CAPÍTULO 20 - Antes de mí
Sergio y Álvaro habían tenido una vida antes de mí.
Esa idea me molestaba de una forma infantil.
No porque mi marido —cualquiera de los dos— hubiera existido antes de conocerme.
Porque aquella vida parecía explicar la mía.
Busqué Nexum Data.
No el proyecto.
La empresa.
Una página archivada mostraba diecisiete empleados delante de una pared azul.
Encontré a Sergio enseguida.
Más joven.
Pelo demasiado largo.
Sonriendo.
Álvaro estaba cuatro personas a su derecha.
Marcos Vidal, en el centro.
Debajo, una fecha.
Doce años atrás.
Seguí buscando.
Programas de congresos.
Presentaciones.
Un documento técnico firmado por Sergio Ortega, Álvaro Ruiz y Marcos Vidal.
Un blog antiguo.
Una fotografía en una terraza.
Los tres.
Amigos.
No dos hombres unidos por mí.
Tres hombres unidos mucho antes.
Encontré una publicación del día en que Marcos dejó la empresa.
Luego otra.
Después ninguna.
Tres semanas más tarde, una esquela.
MARCOS VIDAL SERRANO.
Treinta y un años.
No decía cómo había muerto.
Busqué noticias.
Nada.
Solo un mensaje de Sergio en una red social.
Lo siento, hermano.
Me alejé de la pantalla.
El teléfono sonó.
Álvaro.
Contesté.
—Nexum Data.
Silencio.
—Clara...
—Marcos Vidal.
Su respiración cambió.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—Sí importa.
—¿Cómo murió Marcos?
—Ya te lo he dicho. Cayó por una escalera.
—¿Quién lo empujó?
Álvaro no respondió.
—¿Tú?
—No.
—¿Sergio?
—No.
—¿Entonces?
—Nadie.
Me reí.
—Qué casualidad.
—Discutimos. Marcos intentó quitarle una carpeta a Sergio. Yo me metí en medio. Él retrocedió. Perdió el equilibrio.
—¿Y murió?
—Dos días después.
—¿Llamasteis a una ambulancia?
—Sí.
—¿A la policía?
Silencio.
—Álvaro.
—No inmediatamente.
—¿Cuánto?
—Casi una hora.
Sentí frío.
—¿Qué hicisteis durante esa hora?
—Buscar el archivo.
Aquello era peor que un empujón.
—Un hombre estaba en el suelo y buscasteis un archivo.
—Respiraba. La ambulancia ya venía.
—¿Quién la llamó?
—Yo.
—¿Y mientras?
—Sergio buscó.
—¿Lo encontró?
—No.
—¿Quién lo tenía?
—Marcos lo había enviado fuera.
—¿A quién?
Álvaro tardó.
—A Elena.
Todo cerró un poco.
—Por eso ella sabía.
—Sí.
—¿Y Salas?
—Llegó antes que la policía.
—Otra vez.
—Sí.
El patrón.
Salas apareciendo antes.
Informes que cambiaban.
Personas convencidas de que aún podían arreglar una tragedia sin contarla entera.
—¿Qué había en el archivo?
—Registros de pacientes. Consentimientos. Resultados que no coincidían con los que se habían declarado.
—¿Y mi padre?
Silencio.
—¿Qué hacía mi padre allí?
—No estaba en la caída.
—Pero conocía a Marcos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Nexum necesitaba financiación.
Me quedé quieta.
—Mi padre puso dinero.
—Consiguió inversores.
—¿Sabía para qué?
—No al principio.
—¿Y después?
Álvaro no respondió.
Exactamente.
Después.
Siempre era después cuando las personas descubrían que habían cruzado una línea.
—¿Por qué Sergio se acercó a mí?
—Esa pregunta tienes que hacérsela a él.
—Tú lo sabes.
—Sí.
—Entonces dime.
—No.
Sentí rabia.
—Otra vez controlando la información.
—No. Esta vez estoy protegiendo una cosa que no es mía.
—¿Cuál?
—Tu primer recuerdo de él.
La respuesta me dejó callada.
—Si te digo por qué se acercó, voy a entrar en cada momento que recuerdes con Sergio. Prefiero que sea él quien cargue con eso.
Colgué.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque sabía que tenía razón en una cosa.
Algunas verdades no eran información.
Eran explosivos.
Y llevaba días pidiendo a los demás que me los entregaran sin preguntar dónde iba a estar yo cuando estallaran.