CAPÍTULO 31 - La verdad de Sergio
Sergio apareció antes que Salas.
No lo había llamado.
Eso me enfadó.
—¿Cómo sabes que vamos a reunirnos?
Miró a Álvaro.
—No ha sido él.
—Entonces ¿quién?
—Salas.
El aire cambió.
Estábamos en el antiguo edificio de Nexum.
La policía sabía dónde estaba.
No había agentes dentro. Esa había sido mi decisión. Dos inspectores esperaban cerca y la conversación se estaba transmitiendo desde mi teléfono.
No era un plan perfecto.
Era mejor que los anteriores porque yo sabía que existía.
—Salas te ha llamado —dije.
—Sí.
—¿Para qué?
—Quiere el archivo.
—¿Lo tienes?
Sergio se quedó quieto.
—Sí.
Álvaro soltó aire.
—Por fin.
—¿Lo has traído? —pregunté.
Sergio miró el edificio.
—No.
—Entonces vete.
—Clara.
—No te he pedido que vengas.
—Salas puede ser peligroso.
—Tú también.
Le dolió.
Bien.
—Antes de que llegue quiero una cosa.
—¿Qué?
—Todo.
Sergio sonrió sin humor.
—Esa palabra no nos ha ido bien.
—Inténtalo.
Se sentó sobre una mesa antigua cubierta de polvo.
Álvaro permaneció a distancia.
No parecían amigos.
Tampoco enemigos.
Parecían supervivientes de la misma decisión.
Sergio habló.
—Me acerqué a ti por tu padre.
—Lo sé.
—Sabía cómo ibas a los cumpleaños de Marta. Sabía dónde trabajabas. No te seguía cada día, pero busqué una oportunidad.
Sentí asco.
—Sigue.
—La noche que nos conocimos estaba allí por ti.
—Lo sé.
—Lo que no sabes es que después intenté desaparecer de tu vida.
—¿Por qué?
—Porque me gustaste.
Casi me reí.
—Suena conveniente.
—Lo es. También es verdad.
Miró al suelo.
—Volví a verte porque me escribiste tú.
Recordé.
Una broma.
Un número guardado.
Yo iniciando una conversación.
Aquello no limpiaba el principio.
Lo complicaba.
—¿Cuándo me contaste la verdad?
—Años después. Cuando encontraste una transferencia vinculada a Nexum.
—Demasiado tarde.
—Sí.
—¿Y Marcos?
—Organicé la reunión. Quería recuperar una copia de los datos. Marcos pensaba entregarla. Discutimos. Álvaro se metió. Marcos cayó.
—¿Lo empujaste?
—No.
Miré a Álvaro.
—No —dijo él.
—¿Por qué buscaste la carpeta mientras estaba en el suelo?
Sergio cerró los ojos.
—Porque fui un cobarde.
No había respuesta mejor.
—¿Y después?
—Intenté conseguir la prueba completa. A veces por Marcos. A veces para protegerme. A veces porque me convencí de que, si conseguía hundir a Salas, todo lo anterior tendría sentido.
—No lo tuvo.
—No.
—¿Por qué robaste dinero?
—Para pagar a gente. Comprar accesos. Moverme. También porque tenía deudas de juego.
Lo miré.
—Nunca lo supe.
—Te lo escondí.
—¿Jugabas mientras estábamos casados?
—Sí.
Una vida privada dentro de mi vida.
—¿Y cuando me separé de ti?
—Me quedé sin nada que me obligara a fingir que estaba bien.
No sentí pena.
O sí.
La pena ya no significaba absolución.
—Salas te ofreció desaparecer.
—Sí.
—¿Y aceptaste.
—Sí.
—¿Por qué no te llevaste el archivo a la policía?
—Porque también me incriminaba. Y porque Salas tenía gente dentro de la clínica, laboratorios, abogados. Yo no sabía en quién confiar.
—Así que elegiste que yo te creyera muerto.
—Sí.
—Me viste en el funeral.
Sergio bajó la cabeza.
—Sí.
—No vuelvas a decirme que fue duro para ti.
—No lo haré.
Respiré.
—¿Qué pasó en el Hotel Mirador?
—Tú descubriste que estaba vivo. Elena te llevó hasta mí. Me pegaste.
No pude evitarlo.
—¿Yo?
Sergio sonrió un poco.
—Dos veces.
—Bien.
—Después lloraste.
La sonrisa desapareció.
—Te enseñé parte del archivo. Me preguntaste si alguna vez te había querido o todo había sido por tu padre.
—¿Qué respondiste?
—Que las dos cosas podían ser verdad en momentos distintos.
La frase me dolió.
—Y luego conociste el alcance de los procedimientos de Salas.
—¿Por eso fui a tratarme con él?
—No. Ya habías ido antes por recomendación de otro médico. Cuando entendiste que era el mismo Salas de Nexum, quisiste salir.
—Pero Elena murió.
—Sí.
—Y volví.
—Sí.
—¿La mató?
Sergio tardó.
—No tengo prueba.
—¿Qué tienes?
—Mensajes. Presiones. Una amenaza velada. Nada que demuestre homicidio.
Asentí.
No íbamos a inventar una muerte para que la historia quedara mejor.
—¿Y mi accidente?
Sergio levantó la vista.
—Te seguí.
—Te acercaste demasiado.
—Sí.
—¿Me golpeaste?
—No lo sé.
—Eso no me sirve.
—A mí tampoco.
Se puso en pie.
—Tengo una marca en el lateral de mi coche. La policía puede compararla. Si te toqué, lo sabrán.
Lo miré.
—¿Vas a entregar el coche?
—Sí.
—¿Y el archivo?
Silencio.
—Sergio.
Sacó una memoria pequeña del bolsillo.
La dejó sobre la mesa.
—Aquí hay una copia.
Álvaro dio un paso.
Sergio levantó una mano.
—No para ti.
Me la tendió.
No la cogí inmediatamente.
—¿Está completa?
—Todo lo que tengo. Incluidas mis transferencias. Los accesos. El dinero.
—¿Por qué?
—Porque llevo cuatro años editando la verdad para no ser el malo de mi propia historia.
Se le quebró la voz.
—Y estoy cansado.
Cogí la memoria.
—Esto no arregla nada.
—Lo sé.
—Puede meterte en prisión.
—Lo sé.
—No voy a protegerte.
—Lo sé.
Aquella vez permití que lo dijera.
Guardé la memoria.
—¿Por qué te llamó Salas?
—Porque cree que aún tengo la única copia.
—Perfecto.
Sergio entendió.
—Vas a hacerle pensar que voy a dársela.
—Sí.
—No le va a gustar verme.
—Ese es el objetivo.
Álvaro se acercó.
—Clara, si esto se complica...
Lo miré.
Se calló.
Sergio casi sonrió.
—Ha aprendido.
—Tú también puedes probar.
La puerta del edificio sonó.
Los tres nos volvimos.
Pasos.
Víctor Salas apareció al final del pasillo.
Nos vio juntos.
Y por primera vez desde que lo conocía, el hombre que había administrado durante años las versiones de todos se quedó sin una preparada.