Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 14 - El cajón
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CAPÍTULO 14 - El cajón

Era un guardamuebles.

Estación Norte.

La dirección estaba escondida en el teléfono viejo dentro de un borrador sin destinatario.

Fui sola.

No porque fuera valiente.

Porque había aprendido que cada persona que me acompañaba añadía una versión a lo que veía.

El pasillo olía a polvo y metal.

Los números estaban pintados en puertas grises.

211.

212.

213.

214.

La llave entró.

No giró.

Lo intenté otra vez.

Nada.

—Al revés.

Me volví.

No había nadie.

La voz había salido de un altavoz de seguridad.

Un hombre apareció detrás de un mostrador al fondo.

—Son llaves antiguas. Hay que levantar un poco la puerta.

Lo hice.

Giró.

Dentro había una caja.

Solo una.

Y una silla plegable.

La caja tenía mi nombre.

La abrí.

Una carpeta.

Un teléfono.

Una alianza.

La reconocí antes de tocarla.

La de Sergio.

Plata mate.

El interior tenía nuestra fecha de boda.

Me senté.

No lloré.

Seguí.

Había una nota.

Si estás leyendo esto, has vuelto a perder la parte importante.

Mi letra.

Debajo:

No confíes en lo primero que recuerdes. Tampoco en lo primero que te cuenten.

Pasé la hoja.

Sergio está vivo.

Lo sabía.

Leerlo escrito por mí fue diferente.

Álvaro lo sabe.

El estómago se me cerró.

No le digas cuánto recuerdas.

Después:

Elena tenía razón: la muerte de Marcos es el principio.

Y:

Salas sabe que estás buscando.

La última frase estaba subrayada.

NO VUELVAS A PEDIR QUE TE LO QUITEN.

Me quedé inmóvil.

Fernando había hablado de dos procedimientos.

Yo había aceptado.

Ahora mi antigua yo me suplicaba que no repitiera algo que ya había hecho.

Había fotografías.

Sergio entrando en el Hotel Mirador.

Yo detrás.

Álvaro en un coche al otro lado de la calle.

Otra.

Mi padre con Sergio muchos años antes.

Sentí frío.

Mi padre.

Le di la vuelta.

Tres años antes de que yo creyera conocer a Sergio.

En la foto aparecían cuatro personas.

Mi padre.

Sergio.

Álvaro.

Marcos.

No eran desconocidos.

No podían serlo.

Debajo había una frase:

Pregúntale a papá por qué Sergio sabía tu nombre.

Seguí.

Un sobre.

PARA CUANDO DEJES DE CONFIAR EN TODOS.

Lo abrí.

Solo había una línea.

Eso también forma parte del problema.

Me reí.

Una risa pequeña.

Casi histérica.

Incluso mi yo anterior sabía que iba a convertir la desconfianza en una religión.

El teléfono de la caja todavía tenía batería.

Lo encendí.

Una aplicación de grabadora.

Diecisiete archivos.

El primero:

ELENA_1.

Pulsé.

Una voz de mujer.

—Si estás escuchando esto sin recordarme, me llamo Elena Robles. Marcos era mi marido. Sergio y Álvaro trabajaban con él. Tu padre también conocía el proyecto. Y si te han dicho que Nexum era solo una empresa de software, están mintiendo.

Me llevé una mano a la boca.

La grabación continuó.

—No sé quién mató a Marcos porque no creo que nadie quisiera matarlo. Sé que murió después de discutir con ellos. Y sé que Salas hizo desaparecer el archivo que Marcos iba a entregar.

Pausa.

—Sergio conservó una copia.

Otra.

—Por eso fingió su muerte.

Sentí que el mundo se detenía.

No para escapar de mí.

No solo.

Para desaparecer con una prueba.

Elena siguió.

—Si Sergio vuelve, no confundas que esté vivo con que sea inocente.

Cerré los ojos.

Era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Y exactamente lo que no quería.

Al terminar el archivo, apareció una notificación.

El teléfono tenía cobertura.

Un mensaje nuevo.

Número oculto.

Ya has abierto el 214.

No era una pregunta.

Miré alrededor.

El pasillo.

Las cámaras.

La puerta.

Escribí:

¿Quién eres?

La respuesta llegó.

Alguien que lleva cuatro años esperando que recuerdes lo suficiente para no volver a elegir olvidar.