Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 24 - Estoy vivo
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CAPÍTULO 24 - Estoy vivo

A las once menos cinco estaba en la estación.

A las once y dos pensé que Sergio no aparecería.

A las once y siete vi a un hombre junto a una columna.

Lo reconocí antes de verle la cara.

La forma de apoyar el peso sobre una pierna.

Una mano en el bolsillo.

El gesto de mirar el reloj y volver a mirar tres segundos después.

Mi cuerpo supo quién era.

Yo tardé un poco más.

Sergio había envejecido.

No de una manera espectacular.

Tenía más canas.

Estaba más delgado.

La barba ocultaba parte de su cara.

Pero el lunar junto a la oreja seguía allí.

Se acercó.

No me moví.

A dos metros se detuvo.

—Hola, Clara.

La voz terminó de hacerlo real.

No el teléfono.

No un mensaje.

El aire moviéndose entre nosotros.

—Estás vivo.

—Sí.

—No sé qué se supone que tengo que hacer con eso.

Sergio bajó la mirada.

—Nada.

—Bien.

Nos sentamos en una cafetería.

No me tocó.

Agradecí que no lo intentara.

Durante unos segundos observé sus manos.

Recordaba esas manos.

Una cicatriz en el índice.

Las uñas demasiado cortas.

La alianza había desaparecido.

Eso me dolió de una forma absurda.

Yo llevaba otra.

La de Álvaro.

—Quiero una prueba —dije.

—Estoy aquí.

—De que eres tú y no la persona que me conviene creer que eres.

Sergio sonrió un poco.

—Lisboa.

—Ya.

—Segundo día. Lluvia. Dijiste que sabías volver al apartamento.

—Me perdí.

—Nos perdimos.

—Fue culpa tuya por hacerme caso.

—Compramos dos botellas de vino.

—Una.

—Dos. Rompiste una en la escalera.

La imagen llegó.

Vidrio verde.

Una vecina protestando en portugués.

Sergio recogiendo los trozos.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—Eres tú.

—Sí.

—Fuiste mi marido.

—Sí.

—Y Álvaro es mi marido.

Sergio tardó.

—Sí.

Aquello importaba.

No intentaba disputarle el título.

—¿Por qué acepté eso?

—Porque ya no estábamos juntos.

—Eso no responde.

—Porque lo querías.

Miré mi café.

—¿Te dolió?

Sergio sonrió sin humor.

—Muchísimo.

—¿Intentaste impedir la boda?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque creía que Álvaro te estaba utilizando.

—¿Lo estaba?

—No de la forma que yo pensaba.

—Qué generoso.

—No he venido a hablar bien de él.

—Has venido porque necesito algo.

Sergio me sostuvo la mirada.

—Yo también necesito algo.

—El archivo.

—Que no lo entregues entero.

—Ahí está.

—Clara...

—Todo vuelve a ti.

Me levanté un poco.

—Me buscaste por mi padre. Ocultaste a Marcos. Fingiste tu muerte. Me viste en tu funeral. Guardaste un archivo durante años. Y ahora apareces porque yo puedo hacer algo que te perjudica.

—Sí.

Me senté de nuevo.

La respuesta me desconcertó.

—¿Por qué admitirlo?

—Porque si te miento otra vez, te vas.

—Aprendes rápido.

—He tenido cuatro años.

Respiró.

—El archivo contiene pruebas contra Salas. También contiene cosas que me incriminan a mí. Transferencias. Accesos. Copias que hice. Dinero que moví. No quiero ir a prisión.

—Al menos eso es claro.

—Pero si no se entrega, Salas seguirá.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que saquemos lo que demuestra los procedimientos y dejemos fuera lo demás.

Me reí.

—Quieres editar la verdad.

—Quiero sobrevivir.

—Ya lo hiciste una vez.

Le dolió.

—Sí.

Saqué el teléfono.

—¿Dónde está el archivo?

—Seguro.

—Eso no es un lugar.

—No voy a decírtelo todavía.

Me levanté.

—Entonces hemos terminado.

—Clara.

—Te avisé.

Di dos pasos.

—Yo provoqué tu accidente.

Me detuve.

El ruido de la estación desapareció.

Me volví.

Sergio seguía sentado.

—¿Qué has dicho?

—No sé si fui la causa directa.

—No juegues ahora.

—Te seguí. Ibas hacia una comisaría. Yo sabía lo que llevabas.

—¿Cómo?

—Me habías llamado esa tarde.

No recordaba.

—Te pedí que esperaras. No quisiste.

—¿Y me seguiste?

—Sí.

—¿Me golpeaste?

—No.

—¿Te acercaste?

Sergio cerró los ojos.

—Demasiado.

Una imagen.

Lluvia.

Faros en el retrovisor.

El corazón empezó a latirme.

—¿Ibas detrás de mí?

—Sí.

—¿Me adelantaste?

—Intenté ponerme a tu lado.

—¿Por qué?

—Para que pararas.

Sentí náuseas.

—¿Y me salí de la carretera?

—Cuando volví al carril detrás de ti, frenaste. El coche se fue.

—¿Me tocaste?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Creo que no.

—Estabas allí.

—Llovía. Todo ocurrió en segundos.

—¿Fuiste el primero en llegar?

—Sí.

La imagen.

Una voz inclinada sobre mí.

Clara.

—¿Me sacaste?

—No. No podías moverte. Llamé a emergencias.

—Y huiste.

Sergio bajó la cabeza.

—Sí.

—Porque estabas muerto.

—Sí.

Me acerqué.

—Casi me matas para evitar que entregara un archivo.

—No quería hacerte daño.

—Deja de decir lo que querías.

Mi voz temblaba.

—Toda esta historia está llena de gente que no quería hacer daño.

Sergio levantó los ojos.

No se defendió.

—Tienes razón.

—Dame el archivo.

—No.

—Entonces se acabó.

—Clara.

Me giré.

—Hay algo más.

—Siempre.

—No ibas a entregarlo a la policía solo por Salas.

Me detuve.

—¿Por qué más?

Sergio miró hacia la entrada de la terraza.

—Porque habías descubierto quién firmó tu primer procedimiento cuando tú no podías hacerlo.

No tuve que preguntar.

Su mirada pasó por encima de mi hombro.

Me giré.

Álvaro estaba allí.

A diez metros.

Mirándonos.

Y por primera vez los dos hombres que mi vida había llamado marido estaban delante de mí al mismo tiempo.