CAPÍTULO 8 - Nuestra casa
La primera noche en casa dormí con la puerta cerrada.
No con llave.
La habitación no tenía pestillo.
Lo comprobé dos veces.
Álvaro preparó el sofá sin que se lo pidiera.
—No tienes que hacer esto —dije.
—Sí.
—Es tu casa.
Me miró.
—También es la tuya.
No respondí.
A las dos de la madrugada seguía despierta.
Había apagado el teléfono, pero los mensajes de aquel número continuaban dentro de mi cabeza.
El funeral fue idea de Salas.
Yo no estaba preparado para verte llorar.
No sabía si los había escrito Sergio.
Quería creerlo.
Eso era peligroso.
Me levanté.
La casa crujía como todas las casas. Tuberías. Madera. Un frigorífico demasiado ruidoso.
Bajé a la cocina.
Sabía dónde estaba el vaso antes de abrir el armario.
Sabía que el interruptor de la luz del pasillo estaba un poco más alto de lo normal.
Sabía que había una tabla suelta junto a la puerta de la terraza.
Cada certeza de mi cuerpo me molestaba.
Era como vivir con una testigo que se negaba a declarar.
Abrí un cajón.
Cubiertos.
Otro.
Paños.
Otro.
Facturas, pilas, llaves, un rollo de cinta adhesiva.
En el fondo había una nota doblada.
La reconocí inmediatamente.
Mi letra.
La saqué.
Solo decía:
SI VUELVO A OLVIDAR, NO CONFÍES EN LA CASA.
Me quedé inmóvil.
No confiaba en la casa.
Perfecto.
Miré alrededor.
Nunca una cocina me había parecido tan sospechosa.
Le di la vuelta.
En blanco.
Escuché un ruido.
Álvaro apareció en la puerta.
Descalzo.
—¿Qué haces?
Cerré la mano sobre el papel.
—Agua.
Miró mi puño.
Después mi cara.
—¿Has encontrado algo?
—No.
La mentira salió demasiado fácil.
Álvaro se quedó quieto.
—Vale.
No intentó acercarse.
Eso me dio más miedo que si lo hubiera hecho.
—¿Por qué no me preguntas?
—Porque si quieres contármelo, lo harás.
—¿Siempre eras así?
—No.
—¿Cómo eras?
Se apoyó en el marco.
—Peor.
Casi sonreí.
No lo hice.
—¿Por qué dormías en el sofá algunas noches?
Su cara cambió.
—¿Lo recuerdas?
—No.
Mentí otra vez.
—Lo vi en mensajes.
Asintió.
—Discutíamos.
—¿Por Sergio?
—A veces.
—¿Porque estaba vivo?
Silencio.
Había lanzado la frase sin aviso.
Álvaro no reaccionó como un hombre al que acaban de decir una locura.
Solo cerró los ojos.
Un segundo.
—Vete a dormir, Clara.
—Está vivo.
—No sabes eso.
—Tú tampoco has dicho que esté muerto.
Me miró.
—Quiero ayudarte.
—Entonces deja de protegerme.
—No sé hacerlo.
Aquella respuesta sonó demasiado sincera.
Subió de nuevo.
Esperé diez minutos.
Después saqué la nota.
NO CONFÍES EN LA CASA.
Empecé a mirar.
No buscaba una caja secreta como en las películas.
Buscaba algo que yo misma hubiera podido encontrar después de olvidar.
Algo sencillo.
Mi atención volvió al cajón.
Lo vacié.
El fondo parecía más grueso de lo normal.
Presioné.
Nada.
Tiré.
Nada.
Entonces vi una muesca junto al lateral.
Metí la uña.
El tablero se levantó.
Debajo había un teléfono viejo.
Y una llave.
Una placa de plástico azul.
214.
El teléfono estaba apagado.
Lo puse a cargar.
Tardó varios minutos en encender.
No pidió código.
Solo tenía cuatro contactos.
FERNANDO.
MARTA.
E.
Y uno sin nombre.
Un número.
Abrí los mensajes.
La última conversación era con E.
Me dijiste que si volvía a pasar, buscara la llave antes de llamarte.
La respuesta:
Si vuelve a pasar, significa que llegaste demasiado cerca.
Debajo:
No se lo digas a Álvaro.
Miré la fecha.
Dos meses antes del accidente.
Escribí:
¿Elena?
No esperaba respuesta.
El teléfono vibró.
El contacto E ya no existía.
Pero el mensaje entró desde otro número.
Elena está muerta.
Y después:
Yo no.
Esta vez no dudé.
Llamé.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
Alguien contestó.
No habló.
Yo tampoco.
Solo escuché una respiración.
Y durante un segundo me pareció conocerla.