CAPÍTULO 27 - El principio
El principio no era Sergio.
Tampoco Álvaro.
Era Marcos.
Eso comprendí cuando Fernando me ayudó a abrir uno de los archivos de Elena.
Un vídeo.
Años atrás.
Marcos sentado frente a una cámara.
—Si esto llega fuera de Nexum, significa que no he conseguido arreglarlo dentro.
Su voz era tranquila.
No parecía un hombre que esperara morir.
Explicaba el proyecto.
Salas trataba a pacientes con trauma severo mediante un protocolo de exposición, medicación y reconsolidación.
Nada de aquello era ilegal por sí mismo.
El problema apareció cuando los resultados fueron mejores de lo esperado.
Algunos pacientes describían recuerdos menos vívidos.
Otros dejaban de experimentar respuestas emocionales.
Uno empezó a negar que un episodio hubiera ocurrido.
Salas vio una posibilidad.
Nexum vio una línea de negocio.
Marcos vio un límite.
—Empezaron a cambiar consentimientos después de firmarlos —decía—. A retirar efectos adversos de los informes. A repetir procedimientos en personas que no estaban en condiciones de consentir de nuevo.
La grabación se cortaba.
Volvía.
—Sergio cree que podemos conseguir pruebas. Álvaro quiere cerrar el sistema y salir. Los dos tienen razón y los dos están equivocados.
Fernando pausó.
—¿Quieres seguir?
—Sí.
—Clara.
—Sigue.
Marcos hablaba de una copia.
De un servidor externo.
De mi padre como responsable de una ronda de financiación.
No decía que mi padre supiera todo.
Decía algo peor.
"Ya sabe suficiente para hacer preguntas y ha decidido no hacerlas".
Cerré los ojos.
La descripción servía para casi todos.
El vídeo terminaba la noche antes de la caída.
Después había una grabación de Elena, mucho más reciente.
—Marcos murió porque demasiadas personas creyeron que todavía tenían una hora más para decidir qué era lo correcto.
Fernando detuvo.
—Eso es muy bueno.
Lo miré.
—Mi hermano, el crítico literario.
—Quiero decir que es preciso.
Continué sola.
Elena explicaba la cadena.
Marcos cita a Sergio y Álvaro.
Sergio lleva una copia parcial.
Discuten.
Marcos intenta recuperar una carpeta.
Álvaro se interpone.
Marcos cae.
Álvaro llama a emergencias.
Salas llega.
Retrasan a la policía.
Mi padre ayuda a proteger a la empresa.
Marcos muere dos días después.
Sergio dedica años a conseguir la copia completa.
Se acerca a mí para llegar a mi padre.
Se enamora.
Se casa conmigo.
Miente.
Yo descubro una parte.
Nos separamos.
Sergio desaparece.
Finge morir.
Álvaro me ayuda a sobrevivir.
Yo descubro que también había mentido.
Elena me encuentra.
Muere.
Salas me trata.
Yo olvido.
Recuerdo.
Vuelvo a olvidar.
Y finalmente, una noche, decido entregar todo.
Hasta que tengo un accidente.
La historia ya no parecía una conspiración.
Parecía una cadena de decisiones humanas.
Eso daba más miedo.
Porque no había un cerebro maestro.
Había personas justificándose.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Fernando.
—Encontrar la copia de Sergio.
—¿Y después?
—Entregarla.
—Puede incriminarte.
Lo miré.
—¿A mí?
—No sabes qué hiciste durante esos años.
Tenía razón.
—Entonces también.
Fernando se quedó callado.
—¿Y Álvaro?
—Si aparece, también.
—¿Sergio?
—También.
—¿Papá?
La pregunta dolió.
—También.
Mi hermano asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Llevas una semana intentando decidir quién merece ser el malo. Quizá ya has entendido que eso no importa.
Miré la pantalla congelada con la cara de Marcos.
—No quiero otro tratamiento.
—No.
—Aunque recuerde algo que no pueda soportar.
—No.
—Aunque te lo pida.
Fernando tardó.
—Si estás en condiciones de decidir, no puedo decidir por ti.
—Eso no es lo que te pregunto.
Me miró.
—Entonces no. No te ayudaré a olvidar.
Respiré.
Por primera vez alguien acababa de prometerme algo que sí quería conservar.
No la verdad.
El derecho a soportarla.