Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 17 - El número
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CAPÍTULO 17 - El número

Escuché el número por accidente.

Álvaro estaba en el balcón.

Yo bajaba las escaleras.

—No —dijo—. Está empezando a recordar.

Me detuve.

Silencio.

—De eso no. Todavía no.

Nueve cifras.

Las repitió.

Las memoricé.

Cuando colgó, subí otra vez antes de que me viera.

Esperé una hora.

Después salí a comprar.

Adquirí un teléfono prepago en una tienda donde nadie me pidió más conversación de la necesaria.

Marqué.

Sonó cuatro veces.

—¿Sí?

Una voz de hombre.

No Sergio.

—¿Víctor Salas?

Silencio.

—¿Quién es?

Colgué.

El teléfono empezó a vibrar casi inmediatamente.

No contesté.

Otra vez.

Otra.

A la cuarta llegó un mensaje.

Clara, tenemos que hablar.

Así que Salas sabía quién llamaba.

No era un número personal cualquiera.

Guardé el aparato.

Caminé hasta un parque.

Contesté a la siguiente llamada.

—¿Cómo sabía que era yo?

—Porque solo cuatro personas tienen este número.

—Ahora cinco.

—Clara, ¿dónde estás?

—No importa.

—¿Estás sola?

—Todo el mundo pregunta eso.

—Porque puede ser peligroso que no lo estés.

—¿Peligroso quién?

Silencio.

—¿Sergio?

Salas no respondió.

—Está vivo.

—No deberías hablar con él.

—¿Por qué?

—Porque tiene un interés evidente en cómo reconstruyes estos años.

—Usted también.

—Sí.

La sinceridad me sorprendió.

—¿Qué quiere?

—Evitar que te hagas daño.

—Eso ya lo intentó.

Silencio.

—¿Qué recuerdas?

—No voy a contestar.

—Entonces escucha. Lo que hicimos no podía producir una amnesia de cuatro años como la que tienes ahora.

—¿Está diciendo que el accidente lo hizo?

—En parte.

—¿Y lo demás?

—Tu memoria había sido sometida a procesos previos de reconsolidación. La lesión encontró una estructura ya debilitada.

—Habla como si yo fuera un edificio.

—Estoy intentando ser preciso.

—¿Me borró a Álvaro?

—No.

—¿A Sergio?

—No.

—Entonces ¿qué me hizo?

Salas tardó.

—Te ayudé a disminuir el acceso a recuerdos que tú considerabas insoportables.

—¿Cuáles?

—No puedo decírtelo.

Me reí.

—Claro.

—No porque no quiera. Porque si te los nombro puedo contaminar lo que recuperes.

Esa explicación era profesional.

Casi razonable.

Y por eso resultaba peligrosa.

—Elena pensaba que usted utilizaba esa excusa para controlar a los pacientes.

Salas se quedó callado.

—Elena estaba enferma.

—Elena está muerta.

—Lo sé.

—¿La mató?

La respiración al otro lado cambió.

—No.

—¿Sabe quién?

—No.

—¿Tenía miedo de ella?

—Sí.

Una respuesta limpia.

—¿Por qué?

—Porque había robado documentación clínica.

—¿De Nexum?

—De varios proyectos.

—¿Y Sergio tiene otra copia?

Silencio.

Había acertado.

—Doctor.

—No sabes con qué estás jugando.

—No. Llevo cuatro años sin saberlo.

Colgó.

Cinco minutos después llegó un mensaje.

No abras ningún archivo que te dé Sergio sin hablar antes conmigo.

Debajo apareció otro.

Ya lo hiciste una vez.

Me quedé mirando la frase.

Yo había tenido el archivo.

Lo había abierto.

Y después había pedido olvidar.

La pregunta ya no era qué había dentro.

Era qué había visto para decidir que prefería perder una parte de mí antes que conservarlo.