CAPÍTULO 23 - La voz
Sergio llamó al anochecer.
—No pongas el altavoz.
—No pensaba hacerlo.
Hubo una pausa.
—Estás enfadada.
—Gran capacidad de observación.
—Clari.
—No.
Se calló.
Aquella palabra ya no funcionaba.
Eso me dolió.
—Sé por qué me buscaste.
Al otro lado no se oyó nada.
—Mi padre. El archivo. Nexum.
Sergio expulsó el aire despacio.
—Entonces ya has llegado bastante lejos.
—No me hables como si fuera un juego.
—No lo es.
—¿Me elegiste?
Silencio.
—¿Me viste en fotografías y decidiste acercarte?
—Sí.
La respuesta limpia casi me hizo colgar.
—¿La noche que nos conocimos fue preparada?
—Sabía que ibas a estar allí.
Cerré los ojos.
El bar.
La cerveza.
Su broma.
Todo seguía existiendo.
Solo había cambiado el motivo por el que él estaba allí.
—¿Qué querías de mí?
—Llegar a tu padre.
—¿Y después?
—Después te conocí.
—No conviertas esto en una historia romántica.
—No intento hacerlo.
—Entonces dime cuándo dejé de ser una herramienta.
Sergio tardó tanto que pensé que iba a evitarlo.
—La tercera vez que quedamos.
—Qué preciso.
—Porque ese día decidí no preguntarte por tu padre.
No quería que aquello me conmoviera.
Lo hizo.
—¿Y aun así nunca me contaste el principio?
—No.
—¿Por qué?
—Cobardía.
Otra respuesta sin defensa.
—¿Y Marcos?
—Fue un accidente.
—Organizaste la reunión.
—Sí.
—Sabías que podía ser violento.
—Sí.
—Buscaste el archivo mientras estaba herido.
—Sí.
—Y después pasaste años intentando convencerte de que eras el que quería sacar la verdad.
Sergio se quedó callado.
—Sí —dijo finalmente.
Me senté.
—¿Por qué fingiste tu muerte?
—Salas me había encontrado. Sabía que conservaba una copia parcial. Yo estaba endeudado, tenía una denuncia pendiente por dinero que había sacado de una empresa con Álvaro y...
—¿Robaste?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—Álvaro dijo casi doscientos mil.
—Menos. Pero no importa.
—Importa.
—Lo devolví casi todo.
—Eso tampoco lo vuelve otra cosa.
—No.
Me sorprendía lo poco que se defendía.
Quizá había esperado cuatro años aquella conversación.
—Salas me ofreció desaparecer.
—A cambio del archivo.
—Sí.
—Pero conservaste una copia.
—Sí.
—Y dejó morir a un hombre para convertirlo en ti.
—No sabía que iba a hacerlo así.
—Pero no apareciste después.
Sergio respiró.
—No.
—Fui a tu funeral.
—Lo sé.
—Estabas allí.
—Sí.
Se me quebró la voz.
—Me viste llorar.
—Sí.
—Y no hiciste nada.
La pausa fue larga.
—Fue el peor momento de mi vida.
—No. Fue uno de los peores de la mía. Tú elegiste estar allí.
Silencio.
—Tienes razón.
Lloré.
No mucho.
Lo suficiente para odiarlo por conseguir que todavía me doliera.
—¿Por qué volví a verte en el Mirador?
—Porque descubriste que estaba vivo.
—¿Quién me lo dijo?
—Elena.
—¿Qué pasó en la habitación 314?
Sergio tardó.
—Te enseñé el archivo.
—¿Todo?
—Una parte.
—¿Qué vi?
—Tu nombre.
Sentí frío.
—¿Yo era paciente de Nexum?
—No entonces.
—Explícate.
—El protocolo que Salas usó contigo años después derivaba de aquel proyecto. Cuando viste cómo habían alterado consentimientos, entendiste que lo que él te estaba ofreciendo no era una terapia normal.
—¿Y aun así lo acepté?
—No inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—Empezaste a tener episodios.
—Por qué.
Silencio.
—Sergio.
—Porque Elena murió.
Cerré los ojos.
—¿La mató Salas?
—No puedo demostrarlo.
—¿Qué crees?
—Creo que Elena estaba aterrorizada y llevaba semanas tomando medicación. Creo que Salas la presionó. Creo que su muerte le convenía. No sé si hizo algo más.
No necesitaba una conspiración perfecta.
A veces bastaba con empujar a alguien hasta el borde.
—¿Y yo me derrumbé?
—Sí.
—¿Tú estabas conmigo?
—No.
—¿Álvaro?
—Sí.
La palabra me dolió.
—¿Qué hiciste tú?
—Desaparecer otra vez.
—Claro.
—Pensé que era más seguro.
—Para ti.
—Sí.
Me levanté.
—Quiero verte.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso.
Silencio.
—Mañana. Estación Norte.
—¿A qué hora?
—Once.
—No me hagas seguir instrucciones absurdas.
—No lo haré.
—Y Sergio.
—Sí.
—Si vuelves a mentirme, me levanto y me voy.
Tardó.
—Es justo.
Antes de colgar pregunté:
—¿Me seguiste la noche del accidente?
No respondió.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja.
—Sergio.
—Sí.
Una palabra.
Solo una.
Pero el miedo regresó con una forma nueva.
Hasta entonces Sergio había sido un muerto que intentaba hablarme.
Ahora era un hombre vivo que había estado en la carretera la noche en que casi morí.