CAPÍTULO 33 - YO
No hubo una segunda amnesia.
Eso fue lo primero que pregunté cuando desperté.
No estaba en un hospital.
Estaba en mi cama.
Fernando dormía en una silla.
Abrí los ojos y supe dónde estaba.
Supe quién era.
Supe que Sergio había sido mi marido.
Supe que Álvaro seguía siéndolo legalmente.
Supe que Víctor Salas estaba detenido.
Y supe algo más importante.
No necesitaba comprobar inmediatamente cuál de aquellas cosas podía perder.
Fernando abrió un ojo.
—¿Quién soy?
Sonreí.
—Un pesado.
—Perfecto. Funciones ejecutivas conservadas.
Le lancé una almohada.
Durante las semanas siguientes declaré.
Mucho.
La policía tenía el archivo.
No era una bomba perfecta.
Era mejor.
Documentos.
Versiones.
Copias antiguas.
Correos.
Consentimientos.
Listados de efectos adversos.
Transferencias de Sergio.
Accesos de Álvaro.
Facturas vinculadas a mi padre.
Pruebas de que una historia real nunca se parece a una confesión ordenada.
Salas quedó investigado por falsedad documental, lesiones, irregularidades clínicas y otros delitos que los abogados todavía discutían.
La muerte de Elena se reabrió.
La de Marcos también.
No porque apareciera un asesino.
Porque por fin podían revisar qué había hecho cada persona durante la hora que todos habían decidido esconder.
Sergio entregó su coche.
Había una marca compatible con un roce en la noche de mi accidente.
No bastaba para demostrar que quisiera sacarme de la carretera.
Sí bastaba para demostrar que había mentido cuando dijo que no sabía si se había acercado.
Fue imputado por varias cosas que ya no eran mi responsabilidad nombrar.
Fraude.
Dinero.
Su muerte falsa.
El accidente.
No pregunté a nadie cuánto podía caerle.
No era venganza.
Era cansancio.
Álvaro también declaró.
Su situación era diferente.
Había ayudado a Sergio a desaparecer.
Había ocultado información.
Había firmado mi primera autorización.
Después había denunciado a Salas, había intentado impedir que repitiera el tratamiento y había entregado sus propios correos.
Las personas seguían negándose a caber en una sola palabra.
Culpable.
Inocente.
Bueno.
Malo.
Mi marido.
Mi exmarido.
No servían.
A Sergio lo vi dos semanas después.
En una cafetería cerca de los juzgados.
Llegó temprano.
Siempre llegaba tarde.
Aquello me hizo sonreír.
—Has cambiado.
—Estoy intentando innovar.
Nos sentamos.
Durante unos minutos hablamos de cosas inútiles.
El café.
Fernando.
El tiempo.
Hasta que ya no pudimos.
—¿Vas a volver con Álvaro? —preguntó.
Lo miré.
—No te corresponde.
—Lo sé.
—Entonces no preguntes.
Asintió.
—Perdón.
—Tampoco voy a volver contigo.
Sergio bajó la vista.
—Lo sé.
—No digas eso.
Sonrió un poco.
—Vale.
Respiré.
—Te quise.
Levantó los ojos.
—Mucho.
—Lo sé.
Esta vez no me molestó.
—Y los recuerdos que tengo contigo no son mentira porque el principio lo fuera.
Sergio tragó saliva.
—Gracias.
—No es un regalo.
—Ya.
—Tampoco significa que pueda construir otra vida contigo.
—Lo entiendo.
Pensé en Lisboa.
En la cocina.
En su mano.
En la carretera.
Todo pertenecía al mismo hombre.
—¿Por qué me seguiste de verdad?
—Miedo.
—¿A la cárcel?
—Sí.
—¿Solo?
Sergio negó.
—A que entregaras el archivo y Salas te encontrara antes de que llegara a la policía.
—Eso puede ser verdad y seguir siendo egoísta.
—Lo sé.
Nos miramos.
Por primera vez no necesitaba decidir si creía cada palabra.
Podía dejar que la verdad legal siguiera su camino.
Yo tenía otro.
—Adiós, Sergio.
Su cara se rompió un poco.
—Adiós, Clari.
No le pedí que no me llamara así.
Era la última vez.
Álvaro tardó un mes en poder hablar conmigo sin abogados.
Seguíamos casados.
La palabra había perdido toda su magia.
Nos vimos en casa.
La misma cocina donde había encontrado el teléfono.
Él preparó café.
Yo lo detuve.
—Puedo hacerlo.
Apartó la mano.
—Claro.
Pequeño.
Ridículo.
Importante.
Nos sentamos.
—Voy a pedir el divorcio —dije.
Álvaro cerró los ojos.
Después asintió.
—Vale.
—No porque no te quisiera.
No esperaba decirlo.
—Lo sé.
—Álvaro.
—Perdón.
Casi sonreí.
—No porque ahora recuerde todo y haya decidido que fuiste un monstruo.
—No.
—Porque necesito saber qué decisiones tomo sin intentar recuperar a la mujer que era contigo.
Me miró.
—Eso lo entiendo.
—Y porque mentiste.
—Sí.
—Muchas veces.
—Sí.
—Aunque creyeras que me protegías.
—Sí.
—Y yo no puedo empezar de nuevo mientras siga viviendo dentro de una historia que tú conoces mejor que yo.
Álvaro bajó la mirada.
—Te quiero.
La frase ya no exigía nada.
Eso fue lo que más dolió.
—Lo sé.
Esta vez fui yo.
Nos reímos.
Muy poco.
Después lloramos.
No hubo un gran perdón.
No lo necesitábamos.
Firmamos meses después.
Vendimos la casa.
Mis padres dejaron de preguntarme si estaba segura cuando tomaba una decisión.
No inmediatamente.
Los entrené.
Mi padre declaró todo lo que sabía sobre Nexum.
Mi madre reconoció que durante años había confundido protegerme con mantenerme tranquila.
Fernando siguió tratándome como una hermana y no como una paciente, aunque a veces fracasaba.
Empecé terapia con una profesional que no había trabajado nunca con Salas.
Fue la primera pregunta que le hice.
—Buena forma de empezar una relación terapéutica —dijo.
—Tengo un historial.
Algunas cosas regresaron.
Otras no.
Aprendí que recuperar la memoria no era recuperar una película.
Era aceptar huecos.
Había días en los que un olor traía una tarde entera.
Otros en los que una fotografía seguía siendo la vida de una desconocida.
Dejé de obligarme.
Seis meses después me mudé a un piso pequeño.
Dos habitaciones.
Demasiada luz.
Una cocina ridícula.
No había fotos cuando entré.
Me gustó.
Dejé las llaves sobre la mesa.
Me quedé en mitad del salón.
Durante años había pensado que mi problema era no saber cuál de los dos hombres era mi marido.
Sergio había sido mi marido.
Álvaro también.
La frase con la que desperté seguía siendo cierta.
Mi marido no es mi marido.
Solo que yo la había entendido mal.
No hablaba de ellos.
Hablaba de la distancia entre un documento y una certeza.
De lo peligroso que era permitir que otra persona llenara esa distancia por ti.
Me miré en el cristal de la ventana.
No pregunté quién era aquella mujer.
Por fin tenía una respuesta que no dependía de la memoria.
Yo.