CAPÍTULO 18 - El mensaje
¿Estás despierta?
Estuve a punto de no contestar.
Lo hice.
Sí.
¿Álvaro?
Durmiendo.
Mentira.
Estaba en el sofá.
Yo había cerrado la puerta del dormitorio y escuchaba sus pasos abajo.
Sergio:
Necesito saber qué recuerdas.
Yo:
Todos necesitáis eso.
No es lo mismo.
¿Por qué?
Porque yo sé qué pasa si recuerdas demasiado deprisa.
Me enfadé.
Escribí:
No vuelvas a decidir por mí.
Los tres puntos aparecieron.
Tienes razón.
Aquella respuesta me desarmó otra vez.
Después:
Hazme una pregunta.
Pensé.
No sobre Nexum.
No sobre el accidente.
Sobre nosotros.
Escribí:
¿Cómo me llamabas cuando querías que dejara de estar enfadada?
La respuesta llegó.
Clari.
Cerré los ojos.
No era prueba científica.
Era suficiente para mi cuerpo.
Otra:
¿Qué compramos en Lisboa la noche que nos perdimos?
Vino.
¿Cuántas botellas?
Dos. Tú dices una porque rompiste la segunda y sigues fingiendo que no cuenta.
Una carcajada se me escapó.
Me tapé la boca.
El mensaje siguiente tardó.
Te echo de menos.
No respondí.
Sentí una tristeza tan antigua que por un momento todo lo demás desapareció.
Sergio.
Mi cocina.
Lisboa.
El lavavajillas.
Su mano sobre mi pierna mientras conducía.
Había esperado que estuviera vivo.
Ahora que lo estaba, esa esperanza se había convertido en un problema.
Escribí:
¿Me quisiste?
Tardó mucho.
Sí.
¿Desde el principio?
Nada.
El silencio respondió.
Escribí:
Te acercaste a mí por mi padre.
Lo sé.
No fue una pregunta.
Sergio:
Sí.
La palabra me atravesó.
Yo:
Entonces el principio fue mentira.
Sergio:
El principio fue una decisión horrible.
Después ya no.
No sabía si creerlo.
No quería saberlo todavía.
Yo:
¿Por qué fingiste tu muerte?
Sergio:
Para que Salas dejara de buscarme.
Yo:
Y para evitar lo de Marcos.
Silencio.
Sergio:
También.
Yo:
¿Lo mataste?
No.
Yo:
¿Estabas allí?
Sí.
Yo:
¿Álvaro?
Sí.
Yo:
¿Mi padre?
Llegó después.
Me senté.
Ya no había forma de convertir aquello en una historia sencilla.
Sergio:
Clara, deja de buscarme.
Yo:
Llevas días escribiéndome.
Porque necesitaba saber cuánto recordabas.
Exactamente lo que hacían los demás.
Yo:
Entonces deja de usarme.
La respuesta tardó.
Tienes razón.
Después:
Pero si Salas te llama, no vayas.
Yo:
Ya me ha llamado.
Pasaron casi dos minutos.
El teléfono sonó.
Número oculto.
Sergio.
Contesté.
—¿Qué le has contado?
Su voz.
No texto.
No recuerdo.
Su voz.
Me quedé sin aire.
Era él.
La había escuchado miles de veces.
El mismo ritmo.
La misma manera de respirar antes de una frase difícil.
—Clara.
Me llevé una mano a la boca.
—Eres tú.
Silencio.
—Sergio.
—No digas mi nombre.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Me senté en el suelo.
—Estás vivo.
—Sí.
Lo había leído.
Lo había sabido.
Escucharlo fue otra cosa.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo.
Me reí entre lágrimas.
—Claro que no.
—Lo siento.
—No.
Me limpié la cara.
—No vuelvas a decirme lo que sientes. Dime la verdad.
Silencio.
—¿Álvaro sabe que estás vivo?
Sergio tardó.
—Sí.
Cerré los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que os casarais.
—¿Y yo?
—También.
Aquello me dolió y me alivió a la vez.
No había sido una mujer engañada hasta el altar.
Había sido una mujer que sabía algo que ahora no comprendía.
—Quiero verte.
—No.
—Entonces no vuelvas a llamarme.
—Clara.
—No soy la mujer que recuerdas.
La frase salió sola.
Al otro lado hubo un silencio largo.
—Lo sé —dijo.
—Y tú tampoco eres el hombre que recuerdo.
Sergio dejó de respirar.
Esa fue la primera vez que sentí que yo podía hacerle daño a él.
—Mañana —dijo finalmente—. Te llamaré.
—¿Para qué?
—Para contarte cómo morí.
La llamada terminó.
Me quedé en el suelo, con el teléfono en la mano.
Abajo, una tabla crujió.
Álvaro estaba despierto.
No sabía cuánto había oído.
Entonces llegó un último mensaje.
De Sergio.
No le digas que vamos a vernos.
Y por primera vez pensé algo que no habría sido capaz de pensar al despertar.
Tal vez ninguno de mis dos maridos merecía mi obediencia.