CAPÍTULO 13 - Algo falta
Extendí cuatro años de mi vida sobre la mesa.
No metafóricamente.
Fotografías.
Recibos.
Mensajes.
Citas médicas.
Extractos.
Reservas.
Fechas.
Fernando me había dicho que no intentara reconstruirme como si fuera un caso policial.
A esas alturas todos podíamos aceptar que no iba a obedecer.
Escribí una línea.
Sergio desaparece.
Debajo:
Divorcio.
Después:
Muerte oficial.
Álvaro.
Salas.
Elena.
Boda.
Segundo tratamiento.
Accidente.
Lo miré durante casi una hora.
Había algo que no encajaba.
No era una contradicción.
Era una ausencia.
En el teléfono había fotografías casi todos los días.
Comida.
Trabajo.
Capturas absurdas.
Álvaro.
Marta.
Mis padres.
Luego, de repente, nada.
Veintitrés días.
Ni una foto.
Ni una ubicación.
Ni un pago con tarjeta salvo pequeñas retiradas de efectivo.
Ni mensajes.
El hueco empezaba seis meses antes de mi boda.
Terminaba el mismo día que una cita con Salas.
Llamé a Fernando.
—¿Estuve ingresada?
—¿Cuándo?
Le di las fechas.
Silencio.
—Fernando.
—No.
—Entonces ¿dónde estaba?
—No lo sé.
—¿Álvaro?
—Tampoco.
Aquello me sorprendió.
—¿Desaparecí?
—No. Hablábamos.
—No hay mensajes.
—Usabas otro teléfono.
Miré el viejo.
—¿Este?
—No lo sé.
—¿Por qué otro teléfono?
—Dijiste que no querías dejar rastro.
Se me erizó la piel.
—¿De qué?
—No me lo contaste.
Colgué.
Revisé las cuentas.
En la semana anterior al vacío había tres cargos del mismo lugar.
HOTEL MIRADOR.
No recordaba el hotel.
Lo busqué.
Seguía abierto.
Llamé.
—Necesito saber si me alojé allí hace unos años.
La recepcionista me explicó las normas.
Protección de datos.
Archivo.
Identificación.
Fui en persona.
Cuarenta minutos después estaba frente a un hombre con una pantalla.
—Sí —dijo—. Hay una reserva.
—¿A mi nombre?
—No.
—¿Entonces?
—Figura como acompañante.
El corazón empezó a latirme.
—¿De quién?
El hombre dudó.
Le enseñé mi documentación.
—Sergio Ortega.
Tuve que apoyar una mano en el mostrador.
La fecha era posterior a su muerte oficial.
—¿Está seguro?
—Es lo que aparece.
—¿Cuántas noches?
—Tres.
—¿Yo estuve?
—Eso indica el registro.
—¿Pagamos con tarjeta?
—En efectivo.
—¿Hay cámaras?
El hombre casi se rió.
—De hace años, no.
—¿Alguna incidencia?
Buscó.
—Una llamada médica.
—¿Qué?
—Parece que pidieron un médico para la habitación.
—¿Por qué?
—No pone.
—¿Qué habitación?
—314.
El número me produjo una punzada detrás del ojo.
Una puerta.
Moqueta.
Mi mano levantándose para llamar.
La imagen desapareció.
—¿Está bien?
—Sí.
Mentí.
Antes de irme pedí una copia de la factura.
En el aparcamiento encontré un mensaje.
Número desconocido.
No vuelvas al Mirador.
Escribí:
Sergio.
La respuesta tardó.
No.
Después:
Ya no.
Me quedé mirando esas dos palabras.
No ya no.
Ya no.
Como si el nombre hubiera dejado de pertenecerle.
Llamé.
Nada.
Volví a la cronología.
Los veintitrés días.
El hotel.
La cita con Salas.
Y comprendí por qué aquel hueco era distinto.
Los otros años estaban llenos de recuerdos que yo no podía alcanzar.
Aquellos veintitrés días habían sido borrados también del mundo exterior.
No había perdido una parte de mi vida.
Alguien —probablemente yo— se había asegurado de que fuera difícil reconstruirla.
En la esquina inferior de la factura del hotel había una anotación escrita a mano.
No era del establecimiento.
Era mía.
Si has encontrado esto, algo falta.
Debajo:
Busca el 214.
Miré la llave que había escondido en mi bolso.
Por primera vez supe dónde debía utilizarla.