Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 19 - La muerte de Sergio
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CAPÍTULO 19 - La muerte de Sergio

No esperé a que Sergio me contara cómo había muerto.

Empecé sin él.

La muerte oficial tenía una fecha.

Una carretera secundaria.

Un vehículo calcinado.

Un cuerpo identificado mediante una muestra médica.

Nada más.

Busqué la dirección.

Busqué noticias antiguas.

Foros.

Comentarios.

Una publicación de una asociación vecinal mencionaba el accidente.

Una mujer aseguraba haber visto dos coches.

Otro usuario decía que había llegado un hombre antes que la policía.

Moreno. Unos cuarenta. Se llamaba Álvaro o algo así.

Sentí que se me helaban las manos.

La fecha era anterior a cualquier relación entre Álvaro y yo.

Copié el comentario.

Busqué al usuario.

Seguía existiendo.

Marisa Gómez.

Había un teléfono vinculado a una pequeña gestoría.

Llamé.

—¿Sí?

—¿Marisa Gómez?

—Sí.

—Me llamo Clara Montes.

Silencio.

—Quería preguntarle por un accidente de hace cuatro años.

Colgó.

Fui a verla.

La gestoría abrió a las nueve y media.

Marisa llegó con un bolso enorme y un manojo de llaves.

Me reconoció.

No sabía cómo.

—No debería estar aquí.

—¿Me conoce?

—No.

—Entonces ¿por qué me ha reconocido?

Intentó abrir.

Le temblaba la mano.

—Solo quiero saber qué vio aquella noche.

—Nada.

—Escribió que había un hombre llamado Álvaro.

Se quedó quieta.

—Internet guarda demasiadas cosas.

—¿Era Álvaro Ruiz?

Marisa me miró.

—¿Su marido?

—Sí.

La palabra pareció afectarla.

—Dios.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Estaba allí?

Asintió.

—Llegó antes que la policía.

—¿Solo?

—No.

El corazón aceleró.

—¿Con quién?

—Con otro hombre.

—¿Sergio?

—No sé.

—¿Cómo era?

Marisa dudó.

—Mayor. Pelo blanco. Elegante.

Salas.

—¿Qué hicieron?

—Entraron en el coche cuando todavía estaban los bomberos.

—¿Se podía?

—Uno enseñó una acreditación médica.

Salas.

—¿Y Álvaro?

—Parecía enfadado. Discutían.

—¿Oyó algo?

Marisa bajó la voz.

—El moreno dijo: "Esto no era lo acordado".

Sentí un escalofrío.

—¿Qué era lo acordado?

—No lo sé.

—¿Vio el cuerpo?

Negó.

—Cuando lo sacaron estaba cubierto.

—¿Y quién dijo que era Sergio?

—Al día siguiente.

—¿Usted lo creyó?

Marisa me miró de una manera extraña.

—Creí lo que decía todo el mundo.

La frase me persiguió.

Volví a casa de mis padres.

Mi padre estaba solo.

Le enseñé el comentario.

No lo negó.

—Álvaro estaba allí.

—Sí.

—Salas también.

Cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y tú identificaste el cuerpo?

—Firmé la identificación.

—¿Lo viste?

—No podía verse.

—Entonces ¿cómo?

Mi padre tardó.

—El informe de ADN.

—De Salas.

—Del laboratorio con el que trabajaba.

—¿Y te pareció normal?

—No.

—Pero firmaste.

—Sí.

—¿Por qué?

Se quitó las gafas.

—Porque Sergio me había pedido que lo hiciera.

La habitación desapareció durante un segundo.

—¿Qué?

—Me llamó dos días antes.

—Estaba vivo.

—Sí.

—Y planeaba morir.

—Planeaba desaparecer.

Me senté.

Mi padre continuó.

—Dijo que Salas podía sacarlo del país y construir una muerte creíble. Que era la única forma de proteger el archivo.

—¿Qué cuerpo usaron?

Mi padre palideció.

—Eso no lo supe hasta después.

—¿Quién era?

—Un hombre sin identificar que había muerto esa noche en otro lugar. Salas movió expedientes. No preguntes cómo. No quiero saber más de lo que sé.

Me levanté.

—Alguien murió y lo convertisteis en Sergio.

—Yo no participé en eso.

—Firmaste.

—Sí.

—Es participar.

Mi padre aceptó la frase.

—¿Álvaro lo sabía?

—Sabía que Sergio iba a desaparecer. No sabía que Salas usaría un cadáver.

—¿Y cuando llegó?

—Quiso detenerlo.

—Pero no lo hizo.

—No.

Todos.

Siempre llegaban a la misma frontera.

No habían iniciado el horror.

Solo habían decidido no detenerlo a tiempo.

—¿Por qué me mentiste?

Mi padre me miró.

—Porque tú me lo pediste.

Solté una risa.

—Por supuesto.

—Cuando descubriste que Sergio estaba vivo dijiste que no querías volver a pasar por el duelo.

—¿Y eso significaba mentirme si olvidaba?

—Significaba que no sabíamos qué significaba ayudarte.

Me acerqué a la puerta.

Antes de salir pregunté:

—¿Sergio estaba en su propio funeral?

Mi padre palideció.

No necesitaba respuesta.

—Lo viste.

—Sí.

—¿Álvaro también?

—Sí.

—¿Y yo?

Mi padre negó.

—Tú mirabas al frente.

Me fui.

En el coche tenía un mensaje de Sergio.

Ahora ya sabes cómo morí.

Respondí:

No. Ahora sé cómo mentisteis.

La respuesta llegó:

Sí.

Después:

Falta saber por qué aceptaste volver a verme después.

Miré la pantalla.

Ya no era una amenaza.

Era la pregunta que llevaba cuatro años esperando que yo pudiera responder.