CAPÍTULO 28 - La noche
El recuerdo volvió con el intermitente.
Tac.
Tac.
Tac.
Estaba en el coche.
Llovía.
No vi la habitación donde me encontraba ni a Fernando frente a mí.
Vi una carretera.
Mis manos sobre el volante.
Una carpeta en el asiento del copiloto.
El teléfono conectado al manos libres.
La voz de Álvaro.
—No tienes que hacerlo esta noche.
Mi voz respondió.
—Precisamente tengo que hacerlo esta noche.
Abrí los ojos.
Fernando se había levantado.
—¿Qué pasa?
—Estoy recordando.
—No lo fuerces.
—Cállate.
Cerré otra vez.
La carretera regresó.
—Clara —decía Álvaro—, espera a mañana y vamos juntos.
—No.
—Salas sabe que tienes algo.
—Por eso.
—No sabes qué va a hacer.
—Tampoco tú.
Una pausa.
—¿Y Sergio?
Mi mano apretó el volante.
—Sergio ha tenido cuatro años para decidir qué hacer.
—¿Sabe que vas a la policía?
—Sí.
—Joder.
Yo colgaba.
El recuerdo avanzó.
Unos faros aparecían detrás.
Al principio lejos.
Después más cerca.
Tac.
Tac.
Tac.
El intermitente seguía puesto aunque ya había cambiado de carril.
Miré por el retrovisor.
Un coche oscuro.
Sergio.
No podía verle la cara.
Lo sabía.
Mi teléfono empezó a sonar.
Número oculto.
No contesté.
Otra vez.
Otra.
Al final pulsé el manos libres.
—Para el coche.
La voz de Sergio.
Real.
Furiosa.
—No.
—Clara, escúchame.
—No.
—El archivo no puede llegar así a la policía.
—Claro que puede.
—Hay nombres de pacientes.
—Se pueden proteger.
—Hay accesos míos.
—También.
Silencio.
—Vas a meterme en prisión.
—Eso ya no lo decido yo.
El coche se acercó.
Demasiado.
—Aléjate.
—Para.
—Aléjate, Sergio.
—Solo quiero hablar.
—Estamos hablando.
Una curva.
Lluvia.
Sus faros llenando el retrovisor.
—Clara.
—Como te acerques más, llamo al 112.
—No hagas una estupidez.
Me reí.
Incluso dentro del recuerdo sentí la rabia.
—Llevas cuatro años muerto. No me des consejos sobre decisiones razonables.
Sergio aceleró.
Se puso a mi izquierda.
Dos coches casi paralelos en una carretera estrecha.
Lo vi.
Su cara.
El teléfono junto a la boca.
Me hacía un gesto.
Para.
Yo negaba.
Más adelante aparecieron luces.
Otro coche.
Tuvo que volver al carril.
Lo hizo demasiado cerca.
Sentí un golpe.
No fuerte.
Un roce.
O quizá el aire.
El volante se movió.
Yo corregí.
Demasiado.
La rueda tocó el borde mojado.
Después todo ocurrió sin orden.
El coche giró.
Una luz.
El cinturón.
Cristal.
Mi cabeza contra algo.
Silencio.
Abrí los ojos.
Estaba tumbada sobre el volante.
El claxon sonaba sin parar.
No podía mover la pierna.
Alguien golpeaba la ventanilla.
Sergio.
Abrió la puerta.
—Clara.
Me tocó la cara.
—Clara, mírame.
Lo miré.
Y sentí miedo.
No porque no supiera quién era.
Porque lo sabía.
—Has sido tú.
—No.
—Me has seguido.
—Lo siento.
—Vete.
—No voy a dejarte.
—Vete.
Sacó el teléfono.
Llamó a emergencias.
Yo intenté alcanzar la carpeta.
No estaba.
—¿Dónde está?
—¿Qué?
—La carpeta.
Sergio miró hacia la carretera.
Estaba fuera.
Papeles mojándose.
—Déjala.
—No.
Intenté moverme.
El dolor me hizo gritar.
—Clara, no.
Lo agarré de la chaqueta.
—No vuelvas a tocarla.
Él me miró.
—¿A quién?
—Mi memoria.
La frase no tenía sentido.
Entonces sí.
Yo sabía.
Sabía lo que había hecho Salas.
Sabía lo que había pedido yo.
Sabía por qué Fernando tenía instrucciones.
—No dejes que me lo hagan otra vez.
Sergio dejó de respirar.
—No.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Sirenas a lo lejos.
Sergio miró hacia la carretera.
Yo entendí.
Oficialmente estaba muerto.
—Vete.
—Clara.
—Vete.
Esta vez obedeció.
Antes de salir de mi campo de visión se inclinó.
—Lo siento.
—No me sirve.
Después se fue.
El recuerdo se rompió.
Abrí los ojos.
Fernando estaba frente a mí.
—¿Qué has visto?
Lloraba.
No me había dado cuenta.
—Sergio.
—¿Qué hizo?
—Me siguió.
—¿Provocó el accidente?
Pensé en el roce.
En el volante.
En la lluvia.
—Sí.
Luego corregí.
—No sé.
Fernando no dijo nada.
—Se acercó demasiado. Yo perdí el control.
—Eso no es lo mismo que saber que te golpeó.
—No.
Me limpié la cara.
Qué extraño.
Una semana antes habría dado cualquier cosa por una respuesta sencilla.
Ahora era capaz de aceptar tres palabras.
No lo sé.
—Había algo más —dije.
—¿Qué?
—Yo sabía que podía volver a perder la memoria.
—Sí.
—Y le pedí a Sergio que no dejara que me trataran otra vez.
Fernando asintió.
—Entonces antes del accidente ya habías decidido no volver a olvidar.
—Sí.
Miré la ventana.
La noche no había empezado con el accidente.
Había empezado mucho antes.
El verdadero misterio era qué había ocurrido para que yo pasara de pedir que me quitaran recuerdos a arriesgarlo todo para conservarlos.