CAPÍTULO 16 - Fingir
El primer error de Álvaro llegó esa misma noche.
No hice nada especial.
Cené.
Pregunté si quedaba leche.
Dejé que él hablara.
Después, mientras recogíamos la cocina, dije:
—Creo que me acuerdo de la casa de Marta.
El plato que sostenía se quedó quieto.
Una fracción de segundo.
—¿Qué recuerdas?
—No sé.
Seguí secando un vaso.
—Música. Una terraza. Tú estabas allí.
—Sí.
—Sergio también.
—Sí.
—Y una mujer.
Álvaro no respiró.
—¿Qué mujer?
Lo miré.
—No sé.
Mentí.
Sabía que era Elena.
—¿Pelo corto?
Ahí estaba.
—Puede.
Álvaro cerró los ojos.
Lo había regalado.
—¿Quién era?
—No quiero completar tus recuerdos.
La frase habría funcionado unos días antes.
—Vale.
No insistí.
Eso lo desconcertó más.
Subí al dormitorio.
Diez minutos después escuché la puerta de casa.
Álvaro había salido.
Fui a la ventana.
Lo vi en la acera con el teléfono en la mano.
No oía lo que decía.
Sí vi que miraba hacia nuestra ventana.
Me aparté.
El teléfono viejo vibró.
Número oculto.
Él ya sabe que abriste el 214.
Escribí:
¿Álvaro?
La respuesta:
No.
Sentí frío.
¿Salas?
Esta vez tardó.
Sí.
Me senté en la cama.
¿Cómo?
Porque el guardamuebles tenía una cámara.
Miré hacia la puerta.
¿Quién eres?
Nada.
Escribí:
Si eres Sergio, di algo que solo nosotros sepamos.
La respuesta tardó casi un minuto.
No llegó una prueba.
Llegó una pregunta.
¿Cuántas veces moviste el plato de sitio después de que yo ordenara el lavavajillas?
Me llevé una mano a la boca.
No podía demostrarse.
No estaba en ningún documento.
Pero era él.
Yo lo sabía.
Respondí:
Todas.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Clari.
Cerré los ojos.
Sergio me llamaba así únicamente cuando quería conseguir algo de mí o cuando pensaba que estaba a punto de llorar.
Al abrirlos, escribí:
Quiero verte.
No.
¿Por qué?
Todavía no.
Casi me reí.
Todas las personas de mi vida parecían compartir un manual.
Escribí:
Entonces deja de escribirme.
La respuesta llegó de inmediato.
No puedo.
¿Por qué?
Porque Salas sabe que estás recordando y esta vez no va a esperar a que tú le pidas ayuda.
Se me secó la boca.
¿Qué quiere?
Lo que siempre quiso.
¿Qué?
La copia.
Pensé en el archivo de Elena.
Sergio había conservado una copia de los datos.
Tal vez durante años todo giraba alrededor de eso.
Escribí:
La tienes tú.
No respondió.
Aquello era un sí.
Otro mensaje.
Álvaro no sabe dónde está.
¿Y tú?
Sí.
¿Por qué no la entregaste?
Silencio.
La pregunta permaneció sin respuesta.
El número desapareció.
A la mañana siguiente Álvaro regresó antes de que amaneciera.
Estaba mojado.
No llovía.
—¿Dónde has estado?
—Dando una vuelta.
Sonreí.
—Qué bien nos salen ya las mentiras pequeñas.
Dejó las llaves.
—¿Has dormido?
—Sí.
—¿Has recordado algo más?
Demasiado rápido.
—Un poco.
Se acercó.
—¿Qué?
Pensé en la nota.
Finge.
—A Sergio en nuestra antigua cocina.
El alivio en su cara fue pequeño.
Pero existió.
Aquello me dolió.
No porque quisiera que me engañara.
Porque parecía preferir que recordara al Sergio doméstico.
El seguro.
El que no llevaba a Nexum.
—¿Nada más?
Negué.
—No.
Álvaro respiró.
Y cometió el segundo error.
—Mejor.
Me quedé mirándolo.
—¿Mejor?
Se dio cuenta.
—Quiero decir que no te fuerces.
—Claro.
Lo besé en la mejilla.
El gesto nos sorprendió a los dos.
No sentí amor.
Tampoco repulsión.
Solo la memoria de mi cuerpo sabiendo algo que yo no.
Álvaro cerró los ojos un instante.
—Voy a ducharme.
Cuando desapareció por el pasillo, abrí el teléfono viejo.
Escribí a Sergio:
Álvaro tiene miedo de que recuerde Nexum.
La respuesta tardó.
Todos lo tenemos.
Yo:
¿Tú también?
Sergio:
Sobre todo yo.
Aquello fue lo primero que hizo que dejara de imaginarlo como la respuesta a todo.
Sergio no estaba intentando que descubriera la verdad.
Estaba intentando que descubriera una versión de la verdad que pudiera sobrevivirle.