CAPÍTULO 26 - Las dos versiones
Nos fuimos de la estación por separado.
Yo con Álvaro.
No porque confiara más en él.
Porque Sergio llevaba cuatro años escondiéndose y no pensaba entrar en un coche con un hombre que acababa de admitir que me había seguido hasta un accidente.
Álvaro no habló durante el trayecto.
Yo tampoco.
Al llegar a casa puse el teléfono sobre la mesa.
—Tu versión.
Él se quedó de pie.
—¿De qué parte?
—De Sergio.
—Eso es demasiado.
—Empieza por lo peor.
Álvaro sonrió sin humor.
—Bien.
Se sentó.
—Sergio era mi mejor amigo.
No esperaba que empezara así.
—Nos conocimos en Nexum. Él era brillante, caótico, convincente. Yo era bueno haciendo que las cosas funcionaran después de que él prometiera que podían funcionar.
—¿Y Marcos?
—Era el que nos decía que no todo lo que podía hacerse debía hacerse.
La frase quedó entre nosotros.
—Cuando murió, Sergio se obsesionó con Salas. Yo quería cerrar la empresa y olvidar. Él quería demostrar que Salas había provocado todo.
—¿Y tú qué hiciste?
—Ayudé a ocultar que habíamos retrasado la llamada a la policía.
—Para protegerte.
—Sí.
—¿Y Sergio?
—También.
—Después te robó.
—Sacó dinero de una empresa que montamos años más tarde.
—¿Por qué?
—Dijo que necesitaba financiar la búsqueda del archivo de Marcos.
—¿Le creíste?
—A veces.
—¿Lo denunciaste?
—Sí.
—¿Y desapareció?
—Antes del juicio.
—Con tu ayuda.
Álvaro cerró los ojos.
—Sí.
—No entiendo eso.
—Yo lo odiaba. También sabía que Salas lo estaba buscando. Sergio me enseñó fotos de dos hombres siguiendo a Clara.
Mi nombre.
En una historia en la que todavía ni siquiera sabía que existía el peligro.
—¿Yo ya estaba separada de él?
—Sí.
—¿Y me seguían por Sergio?
—Eso creíamos.
—¿Por mi padre?
—Después entendimos que también.
Álvaro se pasó una mano por la cara.
—Sergio dijo que si desaparecía, Salas dejaría de utilizarte para encontrarlo.
—Y lo ayudaste.
—Le conseguí un coche, dinero y un contacto.
—¿Sabías lo del cadáver?
—No.
—Pero cuando lo supiste callaste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ya te había visto hundirte.
—Eso no te daba derecho.
—No.
Otra vez.
Sin defensa.
Era más difícil odiarlo así.
—¿Cuándo supiste que Sergio estaba vivo?
—Siempre supe que debía estarlo. No supe dónde hasta meses después.
—¿Te llamó?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Saber cómo estabas.
—¿Se lo dijiste?
—Al principio no.
—¿Después?
—Sí.
—¿Por qué?
Álvaro me miró.
—Porque tú me lo pediste.
Todo terminaba conmigo.
—¿Yo hablaba con él?
—No al principio. Cuando descubriste que estaba vivo, sí.
—¿Y por qué no volví con él?
—Porque para entonces ya sabías que te había buscado por tu padre, lo de Marcos, el dinero y la muerte fingida.
—Y aun así seguía queriéndolo.
—Sí.
La respuesta fue suave.
No celosa.
Eso me dolió.
—¿Tú cuándo empezaste a quererme?
Álvaro miró hacia la ventana.
—Antes de que fuera correcto.
—¿Mientras estaba con Sergio?
—Sí.
—¿Hiciste algo?
—No.
—¿Sergio lo sabía?
—Sí.
—¿Por eso os pegasteis?
—En parte.
—¿Y después aprovechaste que desapareció?
La pregunta era cruel.
Álvaro la aceptó.
—Durante meses pensé que cualquier cosa que sintiera por ti me convertía en eso.
—¿Y qué cambió?
—Tú.
—Yo qué.
—Me besaste.
Casi sonreí.
Ya me lo había contado.
Esta vez sonó distinto.
—Después intenté alejarme.
—¿Y yo?
—Me dijiste que estabas cansada de que los hombres de tu vida tomaran decisiones nobles sin preguntarte.
La frase sí podía ser mía.
—¿Y nos casamos sabiendo que Sergio estaba vivo?
—Sí.
—¿Por qué aceptaste?
Álvaro tardó.
—Porque me elegiste con toda la información que yo tenía.
—No con toda la verdad.
—No.
—Ahí está tu problema.
—Lo sé.
Me levanté.
—¿Qué recuerdas de la noche del accidente?
—Que saliste de casa con una carpeta.
—¿Intentaste detenerme?
—No.
—¿Sabías que iba a la policía?
—Sí.
—¿Y Sergio?
—Sí.
—¿Salas?
Álvaro bajó la mirada.
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Porque una hora antes me llamó.
Sentí frío.
—¿Qué dijo?
—Que si entregabas el archivo, destruirías a demasiadas personas.
—¿Y tú?
—Le dije que era el problema de esas personas.
Aquello me sorprendió.
—¿De verdad?
—Fue nuestra última discusión.
—¿Con Salas?
—Sí.
—¿Y conmigo?
Álvaro me miró.
—Nuestra última conversación fue otra.
—¿Cuál?
—Me preguntaste si, si despertabas sin recordarme, intentaría convencerte de que me querías.
No respiré.
—¿Qué respondiste?
—Que sí.
Cerró los ojos.
—Y tú me dijiste que esa era exactamente la razón por la que no podía confiar en mí.
La habitación se quedó en silencio.
—Tenías razón.
Miré al hombre que era mi marido.
No recordaba amarlo.
Pero empezaba a reconocer el lugar exacto donde sus errores encajaban con los míos.