Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 2.  Sloan
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2.  Sloan

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D espedida.

Después de diez largos años trabajando para Cuyahoga Assurance Group, una aseguradora mediana en el centro de Cleveland, estoy despedida.

La nueva dirección ha decidido que no tengo los estudios necesarios para continuar en la empresa.

Y es cierto, no los tengo. Pero lo que sí tengo son muchos proyectos exitosos a mis espaldas.

De nada me ha servido ser nombrada empleada del mes más veces que nadie, ni tampoco los contratos millonarios que he gestionado a lo largo del estado.

No... lo único que importa ahora es un maldito papel que diga que tengo la carrera de Administración de Empresas. Y yo estudié Arte.

En serio... mi vida es un maldito desastre. Desde que dejé Nueva York hace diez años, todo ha ido de mal en peor. Y ahora esto. Joder, no puedo más. Y no es que perder un trabajo sea el fin del mundo... es que no he logrado levantar cabeza por más que lo intento.

¿Que por qué trabajo en una aseguradora habiendo estudiado Arte? Para que lo entiendas, debo retroceder en el tiempo hasta mi época en la universidad, cuando mi vida era cada vez más perfecta y todo lo que quería en ese entonces era trabajar en una galería de prestigio.

Conocí a Tae Min una tarde de lluvia. Había ido a la biblioteca a estudiar, pero no me había llevado paraguas.

Estaba de pie en la puerta, esperando a que escampase, cuando un paraguas azul se colocó sobre mí de repente.

Me di la vuelta para darle las gracias al dueño de aquel objeto y me encontré con la mirada más increíble que he visto en mi vida.

Aquellos ojos, de un gris profundo y denso ―como si absorbieran la luz en lugar de reflejarla― me dejaron impactada.

Apenas pude susurrar un agradecimiento, pero él me sonrió y el mundo entero colapsó.

Y pensarás que estas cosas solo pasan en los dramas coreanos, pero fui afortunada.

Desde aquel día empecé a verlo más a menudo, aunque he de reconocer que siempre en la distancia.

Supongo que estaba demasiado ocupada viviendo mi vida de estudiante modelo, rodeada de amigos, como para reparar en el estudiante de intercambio coreano que acababa de llegar a la ciudad.

Y fue entonces cuando me topé con la asignatura que utilizó el destino para que aquellos cruces casuales se convirtieran en algo más: Fundamentos de Teoría del Arte.

La asignatura más odiosa de todas. Debíamos pensar como los antiguos filósofos del arte, y lo mío era comprender el arte desde la emoción, no desde ecuaciones filosóficas imposibles.

Para mantener mi beca debía aprobar todas las asignaturas, y esta se me había atragantado hasta tal punto que el profesor Feldman me aconsejó tomar clases particulares.

No era lo ideal para la economía familiar, pues por aquel entonces solo estábamos mi abuela y yo, y el único dinero que entraba en casa provenía de los arreglos de ropa que ella hacía a los vecinos del barrio: dobladillos, cremalleras rotas, remiendos que salvaban prendas que la gente necesitaba para seguir tirando.

Así que me busqué un trabajo de media jornada para poder colaborar con mis gastos académicos y pagar las clases particulares.

Un restaurante de comida rápida en el que trabajaba de ocho de la tarde hasta el cierre, lo que me dejaba tiempo para estudiar.

Cuando llegué al despacho del profesor Feldman al día siguiente para reunirme con mi profesor, casi se me salió el corazón del pecho al ver que era el chico del paraguas quien se ocuparía de mí a partir de aquel momento.

Al principio reservábamos una sala de estudio cuando terminaban las clases, pero conforme fue pasando el tiempo terminamos por hacerlo en la cafetería del campus o en los jardines si hacía buen tiempo.

Tae siempre fue muy detallista. A veces me traía café, otras veces un pequeño trozo de tarta.

Incluso se grabó durante horas explicando las partes del temario que más se me atascaban y me regaló un pendrive con aquellos audios, que yo escuchaba una y otra vez, pero no para aprender, sino para envolverme en el sonido de su voz.

Porque tiene una voz increíble. Muy varonil, profunda y envolvente.

Y como una tonta, terminé enamorándome de mi profesor.

Ansiaba que llegara el momento de terminar la última clase del día para correr a su encuentro, para perderme en esos ojos tan especiales ―producto de una mutación genética que, en su familia, solo se ha manifestado en los hombres― y en esa sonrisa que lograba acelerar mi corazón.

Hasta que un día, él solito se descubrió.

Ethan Blackwell no solo era el hijo del decano de la universidad: también era mi mejor amigo.

Nos conocimos en mi primer día de universidad y siempre fue muy bueno conmigo.

Me ayudaba siempre que lo necesitaba, y habría sido el profesor perfecto para mí...

si él no sacara peores notas que yo. El caso es que cuando empecé a dar clases con Tae, dejé de pasar tiempo con Ethan.

Y un día me lo reprochó. Se sentía desplazado por el chico de intercambio, así que un viernes atrasé mi clase con Tae para salir con Ethan a dar un paseo en su nuevo coche.

La idea era que diésemos una vuelta por Manhattan y regresáramos a tiempo para mi clase, pero Ethan había planeado por su cuenta una escapada a Rockaway Beach y, por mucho que le pedí que diera la vuelta, no quiso escucharme.

―Solo será un momento ―insistió.

―Tengo clase, te lo dije.

―Venga, Sloan, te va a encantar.

Pero me encantase o no, no tenía manera de volver a la universidad si no era con él, así que cuando llegamos, me alejé un momento para llamar a Tae y explicarle lo ocurrido.

―Lo lamento, pero me ha surgido algo y no podré ir a dar clase ―me disculpé.

―¿Estás bien? ¿Necesitas que vaya a buscarte?

Sonreí como una tonta al ver que se preocupaba por mí, pero no quería hacerle perder el tiempo.

―Todo está bien. Solo es Ethan... ha tenido una rabieta de niño rico consentido y me ha raptado.

―¿Dónde estás?

―En Rockaway Beach. ¿Por qué...

No me dejó terminar. Colgó la llamada sin decir una sola palabra, y me sentí fatal porque creí que aquello significaba que no volvería a darme clase.

Pero lo que jamás podría haber imaginado era verlo llegar en un deportivo negro que hizo que el coche nuevo de Ethan pareciera un juguete a su lado.

Pasó junto a mí sin siquiera mirarme y le estampó un puñetazo en toda la cara que lo hizo caer de culo en la arena.

―¡Tae Min! ―exclamé, metiéndome en medio cuando vi que iba a pegarle de nuevo― ¿Por qué le pegas?

Jamás podré olvidar la mirada fiera que me dedicó justo antes de tomarme por la nuca y pegar su boca a la mía.

Me habían besado muchas veces antes, pero ese beso fue demoledor.

Sentí que me fallaban las rodillas, mi pulso se aceleró hasta que temí sufrir un infarto y una corriente de lava líquida se concentró entre mis piernas.

Dios de mi vida. Ni siquiera sé cómo terminé colgada de él, con mis piernas rodeándole la cintura mientras me llevaba hasta su coche.

Apenas pude apartar la mirada de su rostro en todo el camino de vuelta, y terminamos en su casa...

haciendo el amor. Porque sí, estaba tan loca por él que lo que pasó en aquella habitación solo puede describirse como hacer el amor...

aunque fuera de la manera más loca y salvaje.

Aquel día empezó una relación entre nosotros que duró todo un año: 365 días de pura felicidad.

Tae Min me enseñó que, cuando amas a alguien, esa persona se convierte en tu prioridad.

Que por muy ocupado que estés, siempre tienes cinco minutos para responder un mensaje.

Que los pequeños detalles son los que demuestran que estás enamorado de verdad.

Con él aprendí lo que era sentirme amada.

Lo que era ser la princesa de un cuento de hadas.

Pero como todos los cuentos de hadas... aquel sueño terminó.

Olvidé que Tae Min pertenece a una familia millonaria coreana. Una familia que esperaba que se casara con alguien de su cultura, de su mundo. Su madre había planeado una boda con alguien de su mismo estatus y yo me interpuse en sus planes, así que me eliminó.

Recibí una llamada de Han Min Seo que me citaba en una exclusiva cafetería del Upper East Side al día siguiente.

Pensé que simplemente se había enterado de nuestra relación y que quería conocerme, así que me puse mi mejor vestido, le pedí a una amiga que me maquillara y me peinara para estar perfecta para mi suegra y me presenté allí.

Lo primero que hizo cuando me vio llegar fue mirarme de arriba abajo con indiferencia, y sin decir una sola palabra dejó un sobre bien abultado sobre la mesa.

―¿Qué es esto? ―pregunté.

―Tómalo y desaparece de la vida de mi hijo.

Sentí que había traspasado una pantalla de televisión y había despertado en un drama coreano.

―¿Disculpe?

―Tae Min y tú pertenecéis a mundos diferentes, Sloan. Lo vuestro no tiene futuro. Si eres inteligente, tomarás el dinero que te ofrezco y comenzarás una nueva vida lejos de mi hijo.

Te juro que en aquel momento no sabía si reírme o llorar. Temblaba tanto que tuve miedo de dejar caer todo el dinero por el suelo cuando tomé el sobre para ver cuánto había. Era mucho, muchísimo. Más del que haya podido ver en toda mi vida.

―¿De verdad piensa que mi amor por Tae tiene precio? ―susurré, volviendo a poner el sobre sobre la mesa y deslizándolo hacia ella―. Guarde su asqueroso dinero, no voy a dejarle.

―¿Crees que casándote con él conseguirás tener más que esto? Niña, estás muy equivocada. El dinero de la familia no lo maneja mi hijo, sino su tío. Y te aseguro que mi hermano no estará nada contento de descubrir que su sobrino se ha casado con una americana.

―No necesito su dinero, señora Han. Es más, no necesito nada que venga de ustedes.

Si Tae me quiere, estoy segura de que tampoco lo necesitará.

Y puede que pertenezcamos a mundos muy diferentes, como bien dice, pero si hacemos un pequeño esfuerzo podremos con cualquier cosa que nos depare el destino.

Ella se enderezó, estiró su chaqueta con evidente fastidio y cruzó los brazos, mirándome con una sonrisa que me heló la sangre.

―No quería llegar a esto, pero no me dejas otra opción ―me dijo―. Si no haces lo que te digo, tu abuela pagará las consecuencias. Podría perder su pequeña sastrería de barrio o, lo que es peor, su bonita casa con jardín. ¿Y qué sería de vosotras entonces, dime?

―¡No se atreva a tocar a mi abuela! ―grité, aunque sentí verdadero terror por la amenaza de aquella mujer cruel.

―Sería tu culpa, tesoro. Es muy sencillo. Toma el dinero y márchate, y te doy mi palabra de que tu abuela jamás perderá la vida que tiene ahora. Quédate, y...

No tuve más opción que aceptarlo. No tomé su dinero, desde luego, pero accedí a alejarme de Tae Min. A fin de cuentas, ella tenía razón en una cosa: yo no le merecía. Y por ello lo mejor fue alejarme de él.

Le engañé. Le hice creer que estaba siéndole infiel con Ethan para que rompiera conmigo, porque sabía que aquella era la única manera de que aceptara terminar nuestra relación. Le rompí el corazón y a su vez destrocé el mío, porque no he sido capaz de amar a ningún hombre desde entonces.

Después de ello, tomé mis ahorros y una maleta y me mudé a Cleveland.

Trabajé en cualquier cosa que me saliera mientras por las noches intentaba terminar mis estudios, hasta que conseguí mi puesto en la aseguradora.

Cuando terminé la carrera, con tres años de retraso, mi trabajo era tan estable que me negué a dejarlo para buscar suerte como curadora.

A fin de cuentas, el arte me recordaba a Tae.

Prefería mantenerme alejada de aquello que me desgarraba por dentro cada noche, en la soledad de mi apartamento.

Todavía hoy, diez años después, me sigue doliendo su recuerdo.

Seguramente él ya me ha olvidado, ha regresado a Busan y tiene una vida perfecta con su perfecta esposa y sus perfectos hijos.

Créeme, es mejor así. Si lo nuestro hubiera seguido adelante, nos habríamos culpado durante el resto de nuestra vida.

Él, por alejarlo de su familia. Yo, por destrozar a la mía.

Pero, a pesar de todo, sé que si hoy llamara a mi puerta, si me pidiera otra oportunidad, no sería capaz de negársela. Incluso si hacerlo significara perderlo todo.