CAPÍTULO 30 - El dormitorio
Antes de hablar con Salas abrí el último escondite.
Álvaro me dijo que existía.
No dónde.
—Lo hiciste así a propósito.
—¿Por qué?
—Dijiste que si yo podía abrirlo sin ti, acabaría abriéndolo por ti.
—Empiezo a caerme bien.
—A mí me caías bastante mal algunos días.
—Eso también me gusta.
La broma duró poco.
Busqué en el dormitorio.
El armario.
La cómoda.
La parte inferior de la cama.
Finalmente encontré una cerradura diminuta dentro del tercer cajón.
La llave estaba pegada detrás de una fotografía de boda.
Muy yo.
Dentro había una caja de madera.
Dos sobres.
SERGIO.
ÁLVARO.
Y uno más.
CLARA.
Abrí el mío primero.
Si has llegado hasta aquí, enhorabuena. Significa que, por una vez, has dejado de preguntar a los hombres de tu vida antes de preguntarte a ti.
Me reí.
Álvaro esperaba junto a la puerta.
—¿Qué?
—Nada.
Seguí.
No tienes que elegir cuál de los dos era tu marido.
Sergio lo fue.
Álvaro lo es.
El problema nunca fue ese.
Me quedé inmóvil.
El título que llevaba días repitiéndome dentro de la cabeza.
Mi marido no es mi marido.
La otra Clara lo había entendido antes.
El problema es que llevas toda la vida intentando decidir quién eres a partir de quién te quiere.
Tragué saliva.
Sergio te quiso. No borra lo que hizo.
Álvaro te quiere. Tampoco borra lo que hizo.
Tú los quisiste a los dos. Eso no te condena a ninguno.
Tuve que parar.
Miré a Álvaro.
—¿Quieres que salga?
—No.
—¿Seguro?
—Quédate donde estás.
Asintió.
La carta continuaba.
Sobre Salas: no vayas sola. Pero tampoco dejes que nadie hable por ti. Lo que necesitas no es que confiese que borró recuerdos. Nunca lo dirá porque técnicamente puede tener razón. Necesitas que admita que conocía los efectos adversos, que alteró consentimientos y que siguió tratando.
Debajo había una dirección.
Antigua sede de Nexum Data.
Y una hora.
No era futura.
Era de la noche del accidente.
Yo ya había preparado una cita con Salas.
No había llegado.
La última línea:
Si tienes que repetirla, esta vez avisa a la policía antes.
Cerré los ojos.
—¿Qué?
—Yo iba a reunirme con Salas la noche del accidente.
Álvaro palideció.
—No lo sabía.
—¿Seguro?
—Sí.
Le creí.
Abrí el sobre de Sergio.
Solo una hoja.
No intentes convertir lo que recuerdas de Sergio en la totalidad de Sergio.
Debajo:
Lo conociste. Lo amaste. También ignoraste señales porque querías que el hombre de tu casa fuera el mismo que el hombre de tus recuerdos.
No había más.
La carta de Álvaro era más larga.
Si has abierto esto, probablemente lo odias.
Una risa se me escapó.
Álvaro frunció el ceño.
—Ahora sí quiero saber.
—No.
Seguí.
No intentes quererlo porque yo lo quisiera.
No le debes nuestros años.
Pero tampoco le castigues por no recordar lo que hizo bien.
Álvaro miente cuando tiene miedo. Cree que si controla la información puede controlar el resultado. No puede. Nunca ha podido.
Levanté la vista.
—Eso sí suena a mí.
Álvaro suspiró.
—Me alegra haber sobrevivido al informe.
La carta terminaba:
Pregúntale por la firma.
Doblé el papel.
—La firma.
Álvaro dejó de sonreír.
—Ya lo sabes.
—Sé que firmaste la primera autorización.
—Sí.
—¿Qué no sé?
Se sentó.
—Salas cambió el documento después.
El aire se enfrió.
—¿Qué?
—Yo firmé una autorización para sedación y tratamiento de crisis. La copia que apareció después incluía la fase de reconsolidación.
—¿Lo denunciaste?
—Cuando lo descubrí, sí.
—¿Cuándo?
—Meses después.
—¿Y?
—La clínica presentó una copia con una firma tuya posterior.
—¿Era mía?
—Parecía.
—¿Lo era?
—Nunca lo supimos.
Me senté.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Lo que necesito que admita.
Consentimientos cambiados.
Fechas.
Riesgos ocultos.
No una máquina que borra mentes.
Fraude.
Daño.
Personas.
—Voy a llamarlo.
Álvaro se levantó.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Qué le vas a decir?
Miré la carta.
—Que Sergio me ha dado el archivo.
—No te lo ha dado.
—Salas no lo sabe.
Por primera vez vi una sonrisa en Álvaro que no pertenecía a un marido preocupado.
Pertenecía al hombre que había trabajado con Sergio.
—Eso hará que venga.
—Lo sé.
—¿Y la policía?
—Primero.
Cogí mi teléfono.
Marqué.
Álvaro no habló.
No decidió.
No me quitó el aparato.
Se quedó a mi lado.
Era poco.
Después de todo lo ocurrido, era muchísimo.