Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 12 - Nuestra boda
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CAPÍTULO 12 - Nuestra boda

No recordaba haber amado a mi marido.

Esa fue la frase que pensé mientras me veía caminar hacia Álvaro.

El vídeo estaba grabado desde el fondo de una sala pequeña. Nada de iglesia. Nada de cien invitados. Una ceremonia civil, ventanales enormes y unas treinta personas.

Yo llevaba un vestido sencillo.

Álvaro un traje azul.

Mi padre parecía incómodo.

Mi madre lloraba antes de que hubiera empezado nada.

Fernando miraba el teléfono hasta que Marta le daba un codazo.

Detalles normales.

Eso era lo que me rompía.

Si alguien hubiera querido fabricar una boda, habría creado momentos perfectos.

Aquello estaba lleno de gente mirando al lugar equivocado.

Yo me tropezaba ligeramente al llegar.

Álvaro decía algo que el micrófono no recogía.

Me reía.

No una sonrisa.

Una risa.

Conocía mi forma de reír.

No podía fingírmela a mí misma.

—¿Qué me dijiste? —pregunté.

Álvaro estaba sentado al otro extremo del sofá.

—Que tenías la etiqueta fuera.

Lo miré.

—Romántico.

—Soy muy bueno bajo presión.

Continuamos.

Cuando llegó el turno de los votos, bajé el volumen.

—No quiero oírlo.

Álvaro no preguntó por qué.

Vi mis labios moverse.

Vi cómo él me miraba.

Luego su mano temblando un poco al ponerme la alianza.

Mi cuerpo reaccionó.

Una presión en la garganta.

Nada parecido a un recuerdo.

Más íntimo.

Reconocimiento.

Entonces ocurrió algo.

En el vídeo, justo antes de firmar, mi teléfono vibró sobre una mesa.

Yo miré la pantalla.

Mi expresión cambió.

Fue mínimo.

Pero lo vi porque ya había aprendido a buscar esas cosas.

—Para.

Álvaro pausó.

—¿Qué?

—Atrás.

Retrocedió.

Mi teléfono.

La pantalla se encendía.

No se podía leer desde la cámara.

Yo la miraba.

Después levantaba la cabeza y buscaba algo entre los invitados.

—¿Quién me escribió?

—No lo sé.

—Mientes.

—No.

—Mírame.

Lo hizo.

—No lo sé.

Le creí.

Eso me molestó.

—¿Qué hice después?

—Nada.

Reanudamos.

Guardaba el teléfono.

Firmaba.

Besaba a Álvaro.

Pero durante unos segundos seguía mirando hacia la puerta.

—¿Sergio?

Álvaro no respondió.

—¿Estaba allí?

—No.

—¿Me escribió?

Silencio.

Ahí estaba.

—Sí.

—¿Qué puso?

—Nunca me lo enseñaste.

—Pero sabías que era él.

—Después.

—¿Cuándo?

—Esa noche.

Pausé otra vez.

—¿Y me casé contigo sabiendo que Sergio estaba vivo y que podía contactarme?

—Sí.

—Eso no tiene sentido.

—Para la Clara que está viendo este vídeo no.

—¿Y para la otra?

—Tampoco fue sencillo.

Me levanté.

Fui hacia la ventana.

—¿Intentó impedir la boda?

—Sí.

—¿Qué quería?

—Que fueras con él.

—¿Y no fui?

—Desapareciste cuarenta minutos después de la ceremonia.

Me giré.

—¿Qué?

—Te fuiste.

—¿Con Sergio?

—No lo sabía entonces.

—¿Y después?

Álvaro tragó saliva.

—Sí.

Sentí un golpe limpio en el pecho.

—Fui a verlo el día de nuestra boda.

—Sí.

—¿Y volví?

—Dos horas después.

—¿Qué te dije?

—Que si quería seguir casado contigo no volviera a preguntarte por Sergio.

Aquella frase tenía mi voz aunque no la recordara.

—¿Y aceptaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque acababas de elegirme.

—O porque tenías miedo de la respuesta.

Álvaro no discutió.

Volví al vídeo.

Al final aparecíamos bailando.

Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho.

La cámara se acercaba.

En un momento levantaba la cara y le decía algo.

Esta vez el micrófono lo recogía.

—No me dejes olvidar por qué hice esto.

Álvaro cerró los ojos.

Yo pausé.

—¿Qué quería decir?

Él tardó.

—Nunca me lo contaste.

—¿Y no preguntaste?

—Muchas veces.

—¿Y?

—Siempre me respondías lo mismo.

—¿Qué?

Álvaro miró mi imagen congelada.

—Que si algún día lo olvidabas, no confiara en la versión de ti que necesitara convertir a Sergio en inocente para poder seguir queriéndolo.

Sentí un escalofrío.

Miré a la mujer de blanco.

Ella sabía.

No qué había ocurrido.

Pero sabía que podía olvidarlo.

Y había decidido casarse con Álvaro aun así.

El vídeo terminó.

No me sentí más cerca de mi marido.

Me sentí más cerca de la mujer que había sido.

Y empezaba a sospechar que ella era la persona que más secretos me había dejado.