EPÍLOGO - No olvides vivir
Seis meses después recibí una caja.
No era grande.
Cartón marrón.
Cinta transparente.
Una etiqueta de la policía.
La dejé sobre la mesa casi una hora.
Había aprendido que las cajas podían contener vidas.
Fotografías.
Documentos.
Teléfonos.
Pruebas de cosas que uno preferiría no haber hecho.
Al final cogí unas tijeras.
Dentro estaba el teléfono viejo.
La llave 214.
Mi antigua alianza con Sergio.
Dos memorias USB.
Y la nota.
SERGIO ESTÁ VIVO.
NO LE CUENTES A ÁLVARO LO QUE RECUERDAS.
La primera vez que la leí creí que alguien intentaba salvarme.
Después descubrí que había sido yo.
Pasé el pulgar por mi letra.
Durante meses había pensado en la Clara que dejó aquellas instrucciones como si fuera otra mujer.
La Clara de Sergio.
La Clara de Álvaro.
La Clara que investigó.
La que pidió olvidar.
La que decidió recordar.
Demasiadas versiones compitiendo por ser la verdadera.
Ya no.
Todas habían sido yo.
Incluso las que se equivocaron.
El teléfono vibró.
Sergio.
No necesitaba mirar para saberlo.
Llamaba poco.
Habíamos acordado que solo lo hiciera si era importante.
Dejé que sonara.
Cuando terminó apareció un mensaje.
El juicio tiene fecha.
Lo leí.
No respondí inmediatamente.
No por castigo.
Estaba cortando tomates.
Eso también era una victoria.
Terminé.
Me lavé las manos.
Escribí:
Gracias por avisar.
Nada más.
Álvaro no llamaba.
Habíamos hablado dos veces desde el divorcio.
Una por una cuenta pendiente.
Otra porque mi madre se había empeñado en invitarlo a un cumpleaños y quería saber si me molestaría.
Le dije la verdad.
No lo sabía.
Al final no fue.
No pensé demasiado en ello.
Volví a la caja.
Había tres fotografías.
Una con Sergio.
Otra con Álvaro.
Las observé.
En la primera yo tenía veintitantos y creía que conocía al hombre que me abrazaba.
En la segunda tenía treinta y tantos y creía que ya había aprendido a no cometer ese error.
Sonreí.
Las guardé.
No iba a romperlas.
Aquello había ocurrido.
Negarlo habría sido otra forma de borrar.
La tercera fotografía estaba en el fondo.
Yo sola.
El mar detrás.
No recordaba cuándo la habían tomado.
Llevaba el pelo recogido y los ojos entrecerrados por el sol.
No había ningún hombre.
Ninguna alianza visible.
Le di la vuelta.
Mi letra.
Tres palabras.
NO OLVIDES VIVIR.
Me reí.
No recordaba haber escrito aquello.
Por una vez no intenté hacerlo.
Puse la fotografía sobre una estantería.
La nota volvió a la caja.
Las alianzas también.
Afuera empezaba a oscurecer.
Cogí las llaves.
Salí de casa.
No sabía exactamente adónde iba.
Años atrás, no saberlo me habría dado miedo.
Ahora me parecía una posibilidad.
Bajé las escaleras.
Al llegar a la calle pensé en la primera habitación del hospital.
En Álvaro sentado junto a mi cama.
En la enfermera diciendo que era mi marido.
En mí respondiendo:
No.
Había tardado mucho en comprender por qué aquella negativa me había salvado.
No porque Álvaro no fuera mi marido.
Lo era.
No porque Sergio lo fuera.
También lo había sido.
Me salvó porque, incluso rota, mi cabeza se negó a aceptar una vida solo porque todos los demás podían demostrarla.
Me obligó a mirar otra vez.
A preguntar.
A desconfiar.
Después tuve que aprender la parte más difícil.
Que dudar de todos tampoco era vivir.
Caminé sin prisa.
Pasé junto a una pareja que discutía delante de un bar.
Una mujer hablaba por teléfono.
Un niño perseguía una pelota.
Nada extraordinario.
Me gustó.
Durante años había buscado una respuesta a una pregunta.
¿Quién soy yo?
Había creído que la memoria debía dármela.
Luego que Sergio.
Después Álvaro.
Los médicos.
Los documentos.
La verdad.
Al final era mucho más sencillo.
No necesitaba recordarlo todo.
No necesitaba saberlo todo.
Podía decidir qué hacer con lo que sí tenía.
Seguí caminando.
Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no pensé en quién había sido.
Pensé en quién quería ser mañana.