CAPÍTULO 22 - Pregúntamelo
—Pregúntamelo.
Mi padre lo dijo cuando ya tenía la mano en la puerta.
Me volví.
—¿Qué?
—Llevas días preguntando cuándo conocí a Sergio. Qué sabía. Qué hizo Álvaro. Qué escondió tu madre.
Se sentó.
—Pero no me has preguntado por qué yo estaba dispuesto a proteger a Sergio después de descubrir lo que había hecho.
Regresé al salón.
—¿Por qué?
Mi padre asintió.
—Porque Marcos no murió por una conspiración.
Esperé.
—Murió por nosotros.
—¿Nosotros quiénes?
—Todos los que decidimos que aquella noche podía arreglarse sin contar la verdad.
Sentí un escalofrío.
—Tú no estabas en la caída.
—Llegué después. Vi a Marcos en el suelo. Vi a Sergio buscando la carpeta. Vi a Álvaro intentando llamar a la policía y a Salas quitándole el teléfono.
—¿Qué?
—Salas dijo que si entraba la policía antes de retirar los equipos, cerrarían la clínica, la empresa, todo. Que primero había que estabilizar a Marcos.
—¿Y le creísteis?
Mi padre miró sus manos.
—Queríamos creerle.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—¿Qué hiciste tú?
—Llamé a un inversor. Intenté ganar tiempo. Cuando llegó la ambulancia, Salas ya había cambiado la historia.
—¿Y Marcos murió dos días después?
—Sí.
—¿Elena sabía que retrasasteis la llamada?
—Al final sí.
—Por eso os odiaba.
—Tenía motivos.
Me senté.
—¿Y Sergio?
—Se obsesionó con demostrar que Salas llevaba años haciendo cosas peores.
—¿Por culpa?
—Por culpa. Por miedo. Por protegerse. Es difícil separar unas cosas de otras después.
—¿Y me buscó porque pensaba que tú tenías el archivo?
—Sí.
—¿Tú sabías que yo era el camino hasta ti?
—No.
—Cuando lo descubriste, ¿por qué no lo denunciaste?
—Porque ya estabais casados.
Solté una risa.
—Gran argumento.
—No es un argumento. Es mi fracaso.
La frase me hizo callar.
—Creí que podía hablar con él, obligarlo a dejarte fuera. Creí que si te contaba la verdad te destruiría un matrimonio por algo que había empezado años antes.
—Así que decidiste por mí.
—Sí.
No añadió "para protegerte".
Agradecí que no lo hiciera.
—¿Y después Sergio desapareció?
—Después tú descubriste las deudas, las mentiras y el vínculo con Nexum. Os separasteis. Él empezó a recibir amenazas. Salas quería la copia que Sergio decía tener. Y entonces fingió su muerte.
—Con tu ayuda.
—Con una llamada mía. Una.
—Bastó.
—Sí.
Respiré.
—¿Qué te pidió?
—Que si salía mal te dijera que estaba muerto.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creí que así te dejaría en paz.
—No te creo.
Mi padre levantó los ojos.
—Porque también quería castigarle.
Aquello sí lo creí.
—Quería que desapareciera de verdad. De tu vida. De la nuestra. De todo.
—¿Y cuando volvió?
—Me pidió que te ayudara.
—¿Cuándo volvió?
—Mucho antes de tu boda con Álvaro.
Sentí el corazón en la garganta.
—¿Lo vi?
—Sí.
—¿Dónde?
—Hotel Mirador.
Habitación 314.
La imagen volvió.
Una puerta.
Mi mano.
Un hombre más delgado.
—¿Qué pasó?
—Nunca me lo contaste completo.
—¿Qué dijiste cuando regresé?
—Nada. Llegaste a casa, te sentaste en la cocina y dijiste: "Sergio está vivo y ojalá no lo estuviera".
Me quedé inmóvil.
Mi memoria conservaba al hombre que amaba.
La mujer de después había deseado su muerte.
—¿Por qué?
—Pregúntaselo.
Cerré los ojos.
Esta vez no me enfadé por la respuesta.
Sabía que se acercaba.
La conversación con Sergio ya no podía seguir siendo un teléfono.
—Una cosa más —dije.
—Sí.
—¿Por qué me casé con Álvaro sabiendo que había ayudado a Sergio?
Mi padre sonrió, triste.
—Esa sí puedo contestarla.
Esperé.
—Porque Álvaro te confesó su parte antes de que tú la encontraras.
—¿Toda?
—La suficiente para que pudieras elegir.
—Y elegí casarme.
—Sí.
—¿Confiaba en él?
—No del todo.
—Eso no tiene sentido.
—El matrimonio rara vez funciona con frases tan limpias como confianza o desconfianza.
Se puso las gafas.
—Lo querías. Y habías aprendido que querer a alguien no obliga a creerle todo.
Me levanté.
En la puerta mi padre añadió:
—Clara.
—¿Qué?
—Cuando hables con Sergio, no le preguntes si te quiso.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes la respuesta.
—¿Qué le pregunto?
Mi padre me sostuvo la mirada.
—Por qué te siguió la noche del accidente.
El aire cambió.
—¿Estaba allí?
—Eso creo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no tenía pruebas.
—¿Y ahora?
—Ahora tienes una voz al otro lado del teléfono.
Salí.
Por primera vez no iba a preguntarle a Sergio quién había sido.
Iba a preguntarle qué había hecho.