Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 1.  Tae Min
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1.  Tae Min

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N ueva York. La ciudad de las oportunidades, el escaparate del mundo... y también su mayor alcantarilla. El lugar donde se concentra la mayor red de corrupción del mundo... y yo formo parte de ella.

Todo el mundo ha oído hablar de la Bratva, la Cosa Nostra, la ’Ndrangheta o la Yakuza. Nombres grandes, ruidosos, perfectos para documentales de Netflix.

Pero la mafia más peligrosa de todas no aparece en ninguna lista. Permanece en la sombra.

Y ahí debe seguir.

La Kangpae. La organización criminal surcoreana más peligrosa escondida tras la fachada impecable de una familia chaebol con dinero, influencia y una reputación intachable.

Bajo esa superficie brillante se esconde una red de corrupción tan compleja que el mismísimo presidente de los Estados Unidos temblaría si supiera lo que ocurre en su preciosa ciudad.

No nos dedicamos al narcotráfico... eso se lo dejamos a los rusos. Los diamantes son de los italianos, pero el arte... el arte nos pertenece.

El arte y toda la ciudad, aunque la gente piense que los reyes son los de la ‘Ndrangheta.

Y estamos bien con eso, desde luego. Cuanto menos gente sepa de nuestras actividades en la sombra, mucho mejor.

Para el resto del mundo solo somos una familia excéntrica podrida de dinero que dedica su tiempo libre a crear joyas o vender arte...

Lo cual, también es verdad. Mi primo, el hwejang, nuestro líder, se encargó de proporcionarle a la familia una tapadera sólida cuando decidió trasladar el negocio al país de las oportunidades.

¿Por qué lo hizo? Por desavenencias con su padre, el hwejang de la facción más poderosa de Busan. Y cualquiera pensaría que lo más lógico habría sido que se mataran entre ellos y que el vencedor se erigiera nuevo hwejang de la organización... pero no es así como se hacen las cosas en nuestro país.

Para los surcoreanos, nuestros mayores son sagrados: ya sea que te traicionen o apuñalen por la espalda, jamás nos pondremos en su contra.

Así que Joon Seo decidió poner un océano de por medio y hacer las cosas a su manera.

Le seguí porque somos como hermanos, pero sobre todo porque comparto totalmente su visión.

También le siguieron sus hermanas, Mi Ra y Na Ri, y por supuesto, mi madre me siguió a mí.

Todas ellas componen el gawun, el consejo familiar de la organización.

Para que me entiendas: son nuestro grano en el culo.

Tienen influencia en las decisiones que toma el hwejang, aunque sea él quien tiene la última palabra.

Y en nuestro caso, al ser tres mujeres, creedme cuando os digo que sus opiniones tienen mucho peso...

tal vez de más a veces. Pero no puedo negar que las adoro...

a las tres. Mi padre murió siendo yo niño, y fue mi tío quien suplió ese vacío.

Es por eso que mis primos y yo somos como hermanos, daría mi vida por ellos sin pensarlo ni un segundo.

Y tendría que hacerlo, dado el caso, porque yo soy el bujan, el segundo al mando de toda esta mierda.

Lo que nos lleva a mi situación actual.

Estoy frente a la puerta de la mansión Ferretti, el cuartel del don de la ’Ndrangheta. Necesitamos una partida de diamantes para un pedido importante, y ellos son los únicos que pueden conseguirlos.

Cualquiera pensaría que debería estar nervioso por pisar territorio enemigo, pero ese no es el caso. Hace años que la Kangpae, la ’Ndrangheta y la Bratva conviven en una paz incómoda en el estado de Nueva York.

Durante la pandemia estuvimos a un paso de matarnos entre todos.

El contrabando era un caos, cada familia hacía lo que quería y la policía nos tuvo prácticamente acorralados.

En ese punto, los tres líderes ―Vitto Ferretti, Iván Vázarov y Han Joon Seo, mi primo― se reunieron para firmar un tratado de paz.

Básicamente, cada uno controla su parte del pastel, nadie invade el territorio del otro y todos seguimos respirando.

Ese tratado es el que me salva el culo hoy.

Mis hombres entregan las armas en el control de entrada como gesto de buena fe y levanto los brazos para permitir que Alessio, uno de los hombres de los Ferretti, me cachee. Levanta una ceja al notar algo duro bajo mi camisa, pero me encojo de hombros.

―Es músculo ―aclaro―. No necesito chaleco.

El italiano deja entrever un amago de sonrisa, pero termina el cacheo y se aparta, dejándome pasar al recibidor. Allí me da la bienvenida Serena Ferretti, la sobrina del don y anfitriona de su hogar.

―Bienvenido, señor Han. ―Me estrecha la mano con suavidad―. Vitto le está esperando en la sala de juntas. Sígame, por favor.

Es guapa, pero no es para nada mi tipo. Belleza italiana explosiva...

y a mí me van más las americanas. La sigo por los pasillos de la mansión hasta unas puertas dobles de color blanco, muy en sintonía con el resto de la villa.

Fabricio De Luca, la sombra del italiano, abre la puerta y me hace pasar al interior, donde ya me esperan Vitto y su nieto, Dante Ferretti, que ocupará en el futuro el puesto de su abuelo.

―Buenos días ―saluda el don, estrechando mi mano―. Siéntese, por favor. ¿Whisky?

―Demasiado temprano para mí. Un americano helado estará bien por ahora.

Dante no me quita ojo de encima. Lo entiendo, nunca nos hemos llevado demasiado bien. Todo empezó el día que una chica me prefirió en un pub cuando íbamos a la universidad... pero esa es otra historia.

Una chica del servicio me trae mi bebida y la deja con cuidado sobre la mesa, marchándose inmediatamente.

―¿Y bien? ―pregunta Vitto― ¿Qué puedo hacer por usted?

―Necesitamos una partida de diamantes. Uno rosa, talla cojín, de 1,5 quilates, y 24 convencionales de talla redonda de 1,5 milímetros de diámetro.

―Una pieza verdaderamente singular. El rosa, por supuesto. ¿Puedo preguntar para quién es el encargo?

¿De veras cree que le voy a decir quién es nuestro cliente para que pueda robárnoslo? Sonrío dando un sorbo a mi café.

―Creo que en el acuerdo de paz entre nuestras organizaciones no figura en ningún sitio que tenga que darte detalles de mi comprador, ¿o me equivoco?

Vitto se echa hacia atrás en su asiento, visiblemente molesto, pero me hace un gesto para que continúe.

―Los necesito en menos de una semana ―advierto―. ¿Es posible?

―Difícil... pero no imposible. Aunque me temo que va a salir caro.

―¿Cuánto?

―Dos millones.

Me atraganto con el café y casi lo expulso por la nariz, pero logro limpiarme a tiempo con un pañuelo de lino. ¿Este tío está loco de atar o qué? En el mercado legal me costarían la mitad. Le miro con una ceja arqueada, pero él solo se encoge de hombros.

―Al precio de los diamantes debemos sumarle la prisa, el riesgo y... la prima Ferretti ―explica―. Y no vas a conseguirlos en una semana a no ser que sea a través de mí. ¿Lo tomas o lo dejas?

―Lo tomo, maldita sea.

―Bien. En ese caso, nos veremos el viernes para el intercambio. Esta vez, como cortesía, seré yo quien os visite.

―No te molestes... Prefiero venir y que me dé el aire. Estaré aquí a las diez.

Cortesía mis cojones, lo que quiere es saber la ubicación exacta de la guarida de la Kangpae para intentar recuperar su posición como líder de la ciudad, así que puede seguir soñando.

Me pongo de pie, me abrocho el botón de la americana y me dirijo hacia la salida seguido de mis hombres ―y mis mujeres, porque la Kangpae es una organización mixta―.

En cuanto entramos en el coche, Ji Hoon, mi experto en joyas, empieza a despotricar.

―Ese hijo de puta malnacido está intentando estafarnos ―protesta.

―Tenía todas las de ganar, era obvio que iba a inflar el precio ―responde Sky, la gajang, o comandante, de nuestros hombres encargados de los asesinatos a sueldo, la protección y la intimidación. La mejor asesina del mundo, debo decir.

―Joon Seo contaba con ello ―respondo―. Nadie en nuestra organización conoce a Vitto Ferretti mejor que él.

―Pero las ganancias...

―El precio para el comprador es de cuatro millones de dólares, seguimos sacando un buen pellizco.

Ji Hoon silba ante la cantidad, y no es para menos. Rashid Al-Hadi es un magnate del petróleo que ya no sabe en qué gastarse su dinero. Y Joon Seo se encarga de que ese dinero se gaste en nuestra organización.

Veinte minutos más tarde, entro en la White Lotus Gallery, la galería de arte que mi familia posee en Tribeca.

Es una de nuestras tapaderas para blanquear el dinero negro, la otra es una joyería de lujo dirigida por mi madre y mi prima Mi Ra en el Diamond District, la White Jade Atelier.

Saludo a nuestros empleados discretamente con una inclinación de cabeza y me dirijo hacia Na Ri, que está al fondo de la galería con una carpeta en la mano, revisando los materiales que parecen haber llegado esta mañana.

―¿Cómo va el montaje? ―pregunto, observando el nombre del remitente de las cajas― He visto que han llegado las piezas de Seong Jin.

Seong Jin es un fotógrafo surcoreano cuyas piezas en blanco y negro exploran el contraste entre tradición y modernidad.

―Ha llegado esta mañana, pero me temo que el transportista vuelve a ser el de siempre ―protesta suspirando.

―Dime que al menos esta vez no han golpeado ninguna caja en el transporte...

Na Ri se cruza de brazos mientras observa a dos asistentes intentando mover una escultura sin romperla.

―Una esquina del embalaje venía hundida ―admite―, pero por suerte la obra está intacta. Ya he pedido que cambien de empresa de transporte. No pienso arriesgarme con las piezas principales de la exposición.

Se inclina para revisar una etiqueta, con ese gesto suyo tan meticuloso que mezcla perfeccionismo y elegancia.

―Además ―continúa―, la prensa está muy encima de esta inauguración. El boom coreano nos ha venido de maravilla, pero también nos obliga a que todo esté impecable. Si Netflix sigue estrenando dramas, tendremos que ampliar la galería.

Levanta la vista hacia mí, con una media sonrisa.

―Y tú sabes mejor que nadie que a Joon le encanta presumir de que somos “la galería coreana de referencia en Manhattan”. Así que, por favor, intenta que hoy no haya incendios. Ni metafóricos ni reales.

―Todo está en orden, tranquila. ¿Algo más?

―El envío de cerámicas de Jeju venía incompleto, pero la empresa me ha asegurado que lo que falta estará aquí por la mañana.

―Esperemos que cumplan su palabra.

Un parpadeo tenue en la sala de audiovisuales me hace fruncir el ceño.

―La iluminación no debería fluctuar así ―protesto.

Na Ri deja escapar un suspiro de cansancio.

―El regulador de las luces ha dejado de funcionar. Necesito a alguien que lo arregle cuanto antes. ¿Puedes encargarte por mí?

―Te enviaré a Lee, tiene buenas manos con la electrónica.

―Te lo agradezco. El trabajo se me acumula y...

―¿Necesitas que me quede y te eche una mano?

―No... tú ya tienes bastante con lo que lidiar. Por cierto, ¿cómo ha ido?

―Todo lo bien que cabía esperar. Voy a ver a Joon, me estará esperando.

―¿Me necesitáis?

―No... Todo está controlado.

Na Ri asiente y se acerca a una de las empleadas para seguir dando órdenes. Me dirijo hacia mi despacho con la seria intención de decirle a mi primo que tiene que contratar más personal, la galería ha crecido mucho en los últimos meses y el trabajo es demasiado para su hermana.

Cierro la puerta de mi despacho con cerrojo, como siempre, y me dirijo a la pared de la izquierda, la que tiene un panel decorativo abstracto en tonos oscuros.

Lo deslizo hacia un lado para descubrir una puerta secreta con un lector biométrico de iris.

Entro en el pequeño recibidor que lleva al ascensor privado que conecta mi oficina, y la de Joon Seo, con la parte oscura de nuestra familia: la Kangpae.

Sí, la organización más exclusiva de la ciudad se encuentra debajo de una galería de arte de lujo.

Cuando las puertas del ascensor se abren, parece que he entrado en otro mundo.

Arriba he dejado el lujo, el arte, la delicadeza, y aquí me encuentro con la cruda realidad: hombres armados hasta los dientes, falsificaciones y arte robado llenando las esquinas, y al fondo, el despacho del hwejang, a quien puedo ver a través de las puertas de cristal discutiendo con alguien a quien no logro ver.

―¡Dijiste que lo tenías controlado! ―grita Joon― ¿Sabes lo que le pasa a los que meten la pata, Ren?

Me dirijo hacia ellos. Bueno, hacia Joon y el cadáver que descansa a sus pies, porque Ren acaba de pasar a mejor vida.

―Lástima, me caía bien ―comento pasando por su lado, evitando mancharme los zapatos de sangre, y sentándome en el sillón frente a su escritorio.

Joon Seo limpia su dam geom ―la daga ceremonial del hwejang― con un pañuelo antes de mirarme.

―¿Ya estás aquí? ―pregunta― Creí que el italiano tardaría más en darnos lo que queremos.

―El viernes tendrá los diamantes. Dos millones.

―Hijo de puta avaricioso...

―Ha insistido en traerlos él mismo. Otra vez.

―¿Cree en serio que le vamos a dar la ubicación exacta? Que siga soñando.

―Hay otro tema que quería discutir contigo.

―¿De qué se trata?

―Necesitamos un empleado más para la galería. Na Ri está sobrepasada.

―Pues ve a ayudarla.

―¿Crees que no lo he intentado? Se niega a aceptar mi ayuda. Dice que no soy fiable, lo cual es cierto. Si me necesitas en otro lado la tengo que dejar colgada, así que...

―Sabes que cuantos más civiles contratemos, mayor peligro corremos de ser descubiertos.

―¿Cómo? Nuestros hombres acceden a la organización a través de un parking público a dos manzanas de aquí, hyung .

―¿De veras crees que necesitamos a alguien más?

―Falta poco más de una semana para la exposición y aún no hemos empezado a montar ninguna sala.

―Está bien, veré qué puedo hacer. Y ahora lárgate, estoy ocupado.

―Voy a echar una mano arriba, si necesitas algo...

―Ve.

Me dirijo de nuevo hacia el ascensor para regresar a la galería y dedicarme a lo que realmente me gusta: el arte. Sin imaginar que mi decisión de pedir un nuevo ayudante iba a ser la peor decisión de mi vida... y la más dolorosa también.