Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 4.  Tae Min
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4.  Tae Min

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E l coche se detiene delante del Desert Rose , el prostíbulo de lujo que tiene Rashid Al-Hadi en Nueva York. En cuanto Sky detiene el motor, me acerco a su asiento en modo intimidante.

―Te lo advierto, no vayas a hacer de las tuyas.

― Daejang , seré una mujer ejemplar... si ellos se comportan.

―Piensa en los seis millones de dólares antes de actuar, ¿quieres? Joon se cabreará muchísimo si jodemos esta venta.

―Entendido.

La veo salir del coche enfundada en cuero negro, moviendo las caderas como toda una femme fatale , y sonrío. Si el director de Catwoman la hubiera visto en este momento, Halle Berry habría perdido el puto papel.

Me abre la puerta y la precedo hasta el antro.

El guardia de seguridad hace el intento de negarle la entrada, pero una sola mirada de ceja arqueada de mi tailandesa favorita es más que suficiente para que se abstenga.

El interior del prostíbulo es un oasis de lujo decadente.

Las luces cálidas envuelven el salón principal en un resplandor sensual que suaviza los contornos y oculta las sombras.

El aire huele a incienso suave mezclado con perfume caro que se queda pegado a la piel.

La música es baja, una mezcla de jazz moderno con ritmos orientales que acompasa el movimiento de las prostitutas, todas vestidas con seda, oro y telas que parecen flotar cuando caminan.

La barra, larga y de mármol oscuro, brilla con una iluminación tenue desde abajo.

Los camareros visten de negro impecable y se mueven con una precisión silenciosa que delata entrenamiento y discreción.

Los sofás de terciopelo, las cortinas pesadas y las alfombras gruesas amortiguan cada paso, creando la sensación de que el lugar está aislado del mundo exterior.

Al fondo, casi escondida entre dos columnas doradas, está la escalera que sube al despacho del jeque.

Es estrecha, iluminada solo por una línea de luces tenues que marcan el borde de cada escalón.

No es que ya haya estado aquí antes. He estudiado el prostíbulo de arriba abajo antes de aceptar reunirme aquí: la distribución del salón, las rutas de escape, los puntos ciegos, los guardias visibles y los que no lo están.

Porque si algo he aprendido a través de los años es que la persona más inocente puede ser la más letal.

Sky se sienta en la barra, a un par de taburetes de mí, observándolo todo como buena asesina a sueldo que es.

Yo me pido una copa y aparento estar absorto en ella, aunque en realidad no me pierdo un solo movimiento dentro del club.

Y ahí está. Una despampanante morena con rasgos árabes sale de una puerta lateral, habla con uno de los guardias y se acerca a mí moviendo las caderas.

Lleva un top de pedrería fina que brilla bajo las luces del salón, y la falda semitransparente deja ver el tanga de seda que lleva debajo.

Está descalza, y el tintineo de las cadenas que lleva en el tobillo y la cintura, cargadas de monedas, chirría en mi oído.

―Buenas noches ―saluda al llegar a mí.

―Buenas noches.

―¿Puedo acompañarte un momento?

Le hago un gesto con mi copa y ella le hace una señal al camarero para que le sirva la copa más cara del local.

Sonrío. Si su jefe supiera que no la pienso pagar...

Pasa el dedo de manicura francesa por el borde del cristal un par de veces, observando mi reacción.

Simplemente la observo, y parece ver en mi mirada algo que la lleva a creer que estoy interesado.

Cariño... estás muy buena, pero no estoy aquí por ti.

―El jefe tardará en llegar. ―Pasea sus dedos sobre mi camisa, y casi sonrío ante el bufido de Sky―. Puedo hacer tu espera mucho más amena.

―¿En serio? ―ronroneo― ¿Qué tienes pensado?

―Puedo mostrarte los bailes de mi país natal... ―Acerca su boca a un suspiro de la mía― O algo mucho más placentero.

Sonrío mirando su boca. Una boca bastante apetecible, debo reconocerlo, y en otras circunstancias me habría lanzado sin dudar. Pero no esta noche.

―Dile a tu jefe que se deje de jueguecitos y venga a verme de una puta vez, odio perder el tiempo ―ordeno, apartándome.

La mujer se incorpora, molesta tal vez porque no ha conseguido llamar mi atención, y se aleja de nuevo hacia la puerta negra lateral, por la que entra dando un portazo.

―Pobre... has roto su tierno corazón... ―se burla Sky.

―Cállate ―rio―. Casi me haces reírme en su cara, idiota.

―Deberías haberlo hecho. Tal vez no habríamos perdido tanto tiempo.

―Rashid cree que puede quedarse con el anillo por la cara si me proporciona un buen “entretenimiento” ―explico―. Está claro que no me conoce bien después de tanto tiempo.

Escucho pasos bajando las escaleras que dan a su despacho y me incorporo, dándome la vuelta.

Rashid lleva un traje blanco que casi duele a la vista bajo las luces del prostíbulo.

Sus dedos, muñecas y cuello están adornados con demasiado oro para mi gusto ―hasta creo que debe dolerle la muñeca por el enorme reloj que lleva puesto―.

Me mira con una sonrisa y abre los brazos cuando llega a mí para abrazarme, pero le corto extendiendo la mano entre los dos. Nada de abrazos, que no eres amigo mío.

―Buenas noches, señor Han. ¿Está divirtiéndose? ―pregunta, aceptándola de mala gana.

―No he venido a divertirme, Al-Hadi, sino a hablar de negocios.

―Bien... directo al grano, por lo que veo. Debo decir que su primo es mucho más simpático.

―Y por eso él es el líder y yo su mano derecha. ¿Podemos centrarnos en lo que nos ha traído hasta aquí?

Asiente y me precede hacia las escaleras, vigiladas por dos gigantes vestidos de negro. Sé que Sky está a dos pasos de mí, no tengo que girarme para comprobarlo. Subo los dos primeros escalones cuando escucho un bufido de mi chica que no me gusta nada. Bien, allá vamos...

―Yo voy con él ―le insiste a uno de los vigilantes.

El tío comete el error garrafal de negarse. Me pellizco el puente de la nariz porque sé que va a haber problemas en 3... 2... 1...

El tipo cae al suelo con un golpe sordo cuando Sky pellizca su carótida. Cojonudo. Lo primero que digo...

―¡Joder! ―se escucha antes de que al menos doce tipos saquen sus armas.

―Sky... ―advierto.

―Vamos... solo está echando una siesta ―responde mirándose las uñas―. Si hubiera querido matarle ahora mismo no estaríamos hablando... porque todos estarían muertos.

―¡Sky!

Ella le hace una señal al otro vigilante para que compruebe el pulso del que ha noqueado.

Al comprobar que está vivo, mira a Rashid y asiente, y este ordena que todo el mundo baje las armas.

Gracias a Dios, no tenía ganas de pelear esta noche.

Seguimos subiendo la escalera y la escucho relatar, pero sonrío sin darle importancia.

―Vaya panda de aburridos...

―Te he dicho que te comportes.

― Kâ, huâ-nâa .

En cuanto estamos en el despacho, saco del bolsillo interno de mi americana el pequeño estuche de joyería que siempre llevo conmigo en estos casos.

Dentro llevo la joya en cuestión, una lupa de joyero y un líquido para comprobar la autenticidad, por si el comprador quiere hacer sus propias comprobaciones.

Pero Rashid no se fía demasiado, así que saca el estuche y examina los diamantes del anillo uno por uno con su propia lupa.

Casi me hace reír cuando lo pasa por su vaso de cristal, pero mantengo el tipo sin inmutarme.

Cuando al fin determina que son auténticos, hace una señal a uno de sus hombres, que pone sobre la mesa un maletín plateado.

Ahora soy yo el de las comprobaciones. Sky abre el maletín por mí y, sin apartar la mirada de Rashid, meto la mano para tomar un fajo de billetes del centro.

Lo paso entre mis dedos, lo doblo ligeramente y lo acerco a la luz.

Es auténtico. Asiento y lo devuelvo dentro del maletín, cerrándolo con suavidad.

―Es un placer hacer negocios con usted ―digo levantándome―. Y ahora, si nos disculpa...

―No tan deprisa, hombre... Ahora que los negocios están terminados, es hora de divertirse un poco.

―Lo lamento, pero mi madre me está esperando para cenar. Ya sabe cómo son las madres coreanas, no puede uno llegar ni cinco minutos tarde. Buenas noches.

Dicho esto, me dirijo hacia la puerta, pero una sensación de peligro me eriza la nuca. Este hijo de puta no va a dejarme ir con el dinero, lo intuyo. Solo espero poder llegar a la parte de abajo antes de que haga algún movimiento.

No tengo tanta suerte, lo intentan en las escaleras.

El primer hombre aparece desde el rellano inferior, bloqueando el paso. Otro baja desde arriba, cerrándonos la salida. Sky se adelanta medio paso, pero levanto la mano para detenerla.

El de arriba se lanza primero. Es grande, rápido para su tamaño.

Me aparto lo justo para que su brazo pase rozándome y el maletín recibe el impacto que iba dirigido a mis costillas.

El golpe resuena en el metal, pero no pierdo el equilibrio.

Él sí. Tropieza un escalón y Sky se mueve.

No veo exactamente qué hace, solo escucho el sonido de huesos rompiéndose, y el tipo cae inerte escaleras abajo.

Uno menos.

El segundo sube de dos en dos, con la intención clara de arrollarme.

Me pego a la pared, desviando su trayectoria con el hombro y el maletín.

Sky lo intercepta antes de que pueda girarse.

Saca la daga que siempre lleva en la cintura y la clava en su carótida, salpicándolo todo de sangre... incluido mi traje a medida.

Joder, era nuevo.

Salto sobre su cuerpo sangrante y llego a la planta baja, pero los hombres de Rashid parecen putas cucarachas.

No hay tiempo para respirar. Dos de ellos intentan cerrarnos el paso.

Uno lleva una barra metálica. El otro, solo las manos, pero parecen suficientes.

Sky no se inmuta. El de la barra levanta el brazo y ella ya está saltando sobre mis hombros y atrapando su cuello con los muslos, haciéndole caer al suelo.

Le dispara al otro con su semiautomática mientras ahoga al de la barra.

Veo cómo se pone morado, cómo la vida escapa de sus ojos por la falta de aire.

Está muerto en menos de un minuto.

Seguimos avanzando. El camino hacia la salida está lleno de hombres con sus armas en la mano.

Mierda, esto se empieza a poner feo. Saco mi arma para defendernos, pero Sky se mueve como si hubiera nacido para esto, rápida, precisa, silenciosa, dejando un camino de sangre, vísceras y cadáveres a su paso.

Joder, es increíblemente buena en su trabajo.

Uno intenta agarrarme por detrás. Lo siento antes de verlo. Me giro con el maletín por delante y su mano choca contra el metal. Retrocede, sorprendido, dándome tiempo a levantar el arma y disparar.

Yo llevo uno.

Sky, más de una docena.

Ya veo la puerta. Falta poco.

El último hombre es el más grande de todos. Ocupa casi todo el marco. Sky se adelanta, pero él la aparta de un manotazo que la estampa contra la pared. Descargo el cargador en su puta cabeza, y el tío cae al suelo como un peso muerto.

―¿Estás bien?

Sky me mira, asiente una vez.

Empujo la puerta con el hombro, salimos al exterior y el aire frío de la noche me golpea la cara. Entramos a toda prisa al coche y huimos como alma que lleva el diablo. Miro el reloj, son las ocho y media.

―¡Vamos tarde, joder! ―protesto― Le dije que teníamos prisa.

Sky deja escapar una carcajada.

―Min Seo va a tirarte de las orejas.

―No me lo recuerdes.

Sí, lo que le he dicho a Rashid no es más que la pura verdad: está prohibido llegar tarde a cenar. Me espera una buena reprimenda...

Voy a tener que cobrármela.