Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 11 - Álvaro
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CAPÍTULO 11 - Álvaro

Esa noche le pedí a Álvaro que me contara cómo nos conocimos.

No cómo empezamos.

No cómo nos casamos.

La primera vez.

Se quedó callado.

—Otra vez no.

—Estoy pensando.

—Piensa en voz alta.

Se sentó frente a mí.

—Te vi por primera vez cuando seguías con Sergio.

—¿Dónde?

—En una fiesta de Marta.

La fotografía.

—¿La del vestido negro de Elena?

Asintió.

—Yo ya sabía quién eras.

—¿Por Sergio?

—Sí.

—¿Él hablaba de mí?

Algo parecido a una sonrisa apareció.

—Todo el tiempo.

Me hizo daño.

—¿Y yo te conocí ese día?

—Nos presentaron.

—No te recuerdo.

—No hablamos más de cinco minutos.

—¿Qué dijimos?

—Te quejaste de la música.

—Eso sí parece mío.

Álvaro sonrió.

La sonrisa desapareció rápido.

—Después nos vimos algunas veces. Siempre con gente.

—¿Eras amigo de Sergio?

—Habíamos sido amigos. Ya no tanto.

—Por Marcos.

—Entre otras cosas.

—Siempre hay otras cosas.

—Sí.

—¿Estabas enamorado de mí?

La pregunta salió sola.

Álvaro apartó la mirada.

—No entonces.

—¿Después?

Silencio.

—¿Mientras seguía casada con Sergio?

—No pasó nada.

—No he preguntado eso.

Me sostuvo la mirada.

—Sí.

Me dolió más de lo que esperaba.

—¿Sergio lo sabía?

—Creo que sí.

—¿Por eso os peleasteis?

—Una vez.

—¿Llegasteis a pegaros?

—Sí.

—¿Por mí?

—También.

Me levanté.

Necesitaba caminar.

—Y después desaparece.

—Sí.

—Yo lo doy por muerto.

—Sí.

—Tú apareces con comida.

—Ya estaba allí.

—No juegues con las palabras.

—No lo hago. No aparecí para ocupar su lugar. Tu madre me llamó porque no sabía qué hacer contigo.

—¿Y tú sí?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Solo sabía estar.

Me apoyé en la ventana.

No quería encontrar belleza en aquello.

La había.

Ese era el problema.

—¿Cuándo empezamos?

—Casi un año después.

—¿Yo?

—Tú me besaste.

Me giré.

—No.

Sonrió.

—Eso dijiste cinco segundos después.

A pesar de mí, me reí.

Fue apenas aire.

Álvaro la escuchó.

No aprovechó.

—¿Y nos casamos?

—Dos años después.

—¿Por qué tan pronto?

—No me pareció pronto.

—A mí ahora sí.

Asintió.

—Lo entiendo.

—Quiero ver la boda.

Su cara se tensó.

—¿Seguro?

—No. Pero quiero verla.

Buscó el vídeo.

Antes de ponerlo, habló.

—Hay una cosa que necesito decirte.

—¿Cuál?

—Cuando empezamos, yo ya sabía que la muerte de Sergio tenía cosas que no encajaban.

Sentí frío.

—¿Sabías que estaba vivo?

—No.

Lo dijo sin vacilar.

—¿Cuándo lo supiste?

No respondió.

Ahí estaba.

—Antes de casarnos.

Álvaro cerró los ojos.

—Sí.

La habitación se quedó sin aire.

—Y te casaste conmigo.

—Sí.

—Sabiendo que Sergio estaba vivo.

—Sí.

—¿Yo lo sabía?

La pregunta importaba más que las demás.

Álvaro tardó.

—Sí.

Me quedé inmóvil.

—No.

—Lo sabías.

—Entonces ¿por qué?

—No me pertenece.

—Deja de usar eso para esconderte.

—No me escondo.

Su voz subió por primera vez.

—Tú sabías que Sergio estaba vivo. Sabías que yo había ayudado a esconderlo. Sabías que te había mentido. Y aun así decidiste casarte conmigo.

—¿Por qué?

—Porque tú sabías algo más que ahora no recuerdas.

—¿Qué?

Álvaro bajó la voz.

—Quién era Sergio cuando dejó de ser el hombre que recuerdas.

No dije nada.

Él puso el vídeo.

La pantalla se llenó de luz.

Yo aparecí vestida de blanco.

Me vi sonreír a Álvaro como jamás había sonreído a un desconocido.

Y por primera vez entendí que recuperar la verdad podía doler de dos maneras.

Podía obligarme a aceptar que alguien me había hecho daño.

También podía obligarme a aceptar que yo había sido feliz sin recordarlo.