Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 25 - La llamada
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CAPÍTULO 25 - La llamada

Álvaro no parecía sorprendido de ver a Sergio.

Eso fue lo peor.

Caminó hacia nosotros.

Sergio se levantó.

Durante un instante pensé que iban a golpearse.

No ocurrió.

Se miraron como dos personas que habían hecho aquello demasiadas veces.

—Te dije que no la contactaras —dijo Álvaro.

—Y yo te dije que dejaras de hablar por ella.

—Basta.

Los dos se callaron.

Me sorprendió.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunté.

Álvaro miró mi teléfono.

—Compartimos ubicación.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes del accidente.

—¿Y no se te ocurrió decirme que podías seguirme?

—La desactivaste hace meses. Volvió a activarse al restaurar el móvil del hospital.

Otra cosa que podía ser inocente y aterradora a la vez.

La apagué.

—Ya no.

Álvaro asintió.

—Bien.

Sergio soltó aire por la nariz.

—Qué civilizados.

—Tú cállate —dije.

Sergio se calló.

—Álvaro, ¿firmaste mi primer procedimiento?

Su cara cambió.

—Sí.

No esperaba una respuesta tan rápida.

—¿Por qué?

—Porque estabas ingresada y Salas dijo que necesitaba autorización de la persona que figuraba como contacto médico.

—¿No era mi marido Sergio?

Sergio apartó la mirada.

Álvaro respondió.

—Ya os habíais separado. Habías cambiado el contacto.

—¿Por ti?

—Sí.

—¿Yo había pedido el tratamiento?

—Habías pedido ayuda. No ese procedimiento en esos términos.

Sentí frío.

—Explícate.

Álvaro miró a Sergio.

—No aquí.

Me reí.

—Si alguien vuelve a decirme eso, grito.

Se sentó.

—Después de la muerte de Elena tuviste una crisis. Estuviste dos días casi sin dormir. Empezaste a tener lagunas. Salas dijo que podía estabilizarte.

—¿Borrándome recuerdos?

—No lo presentó así.

—¿Tú sabías que estaba relacionado con Nexum?

—No entonces.

Sergio soltó una risa amarga.

—Claro.

Álvaro se levantó.

—Tú desapareciste cuando ella más te necesitaba.

—Porque si me quedaba Salas llegaba hasta ella.

—Llegó igual.

—Basta.

Me dolía la cabeza.

No por el accidente.

Por ellos.

—¿Qué ocurrió después del procedimiento?

Álvaro volvió a mirarme.

—Te despertaste tranquila.

—¿Recordaba a Sergio?

—Sí.

—¿A ti?

—Sí.

—¿A Elena?

—No al principio.

Sergio cerró los ojos.

—¿Y cuándo volvió?

—Semanas después. Fragmentos.

—¿Y yo decidí repetirlo?

Álvaro negó.

—Yo intenté impedirlo.

Miré a Sergio.

—¿Tú?

—También.

—¿Por qué?

—Porque ya sabíamos que Salas había utilizado más de lo que debía.

Me senté.

Una revelación distinta.

No eran dos hombres tratando de borrarme.

Los dos habían intentado detenerme en algún momento.

—Entonces ¿por qué repetí?

Álvaro habló más bajo.

—Porque descubriste lo de Marcos. Lo de tu padre. Lo de Sergio acercándose a ti. Todo a la vez.

—Y no pude soportarlo.

—Eso dijiste.

—¿Y Salas aceptó?

—Sí.

—¿Quién firmó?

—Tú.

Aquello importaba.

Yo.

Otra vez.

—¿Y después me arrepentí?

Los dos guardaron silencio.

—¿Me arrepentí?

—Sí —dijo Sergio.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me llamaste.

Álvaro lo miró.

No sabía aquello.

—¿Cuándo?

—Tres semanas después.

Sergio me sostuvo la mirada.

—Dijiste que habías empezado a dejarte notas porque los recuerdos volvían de forma desordenada. Y que si alguna vez volvías a pedir olvidar, alguien tenía que detenerte.

—¿Y tú aceptaste?

—Sí.

—¿Lo hiciste?

Sergio no contestó.

Ahí estaba.

No.

—La noche del accidente me seguiste.

—Sí.

—No para detenerme de olvidar.

—No.

—Para detenerme de hablar.

—Sí.

Sentí una calma extraña.

Por fin las piezas no convertían a nadie en una sola cosa.

Álvaro había firmado algo que no entendía y después intentó impedirlo.

Sergio había intentado impedir que olvidara y después casi provocó mi muerte para protegerse.

Yo había pedido olvidar y después había pasado meses dejando instrucciones para recordarlo todo.

—¿Quién tiene el archivo? —preguntó Álvaro.

Sergio lo miró.

—No te importa.

—Sí me importa si Salas está buscándola.

—¿La está buscando?

Álvaro sacó su teléfono.

Me enseñó una llamada.

Salas.

Hacía veinte minutos.

Debajo, un mensaje.

Si Clara está con Sergio, sácala de allí. Ya sabe demasiado.

Miré a Sergio.

—¿Cómo sabe que estamos aquí?

Sergio palideció.

Por primera vez desde que lo había visto.

No parecía saber la respuesta.

Y eso me preocupó más que cualquier mentira.