Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 3.  Sloan
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3.  Sloan

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M e despierta el sonido incesante del teléfono. Miro el reloj de la mesita de noche y compruebo que son más de las tres de la madrugada. Descuelgo aunque no conozco el número, y mi mayor miedo se hace realidad al escuchar la voz de Jenna, la mejor amiga de mi abuela.

―¿Sloan? ―pregunta―. Sloan, ¿estás ahí?

―¿Qué pasa, Jen? ¿Le ha pasado algo a mi abuela?

―Cariño, deberías pedir permiso en ese trabajo tuyo y venir inmediatamente a casa. Heather ha tenido un accidente y está en el hospital.

Me incorporo de golpe ante sus palabras, y un sudor frío me perla la frente.

―¿Qué le ha pasado? ¿Cómo está?

―Ha tenido una caída muy fea y la han ingresado. Ella no quería que te dijera nada, pero ya lleva tres días en el hospital y me preocupa que esté sola. A mí no me deja quedarme y, como no soy familia, los médicos se atienen a sus deseos. Por favor, hija... ven lo antes posible.

Miro a mi alrededor. A mi habitación pequeña y vacía, a las pocas pertenencias que tengo. Pienso en mi estancia en Cleveland, en lo solitaria que ha sido, y tomo una decisión: voy a regresar a casa.

―Dentro de dos días estaré allí ―respondo―. ¿Crees que podrás lidiar con ella hasta entonces?

―Lo intentaré, aunque ya sabes lo cabezota que puede llegar a ser a veces. Siento mucho tener que pedirte esto, pero tu abuela te necesita.

―Has hecho bien en llamarme, Jen. Créeme, me habría enfadado muchísimo si no llegas a hacerlo y me entero mucho después. Nos vemos pasado mañana.

―Te iré a recoger al aeropuerto, así que envíame un mensaje con la hora de llegada.

―No es necesario, de verdad. Tomaré un taxi hasta casa, me daré una ducha e iré directamente al hospital.

Termino la llamada y me levanto de la cama.

Ahora la preocupación no me va a permitir pegar ojo y tengo mucho que hacer.

No voy a llevarme los muebles, pero llamaré a mi casero a primera hora de la mañana para explicarle lo ocurrido e intentar que él me los compre, puesto que no sé cuánto tiempo va a estar la abuela en el hospital ni cuánto tardaré yo en encontrar trabajo, así que necesito ahorrar todo el dinero posible.

Menos mal que la indemnización de mi despido ha sido generosa. De lo contrario, no sé qué haríamos sin trabajo y sin forma de seguir adelante.

A las diez de la mañana ya tengo separadas las cosas que me voy a llevar de las que no, he arreglado la cita con el casero y he buscado un transportista que me lleve las cajas a Nueva York sin cobrarme un riñón.

Solo tengo que ir al bazar a comprar algunas cajas grandes para meter mis cosas.

Me pongo ropa de deporte, tomo mi móvil y mis llaves y salgo de casa, topándome con Megan, mi vecina de enfrente.

No es que seamos amigas íntimas, pero sí quedamos de vez en cuando para tomar café ―en su casa o en la mía― y contarnos la vida.

―¿Qué haces aquí a estas horas? ―pregunta―. ¿No deberías estar trabajando?

―Debería... pero me han despedido.

Se queda mirándome con sorpresa, cierra la puerta de casa y me toma del brazo para caminar hacia el ascensor.

―Cuéntamelo todo.

Mientras nos tomamos un café en la pastelería de la esquina, le cuento todo lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas ―de locura, debo añadir― y también la decisión que he tomado. Al principio no dice nada, pero al final asiente con una sonrisa.

―Creo que es la mejor decisión que podrías haber tomado ―dice―. Pero si me aceptas un consejo, cuando busques trabajo en Nueva York hazlo de lo que te gusta. No vuelvas a trabajar en una aseguradora solo porque tienes experiencia y es lo más cómodo, Sloan. O seguirás siendo una muerta en vida.

Sonrío. Ella no sabe que lo que me tiene muerta en vida es el hombre al que me vi obligada a dejar escapar, pero no tenemos tanta confianza como para contarle esa parte tan íntima de mí misma.

―Ahora mismo cualquier trabajo me vendrá bien. No sé cuánto tiempo va a estar mi abuela ingresada, y las facturas médicas se estarán acumulando. Su pensión ya le iba justa para vivir sola... imagínate conmigo. Siempre ha cuidado de mí, Meg. Creo que ya toca que sea yo quien cuide de ella.

―Puedes aceptar cualquier otro trabajo sin dejar de buscar el que amas, Sloan.

―Ya no creo amarlo tanto ―susurro.

―Sé que tienes una historia que no me cuentas y que está relacionada con ello, pero ha pasado demasiado tiempo como para que lo que fuera que te ocurrió continúe condicionando tu vida.

―Supongo que tienes razón.

―Desde luego que la tengo. Soy madre, ¿recuerdas? Las madres siempre tenemos razón.

Sonrío sin poder evitarlo y doy un trago a mi americano helado. Acabo de recordar que empecé a tomar el café así por Tae, e inconscientemente aprieto con más fuerza el vaso entre los dedos. Megan pone su mano sobre las mías, mirándome con algo parecido a la comprensión.

―Tu abuela estará bien, ya lo verás ―intenta animarme.

Y yo me siento la peor persona del mundo porque, por un instante, me he olvidado de que mi abuela está en el hospital y que necesita mis cuidados.

Meg insiste en que me quede a comer en su casa, con ella y su marido, Mathew, porque en el fondo me conoce lo suficiente para saber que, en vez de prepararme algo, terminaré pidiendo comida para llevar.

Después del almuerzo me centro en empaquetar mis cosas y en poner a la venta los muebles que el casero no se quiere quedar en Marketplace ―los dejaré en el trastero de Megan y ella se encargará de entregarlos cuando se vendan.

Apenas puedo pegar ojo esta noche tampoco.

He llamado a Jenna esta tarde, pero no me ha cogido el teléfono ―no sé si porque estaba con mi abuela o porque algo malo ha pasado―.

Mi abuela, como era de esperarse, tampoco me lo ha cogido, así que ahora mismo estoy con el corazón en un puño esperando lo peor.

El camión de la mudanza llega a las ocho en punto.

Tres hombres se encargan de llevarse las cajas para cargarlas en el vehículo, que vigilaré a través de la aplicación ―porque lo último que me faltaba es que desaparezcan todas mis cosas por el camino―.

Termino de meter en mi maleta de mano la poca ropa que he preparado para poder cambiarme hasta que llegue a la ciudad y me dirijo al aeropuerto.

Odio volar. ¿Os había dicho que odio montarme en un avión?

Lo descubrí aquel maldito seis de marzo hace diez años, y aunque la situación es diferente, sigo sintiendo la misma ansiedad que entonces.

Me tomo una pastilla para poder tranquilizarme y me pongo los auriculares para escuchar lo único que consigue relajarme después de tantos años: la voz de Tae.

Casi sin darme cuenta, termino quedándome dormida... y sueño que al fin nos reencontramos.

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E l anuncio de aterrizaje me despierta con un sobresalto.

Cuatro horas más tarde, me encuentro frente a la puerta de casa.

Mi hogar. El color de la fachada es diferente, las flores del jardín de entrada han desaparecido y hay un scooter de movilidad aparcado como si fuera el coche de la casa.

Me quedo mirándolo, y la culpa me golpea tan fuerte que tengo que sentarme.

La salud de mi abuela se ha deteriorado tanto que ya no es capaz de andar por sí misma, y yo ni siquiera lo sabía.

Diez años de ausencia por culpa de alguien que seguramente lleva años viviendo al otro lado del Pacífico me habían hecho descuidar a la única persona que me queda en el mundo.

Intento dejar de pensar en ello. Aún tengo tiempo de enmendar mi error, de dedicarle el tiempo que no le he dedicado en estos diez años.

Introduzco la llave en la cerradura y el olor floral de la colonia de la abuela me hace sonreír.

Recuerdo que solía impregnar saquitos de flores secas con ella y colgarlos en lugares estratégicos de la casa para que actuaran como ambientador, y en este preciso momento es lo que más necesito.

Subo hasta mi habitación y siento un nudo en la garganta al darme cuenta de que sigue como siempre: mis premios estudiantiles colgados en la pared, algunos peluches y mi caja de maquillaje en la estantería, junto con mis libros de arte, mi joyero sobre el tocador...

Me acerco lentamente y abro la tapa. Ahí está, como si el tiempo no hubiera pasado.

El primer regalo de Tae Min: una pulsera de jade blanco hecha de pequeñas bolitas y una flor de cerezo en el cierre.

La aprieto un momento entre mis dedos, y el tacto frío de las piedras me recuerda que pertenece al pasado.

La dejo de nuevo en el joyero y me limpio las lágrimas con furia. No voy a volver a llorar por algo que ya no tiene solución. Debo centrarme en el presente, así que me doy una ducha rápida, me cambio de ropa y salgo de casa para ir al hospital.

En cuanto llego al mostrador de entrada, pregunto por la abuela. La enfermera me mira con una enorme sonrisa, cosa que me deja un poco más tranquila.

―Debes ser su nieta ―dice―. Llegas justo a tiempo de llevarla a casa.

―¿A casa? No entiendo...

―¿Tu abuela no te contó lo que ocurrió?

―Ni siquiera se ha dignado a cogerme el teléfono ―bufo―. Solo sé que está ingresada por una vecina.

―Tu abuela llegó con una fractura de cúbito y radio con desplazamiento ―explica―, lo que afectó también a tendones y nervios. La operaron de urgencia para ponerle dos placas de titanio y estabilizarle los huesos.

―¿Ella está bien?

―Es una fractura grave y necesitará mucho tiempo de reposo y rehabilitación, pero se repondrá. Ha estado ingresada un día más porque tiene hipertensión y no la tenía diagnosticada.

―Típico de ella ―protesto.

―El doctor ya le ha puesto un tratamiento, no te preocupes. Está en la habitación 3042. El cirujano irá en breve a hablar con ustedes para darle las indicaciones del alta.

―Muchas gracias.

Me apresuro a subir en el ascensor hasta la tercera planta. Cuando llego a la habitación, casi tengo ganas de llorar al ver a la abuela de pie junto a la cama, con un pequeño bolso sobre ella, bromeando con la mujer que ocupa la cama de al lado.

―¡Abuela! ―protesto.

Ella se da la vuelta, mirándome con fastidio.

―Si llego a saber que romperme un brazo era lo que necesitaba para que volvieras a casa, me habría caído mucho antes ―protesta.

La abrazo tan fuerte que se queja, pero no porque le aplaste el brazo, sino porque ella es así de gruñona. No puedo evitar llorar esta vez. La he echado tantísimo de menos... Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto hasta que la he visto delante de mí.

―Lo siento ―me disculpo―. Siento no haber venido a verte.

Ella me palmea la mano con esa mirada tan cálida y amable que siempre me dedica cuando sabe que estoy mal. Lo que me hace llorar más fuerte.

―¿Has venido a verme o a empaparme con tus lágrimas? ―se lamenta― Vamos, deja ya de llorar.

―Debería haber venido más a menudo, debería...

―Deja de decir bobadas, he estado perfectamente sin ti. Tuve un novio, incluso.

―¿Que tuviste qué?

―Un novio, pero se murió hace dos años. El pobre tenía tantas enfermedades que...

―¡Abuela!

―¿Qué? Estoy vieja, no muerta. Ahora he decidido hacer taichí, es mucho menos complicado que aguantar a un hombre.

―¿Taichí? ¿Y puedes decirme cómo haces taichí si necesitas una scooter para moverte?

―¿Acaso ves que necesite ayuda para moverme? ―protesta, dando un par de pasitos rápidos delante de mí, que estoy con la boca abierta.

―Pero en la puerta de casa...

―Ah... Era de John. Me la dejó en herencia. ―Se ríe―. La uso para ir a comprar al supermercado, es mucho más rápido y todo el mundo me deja colarme.

―De verdad, eres de lo que no hay. Yo muerta de preocupación y culpa por ti y tú...

―Le dije a Jenna que no te contara nada ―protesta―. Cuando me eche a la cara a esa vieja alcahueta...

―Jenna estaba preocupada por ti ―la interrumpo―. Y yo también.

―Pues como ves, estoy perfectamente, así que puedes volver a tu casa.

―Acabo de llegar, ¿y ya me estás echando?

―Desde luego que sí, porque sé que vas a ir detrás de mí como si fuera de cristal.

―Pues qué pena, porque no pienso irme a ninguna parte. He venido para quedarme.

Mi abuela me mira fijamente, pero cualquier réplica que tenga que decir muere en sus labios cuando entra el cirujano.

Me quedo helada cuando veo las radiografías del antes y el después del brazo ―este hombre es todo un artista y tendrían que ponerle una estatua por lo bien que trabaja, ya os lo digo―.

Me entrega las recetas... y la factura infernal.

Casi me da un infarto cuando veo la primera página: 25.

500 dólares. Menos mal que la abuela tiene seguro y cubre casi todo, pero aun así le quedan 1.

500 por pagar. Una barbaridad. Y encima aún necesita dos meses de escayola y, como mínimo, seis semanas de rehabilitación.

Va a ser un camino largo a partir de ahora.