CAPÍTULO 32 - Mi marido no es mi marido
Salas no huyó.
Eso me decepcionó.
Una parte de mí había esperado una reacción de culpable sencillo.
Un hombre que ve a Sergio, a Álvaro y a una paciente que ya no debería recordar, y sale corriendo.
En lugar de eso se quitó el abrigo.
Lo dobló sobre una silla.
—Esto es una estupidez.
—Buenas noches a usted también —dije.
Me miró.
Después a Sergio.
—Creí que eras más inteligente.
Sergio no respondió.
—¿Dónde está el archivo?
Salas fue directo.
—Lo tengo yo.
Sus ojos volvieron a mí.
—No sabes lo que contiene.
—Esa frase ya no funciona.
—Contiene datos clínicos de cientos de personas.
—Y documentos alterados.
—Según Marcos.
—Según sus propios registros.
Salas suspiró.
—Clara, lo que hicimos hace años se hizo dentro de un campo experimental. Hubo errores.
—¿Errores?
—Sí.
—Consentimientos modificados después de la firma.
Su cara no cambió.
—Correcciones administrativas.
—Efectos adversos eliminados.
—Criterios de registro.
—Pacientes tratados cuando no podían consentir.
—Autorizaciones de familiares.
—Mi autorización.
Salas me sostuvo la mirada.
—Tú pediste ayuda.
—La segunda vez.
—También la primera.
—No el procedimiento que acabó apareciendo en el documento.
Un silencio.
Pequeño.
Lo suficiente.
—Álvaro firmó sedación y tratamiento de crisis —continué—. La copia posterior incluía reconsolidación.
Salas miró a Álvaro.
—No sabes lo que firmaste.
Álvaro dio un paso.
—Eso llevo cuatro años diciendo.
Salas soltó una risa seca.
—Y ahora os habéis puesto de acuerdo.
—No —dije—. Eso es lo que nunca entendiste.
Los tres me miraron.
—No necesito que nos pongamos de acuerdo.
Saqué la memoria.
No era la de Sergio.
Era una vacía.
—Solo necesito que me diga por qué quería esto tanto como para organizar una muerte falsa.
La expresión de Salas cambió.
Por fin.
—No organicé ninguna muerte.
—Movió un expediente médico.
—No.
—Cambió una identificación.
—No.
—Utilizó el cuerpo de un hombre que no era Sergio.
—No sabes de qué estás hablando.
—Mi padre firmó un informe de su laboratorio.
—Tu padre firmó muchas cosas.
Aquello salió demasiado rápido.
Sentí una descarga.
—¿Cuántas?
Salas se dio cuenta.
—Clara.
—¿Cuántas cosas hizo firmar a gente que no entendía lo que estaba firmando?
—No conviertas decisiones clínicas complejas en una historia para la policía.
Perfecto.
No sabía que la policía ya escuchaba.
—¿Como Elena?
Su cara se cerró.
—Elena era inestable.
—¿La trató?
—No voy a hablar de una paciente fallecida.
—Entonces era paciente.
Silencio.
—¿Le dio medicación las semanas antes de morir?
—Le prescribí tratamiento.
—¿La amenazó?
—Le advertí de las consecuencias de robar expedientes.
—¿Le dijo que nadie creería a una mujer con su historial?
Salas no contestó.
La frase estaba en un mensaje de Elena.
Yo quería oírla de él.
—¿Se lo dijo?
—Puede que le recordara que su credibilidad sería cuestionada.
Sergio bajó la cabeza.
Álvaro me miró.
Los tres sabíamos que acababa de admitir algo más importante de lo que creía.
—¿Y conmigo?
Salas se acercó.
—Contigo intenté evitar que te destruyeras.
—¿Modificó mis recuerdos?
—No.
—¿Alteró la forma en que podía acceder a ellos?
—No se puede formular así.
—Formúlelo usted.
Salas cerró los ojos.
Profesor paciente.
Médico cansado de una alumna torpe.
—Durante la reconsolidación, un recuerdo reactivado entra en un estado lábil. En determinadas condiciones puede modificarse su respuesta emocional. Eso era lo que buscábamos.
—¿Y qué ocurrió conmigo?
—Tú ya tenías episodios disociativos.
—¿Qué ocurrió?
—Tu acceso autobiográfico se fragmentó.
—¿Lo sabía antes de repetir?
Silencio.
—¿Sabía que podía pasar otra vez?
—Había un riesgo.
—¿Estaba en el consentimiento?
Otra pausa.
—No en esos términos.
Ahí estaba.
La frase que necesitaba.
No una confesión cinematográfica.
Una admisión clínica.
Sabía el riesgo.
No estaba explicado.
Repitió.
—¿Y siguió tratándome?
—Tú insististe.
—Porque confiaba en usted.
Salas perdió la paciencia.
—¡Porque querías olvidar!
El grito resonó por el edificio.
Nadie se movió.
Salas respiró.
Demasiado tarde.
—Sí —dije—. Quise.
La sorpresa en su cara fue real.
—Eso ya lo sé.
Di un paso hacia él.
—Y usted utilizó que yo quisiera una cosa imposible para hacer otra que tampoco entendía.
—No.
—¿Por qué siguió?
—Porque estaba funcionando.
—¿Qué era funcionar?
—Dormías. Comías. Dejabas de buscar a un muerto. Dejabas de perseguir teorías. Volvías con tu marido.
Miré a Álvaro.
Ahí estaba.
La idea que había sostenido a Salas.
Una vida funcional era una vida corregida.
—¿Con cuál de mis maridos? —pregunté.
Salas no entendió.
Yo sí.
Durante días había vivido dentro de aquella frase.
Mi marido no es mi marido.
La había usado contra Álvaro.
Después contra Sergio.
Como si uno de los dos tuviera que ser falso para que yo pudiera ser verdadera.
—Sergio fue mi marido —dije.
Sergio no se movió.
—Álvaro es mi marido.
Álvaro bajó la mirada.
—Y ninguno de los dos decide qué versión de mí funciona.
Salas se rió.
—Esto no tiene nada que ver con filosofía.
—No.
Le enseñé la memoria.
—Tiene que ver con esto.
Su cara cambió.
—Dámela.
—No.
—Clara.
Se acercó.
Álvaro se movió.
Levanté la mano.
—No.
Álvaro se detuvo.
Salas miró el gesto.
—Sigues igual. Necesitas creer que controlas la situación.
—No la controlo.
Sonreí.
—Por eso la policía sabe que estamos aquí.
El color desapareció de su cara.
Un segundo.
Dos.
Después se lanzó hacia la memoria.
No hacia mí.
Eso fue importante.
Retrocedí.
La mesa cayó.
Sergio lo sujetó.
Salas golpeó a Sergio en la cara.
Álvaro intentó separarlos.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Yo caí de rodillas.
La memoria falsa salió despedida.
Salas la vio.
Fue hacia ella.
Yo no.
Saqué mi teléfono.
—Ya la tienen.
Se detuvo.
—¿Qué?
—La copia está con la policía.
Era verdad.
Fernando la había entregado una hora antes.
Salas miró la memoria en el suelo.
Un objeto vacío.
Comprendió.
Las sirenas llegaron después.
No muy lejos.
Esta vez no tardaron una hora.
Salas caminó hacia mí.
No para golpearme.
Parecía querer decir algo.
—No sabes lo que has hecho.
Aquella frase.
Todas las personas de mi vida habían utilizado alguna versión.
No sabes.
No recuerdas.
No estás preparada.
Respondí:
—No. Y por primera vez no necesito saberlo todo antes de hacerlo.
La policía entró.
Órdenes.
Manos.
Sergio se dejó caer contra una pared con sangre en el labio.
Álvaro levantó las manos.
Salas empezó a hablar de abogados.
Yo me quedé en medio.
Uno de los inspectores se acercó.
—¿Clara Montes?
—Sí.
—¿Está bien?
Miré a Sergio.
A Álvaro.
A Salas esposado.
Después a mí.
—No lo sé.
El inspector esperó.
—Pero puedo contárselo.
Y empecé por el principio.
No por Sergio.
No por Álvaro.
Por mí.