cuando, ligar con alguna mujer y volver a casa con ella para follar. ¿Es lo idóneo? Ni de lejos, pero es lo más sencillo.
El bombeo dentro de como quiera que se llame es incesante, brusco, animal.
Mis caderas se mueven por decisión propia, clavándome hasta el fondo en su coño, sintiendo mis bolas chocar contra la parte interna de sus muslos.
No es el puto paraíso... pero tendrá que bastar.
La mujer es más estrecha de lo que esperaba y la fricción en mi polla me está dando una buena dosis de placer inesperado.
Está siendo un polvo de primera, y la verdad es que me siento tentado de repetir alguna que otra vez con ella, siempre que entienda que esto no es más que puro sexo.
―Tae, ¿todavía estás...?
Maldigo a mi primo en todos los idiomas que conozco por entrar en mi habitación como si fuera suya.
Créeme, son muchos.
La mujer debajo de mí grita, pero no le permito moverse ni un centímetro.
―¿Te importa? ―protesto sin dejar de embestirla―. Como ves, estoy algo ocupado.
―No tienes tiempo, tenemos que irnos.
―Joder, hyung ...
―Tae, ahora.
Y ese tono de hwejang muy cabreado me enfría de golpe, y mi polla pierde cualquier rastro de rigidez en menos de un segundo. ¡Joder!
―Lo siento, monada, pero tendremos que dejarlo para otro día ―digo, saliendo de ella―. Vístete y deja tu número de teléfono apuntado en la libreta que hay en la entrada. Te llamaré un día de estos.
Salgo de la cama sin mirarla, sin comprobar si está o no enfadada, y entro en el cuarto de baño.
Me doy una ducha bastante corta, pero cuando salgo la mujer ya se ha marchado.
Me pongo un pantalón de deporte ―sí, sin ropa interior, me gusta que mis bolas vayan a su aire― y me encuentro con mi primo en el salón. Ya me ha servido un café bien helado.
―¿Ha apuntado su teléfono? ―pregunto.
―Ha salido de aquí como alma que lleva el diablo. A medio vestir.
―Cojonudo. Era un polvo de los buenos y lo he perdido por tu culpa. Más te vale compensarme.
―Tenemos trabajo. Tómate eso y vístete. ―Mira su reloj―. Tienes diez minutos.
Le miro con una ceja arqueada y dejo el café sobre la mesa de cristal. En diez minutos no podría saborearlo como se merece. Mi cafetera italiana hace el mejor café del estado, os lo aseguro, y sería un sacrilegio bebérselo de un trago.
Ocho minutos más tarde, salgo de mi habitación vestido de manera impecable.
Hasta me ha dado tiempo de elegir uno de mis Rolex y unos gemelos.
Me sorprende ver que es mi hyung quien conduce.
Normalmente es Daniel quien le lleva a todas partes, pero al parecer hoy está muy ocupado.
Detiene el coche delante del Museo Metropolitano de Arte, así que lo que tenemos entre manos no tiene nada que ver con la Kangpae.
El guardia de seguridad nos deja pasar con un simple “Buenos días, señores Han”.
Solemos trabajar a menudo con el museo, así que somos VIP aquí para entrar y salir a nuestro antojo.
Mi primo se dirige directamente a la sala de restauración.
Nos encontramos en la puerta con Emma Carter, coordinadora de colecciones de pintura europea.
Nos mira con una sonrisa que no puedo evitar devolverle.
Em es una mujer increíble, con una dulzura innata que siempre ha hecho que quiera protegerla... y, además, estudiamos juntos.
―Buenos días, chicos ―nos saluda, abrazándonos―. ¿Cómo va todo en la galería?
―Estamos hasta el cuello de trabajo ―protesto―. ¿De veras no quieres venirte a trabajar para mí?
―Ni hablar, coreano del demonio ―bromea―. Sé lo negrero que puedes llegar a ser.
―¿Ni siquiera si te prometo darte su puesto? ―sugiere Joon Seo señalándome.
―Demasiado trabajo para mí, pero te lo agradezco.
―Tenía que intentarlo...
Em ríe mientras acerca su tarjeta de seguridad al lector de la puerta.
―Todo vuestro. El señor Blake vendrá a veros en media hora, como siempre.
―Gracias, preciosa ―agradece mi primo.
―De gracias nada... me debes una cena.
―Hecho. ¿Martinelli’s?
―Me conoces demasiado bien ―responde ella, guiñándole un ojo.
Entramos en la habitación y la puerta se bloquea.
Mi primo se dirige hacia una mesa en la que hay un cuadro que no reconozco, aunque a primera vista distingo la paleta típica del impresionismo tardío.
La pincelada es breve, casi vibrante, y los colores ―azules profundos, verdes quebrados, rosas difuminados― están apagados por un barniz que ha amarilleado con los años.
El craquelado es fino, estable, nada que indique un daño estructural.
La luz está trabajada a base de capas superpuestas, y aunque el motivo se pierde un poco por la suciedad superficial, sé que debajo hay una armonía clara.
Joon Seo saca su iPad y empieza a dar vueltas alrededor del cuadro, tomando notas y sacando fotos desde todos los ángulos. Le observo sin entender para qué demonios me necesita, porque una tasación ―o lo que sea que tiene que hacer aquí― puede hacerla sin mi ayuda.
―¿En serio me has jodido un polvo de primera para verte tasar un puto cuadro? ―protesto.
Mi primo simplemente sonríe.
―Es un Monet ―explica.
Ahora mi interés se aviva, porque Monet es uno de mis artistas favoritos del impresionismo.
―No reconozco el cuadro ―comento, prestando más atención.
―Porque no es conocido. Se llama Nymphéas au crépuscule . Lo pintó en 1907, cuando su vista empezaba a fallar. Se lo regaló a un amigo cercano, pero el cuadro se perdió durante la Primera Guerra Mundial.
―¿Y cómo ha llegado hasta aquí?
―Un basurero lo encontró en la basura años después y, sin saber lo que era, lo vendió por unos pocos francos a un anticuario que lo guardó en su trastero durante décadas.
El heredero actual lo encontró hace unos meses, cuando fue a Francia para administrar su herencia.
Lo llevó a un experto para tasarlo y, cuando confirmaron la firma, lo cedió al museo para una subasta benéfica.
La mitad de lo recaudado irá a parar a la investigación del ELA.
―Un gesto muy noble.
―Desde luego, sobre todo cuando el cuadro está valorado en sesenta millones de dólares.
La conversación queda interrumpida por el doctor Michael Blake, el conservador jefe del museo. Tras los saludos de rigor, nos acompaña hasta su despacho para los detalles técnicos.
―¿Ha podido hacer una estimación, señor Han? ―pregunta.
―Desde luego.
Nos sentamos frente a su escritorio y nos sirve una taza humeante de café. Gracias a dios, porque no soy persona sin un puto café en el cuerpo a primera hora de la mañana.
―El barniz está completamente oxidado ―aclara mi primo―. Eso explica la pérdida de luminosidad y el tono amarillento general. La capa pictórica, sin embargo, está estable. El craquelado es fino, superficial, sin riesgo de desprendimiento.
Blake asiente, cruzando una pierna sobre la otra.
―¿Daños estructurales?
―Ninguno visible. El lienzo no presenta deformaciones y el bastidor parece original, aunque necesitará una revisión. La suciedad superficial es abundante, pero no problemática. La limpieza será lenta, eso sí. Habrá que hacer pruebas de solubilidad para determinar el disolvente adecuado.
―¿Tiempo?
―Entre cuatro y doce semanas, dependiendo de lo que encontremos al retirar la primera capa de barniz.
―La subasta será dentro de cuatro meses, así que tenemos tiempo de sobra. ¿Y el coste?
―Entre treinta y setenta mil dólares. La horquilla es amplia porque no sabremos el grado de oxidación real hasta que empecemos a trabajar. Pero la estructura está sana, así que no espero sorpresas graves.
Blake suelta un suspiro breve, satisfecho.
―Perfecto. Prepararé la documentación para el traslado.
―¿Cuándo tendremos el cuadro para empezar el trabajo?
―Mañana a primera hora de la mañana.
―Estupendo ―dice Joon Seo, levantándose―. Le llamaré en cuanto tenga más datos.
Salimos del museo acompañados del profesor Blake. Cuando nos subimos al coche, Joon Seo deja escapar el aire... y dibuja una enorme sonrisa en los labios.
―¿Te ha gustado el cuadro y vas a pujar por él? ―pregunto.
―Mejor aún... vamos a intercambiarlo.
Joder... ahora todo encaja.
Sí que era un trabajo de la Kangpae, después de todo.
―Te escucho.
―Mi padre me ha llamado. A las cuatro de la mañana, pero ese no es el caso. El dueño de Hanbyte Technologies se ha enterado de la subasta y quiere el cuadro. Ha ofrecido cien millones de dólares.
―Joder.
―Nosotros nos quedaríamos con setenta millones. Nuestros hombres estarán muy contentos con su porcentaje.
―No me jodas... yo también. ¿Y cómo lo haremos?
―Aún necesito algunos datos antes de tener el plan perfectamente organizado. Te lo contaré en cuanto lo tenga.
―¿Peligro?
―Si todo va como espero, no demasiado. Si va mal... perderemos a Woo Sung.
Woo Sung es uno de nuestros ilban ―soldado raso― especializado en falsificación.
El cabrón tiene manos de ángel, es capaz de falsificar cualquier puto cuadro que le pongamos por delante, y sería una verdadera lástima tener que prescindir de él.
Pero eso sería en el peor de los casos...
y nosotros jamás dejamos que nuestros trabajos lleguen a ese punto.
Me despido de Joon en la puerta de la galería. Él tiene que entrar en la organización por la entrada secreta para poder aparcar el coche. Na Ri me comentó anoche, durante la cena, que ya había encontrado a una ayudante para trabajar en el museo, así que me acerco a su oficina para recibirla.
Todo a mi alrededor se detiene cuando la nueva empleada se da la vuelta y me mira con esos ojos que conozco tan jodidamente bien.
Sloan Calloway.
La mujer que me rompió el corazón... y se llevó gran parte de mi cordura con ella.