CAPÍTULO 10 - La viuda
Descubrí que había sido viuda un martes.
No viuda legalmente durante mucho tiempo.
Viuda de verdad.
De las que dejan de ducharse, no abren las persianas y guardan el teléfono de un muerto cargado por si un día decide llamar.
Encontré las cartas en una caja del altillo.
No tuve que preguntarle a Álvaro si eran mías.
Mi letra estaba por todas partes.
3 de enero.
Hoy he conseguido ducharme.
Leí la frase dos veces.
Después:
Elena dice que debería escribirlo como si fuera un logro.
Más abajo:
Álvaro ha traído comida. Le he dicho que se vaya. Se ha quedado en la cocina.
Seguí.
Me molesta que venga. Me molesta que mamá lo llame. Me molesta que todos crean que necesito a alguien aquí. Necesito que Sergio vuelva.
Tuve que dejar la hoja.
Hasta entonces había imaginado a Álvaro entrando en mi vida como una sustitución.
Un hombre aparecía.
Todos decidían llamarlo marido.
Yo desaparecía dentro de esa versión.
Las cartas decían otra cosa.
Yo había esperado a Sergio.
Durante meses.
Había llorado.
Había llamado a teléfonos apagados.
Había ido a terapia.
Álvaro había estado allí.
No como marido.
Ni siquiera como pareja.
En la cocina.
Esperando.
Seguí leyendo.
Febrero.
Hoy he firmado el divorcio. Es absurdo divorciarse de alguien que probablemente está muerto.
Me quedé sin aire.
La fecha era anterior a la certificación de muerte.
Así se resolvía una de las contradicciones.
Sergio había desaparecido mientras nuestro divorcio aún estaba abierto.
Yo había terminado el proceso sin saber si seguía vivo.
Marzo.
He vuelto a soñar con el coche. No sé si es un recuerdo.
Abril.
Salas dice que tengo que dejar de reconstruir lo que no puedo recordar. Elena dice lo contrario.
Elena.
Cada vez más.
Mayo.
Elena me ha enseñado la foto de Marcos.
Junio.
Álvaro me ha contado por fin que conocía a Sergio.
Me detuve.
Leí otra vez.
Por fin.
Así que no acababa de descubrirlo.
Ya lo había descubierto antes.
Seguí.
He echado a Álvaro de casa. Dice que me lo iba a contar. Es mentira. Siempre se lo iba a contar después.
Aquella frase sí parecía mía.
Julio.
Ha vuelto. No porque lo haya perdonado. Porque necesito saber qué pasó en Nexum.
Agosto.
Sergio está muerto.
Esta vez la frase no estaba tachada.
Debajo:
Lo he visto con mis propios ojos.
Sentí un escalofrío.
¿El cuerpo?
¿La placa?
¿El vídeo?
Continué.
No a él. El informe. El ADN. La identificación. Todo coincide.
Y después:
Elena dice que los informes también pueden mentir.
Elena había sembrado la duda.
Un año después estaba muerta.
Revolví la caja.
Había una fotografía de las dos.
Yo y Elena.
En una cafetería.
No parecía una mujer a la que apenas conocía.
Tenía una mano sobre la mía.
En el reverso:
No somos amigas. Somos dos personas que necesitan que la otra no se rinda.
Me quedé mirando la frase.
Álvaro apareció en la puerta.
—Has encontrado las cartas.
No preguntó.
—Sí.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
Aquello lo sorprendió.
—Quiero que contestes.
Se sentó a distancia.
—¿Por qué conocías a Sergio?
—Trabajamos juntos.
—En Nexum.
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
—¿Con Marcos Vidal?
—Sí.
—¿Cómo murió Marcos?
Silencio.
—Álvaro.
—Un accidente.
—¿Estabas allí?
No respondió.
Eso era un sí.
—¿Sergio?
—También.
El papel tembló en mi mano.
—¿Y Elena lo sabía?
—Parte.
—¿Por eso me buscó?
—Creo que tú la buscaste a ella.
—¿Por qué?
—Porque encontraste el nombre de Marcos entre las cosas de Sergio.
—¿Y después murió ella?
Álvaro miró al suelo.
—Sí.
—¿La mataron?
—No lo sé.
—¿Lo crees?
Tardó demasiado.
—Creo que Elena sabía cosas que hacían peligroso que siguiera preguntando.
—¿Sobre Salas?
—Sobre todos.
Me acerqué.
—¿También sobre ti?
Levantó los ojos.
—Sí.
Esa respuesta cambió algo.
No lo volvía inocente.
Pero era la primera vez que alguien se incluía voluntariamente entre las personas de las que debía desconfiar.
—¿Y aun así me casé contigo?
Álvaro miró la carta que tenía en la mano.
—Sí.
—¿Por qué?
—No pienso contestarte eso.
La rabia apareció.
—¿Perdona?
—Porque esa respuesta no me pertenece.
Se levantó.
—Puedes descubrir todo lo malo que hice. Te ayudaré. Pero no voy a decirte por qué me quisiste.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo.
—Eso sería robarte otra cosa.
Me quedé sola con las cartas.
Por primera vez, no supe si su silencio era otra forma de control.
O la primera forma de respeto.