Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 29 - Lo que elegí olvidar
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CAPÍTULO 29 - Lo que elegí olvidar

La respuesta estaba en un vídeo.

No en el archivo de Sergio.

En mi ordenador.

Una carpeta oculta con un nombre tan vulgar que llevaba días ignorándola.

FACTURAS.

Dentro:

FINAL_2.mp4.

La fecha era de tres semanas antes del accidente.

Me encerré en el dormitorio.

Pulsé.

Aparecí yo.

Sentada en la misma cama.

Más delgada.

Cansada.

Miraba a cámara como alguien que llevaba horas ensayando lo que iba a decir y había decidido que ya daba igual hacerlo bien.

—Si estás viendo esto sin recordar por qué lo grabé, ha pasado otra vez.

Sentí frío.

La mujer de la pantalla respiró.

—Primero: Sergio existe.

Cerré los ojos un instante.

—Segundo: Álvaro es tu marido.

Una pausa.

—Las dos cosas son verdad.

Me acerqué a la pantalla.

—Y tercero: los dos te han mentido.

Casi sonreí.

Eso ya lo había aprendido.

La otra Clara continuó.

—Pero antes de convertirlos en monstruos, acuérdate de esto: tú también mentiste. Y tú también decidiste cosas por la Clara que vendría después.

Me quedé inmóvil.

—Fuiste a Salas dos veces porque no podías dormir, porque tenías ataques y porque recordar a Elena muerta te hacía creer que ibas a terminar igual.

La primera vez Álvaro firmó una autorización de emergencia cuando tú estabas sedada y no entendió lo que Salas iba a hacer.

No lo perdones por eso solo porque yo lo perdonara.

Silencio.

—La segunda vez firmaste tú.

Me tapé la boca.

—Nadie te obligó.

La frase dolió.

—Salas te convenció de que no borraría nada. Dijo que reduciría la carga emocional. Tú querías dejar de ver la caída de Marcos, el funeral de Sergio, el cuerpo de Elena, la cara de tu padre cuando admitió que había financiado Nexum. Querías una noche de sueño.

La Clara del vídeo empezó a llorar.

—Y funcionó.

Yo también.

—Durante semanas fue maravilloso.

Pausa.

—Después descubriste que faltaban cosas que no habías querido entregar.

La pantalla parecía demasiado brillante.

—No recordabas una conversación con Fernando. No recordabas haber echado a Álvaro de casa. No recordabas que Sergio te había llamado. Y lo peor: cuando esos recuerdos volvieron, no sabías si habían ocurrido o los habías reconstruido.

La mujer se secó las lágrimas.

—Entonces entendiste por qué Salas era peligroso. No porque pudiera borrar una vida. Porque podía conseguir que desconfiaras de ella.

Aquella frase encajó en el centro de todo.

Desde el hospital había dudado de cada recuerdo.

La herida más profunda no era olvidar.

Era no poder confiar en lo que volvía.

—Empezaste a investigar otra vez. Encontraste a Elena. Encontraste el 214. Encontraste a Sergio. Lo mismo que estás haciendo ahora.

Respiró.

—Eso significa que no pudieron quitarte la capacidad de volver.

Me estremecí.

—Hace una semana pediste una tercera sesión.

Dejé de respirar.

—Salas se negó.

No entendí.

—Dijo que tu patrón era demasiado inestable. Álvaro también se negó. Fernando se negó. Sergio, cuando se enteró, te llamó para decirte que estabas loca.

Una pequeña sonrisa apareció en su cara.

—Probablemente era la primera vez que los tres estaban de acuerdo.

Yo también sonreí entre lágrimas.

—Así que buscaste otra manera de escapar. Sedantes. Alcohol. Cualquier cosa que te diera silencio.

La sonrisa desapareció.

—No lo hiciste.

Pausa.

—Elegiste otra cosa.

Se inclinó.

—Elegiste recordar.

Sentí que el pecho se abría.

—Copiaste todo. Preparaste las notas. Dividiste la información. Y vas a entregar el archivo.

Eso explicaba el coche.

La carpeta.

La policía.

—Si el accidente ocurre antes, puede que despiertes en uno de tus recuerdos antiguos. El médico dice que no funciona así, pero ya sabes que tus últimos años están llenos de zonas debilitadas.

La otra Clara miró directamente a cámara.

—Si despiertas pensando que Sergio sigue siendo tu marido, no significa que lo hayas elegido a él.

Me quedé quieta.

—Significa que ese es el último lugar donde tu cabeza todavía se sentía segura.

La frase me rompió.

No había vuelto a Sergio porque fuera el amor verdadero.

Había vuelto al último mundo que aún no estaba contaminado por todo lo que descubrí después.

—No lo confundas con una señal.

La mujer respiró.

—Y no vuelvas a pedir que te lo quiten.

Pausa.

—Aunque duela.

La imagen terminó.

Me quedé frente a la pantalla negra.

Durante días había perseguido a la persona que me había robado casi cuatro años.

Salas.

Álvaro.

Sergio.

Mi padre.

Todos habían participado en algo.

Pero la verdad más difícil era otra.

Yo había elegido olvidar una vez.

Y después había elegido no hacerlo nunca más.

El accidente no había sido mi plan.

La amnesia no había sido mi decisión.

Pero la mujer de antes me había dejado una decisión preparada.

No volver a huir de lo que regresara.

Abrí la puerta.

Álvaro estaba en el pasillo.

No sabía cuánto llevaba allí.

—¿Lo has visto?

—Sí.

Bajó la mirada.

—¿Tú lo habías visto?

—Sí.

—¿Y nunca me lo enseñaste?

—Me pediste que no lo hiciera salvo que llegaras hasta él sola.

Sentí rabia.

Y, extrañamente, gratitud.

Las dos cosas.

—¿Por qué obedeciste?

—Porque era una orden que no me pedía ocultarte la verdad.

Lo miré.

—Mañana voy a ver a Salas.

Su cara cambió.

—No.

—No te he preguntado.

Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, asintió.

—Entonces dime cómo quieres hacerlo.

Aquella fue la primera vez que mi marido me ofreció ayuda sin convertirla en una decisión.