CAPÍTULO 7 - El funeral
No había tumba.
Había una placa.
Eso fue lo primero que descubrí.
El nombre de Sergio estaba en una pared de piedra clara del cementerio, junto a decenas de nombres de personas incineradas.
SERGIO ORTEGA MARTÍN.
Dos fechas.
Una vida resumida en un guion.
Me quedé delante durante varios minutos.
Álvaro no vino.
No se lo pedí.
Fernando me acompañó y esperó a unos metros.
—¿Estuviste aquí? —pregunté.
—Sí.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Álvaro?
—También.
Toqué el nombre.
No sentí nada.
Quizá esperaba que un cementerio produjera una certeza que mi cabeza no tenía.
No ocurrió.
—¿Viste el cuerpo?
Fernando tardó.
—No.
—¿Quién lo vio?
—Tu padre, creo.
—¿Crees?
—El accidente fue... complicado.
—¿Qué accidente?
Mi hermano cerró los ojos.
—Un incendio en un vehículo.
Miré la placa.
Aquello no coincidía con el artículo que había leído en el hospital.
—La noticia decía otra cosa.
—Hubo informaciones confusas al principio.
—¿Un coche puede confundirse con otra cosa?
—No sé qué noticia viste.
Saqué el teléfono.
La encontré.
Fallece un hombre tras un accidente durante la madrugada.
No decía coche.
No decía incendio.
Abrí otra.
Vehículo calcinado.
Otra.
Identificación mediante registros médicos.
—¿Por qué no hay una versión clara?
—Porque las noticias copian unas de otras.
—¿Y el funeral?
Fernando apretó la mandíbula.
—Hubo ceremonia.
—Quiero verla.
—¿Qué?
—Alguien grabó.
—Clara...
—Todo se graba.
Tenía razón.
Encontramos el vídeo esa misma tarde.
No en internet.
En el almacenamiento familiar.
Una carpeta titulada SERGIO.
La abrí en casa de mis padres.
Mi madre se marchó de la habitación.
Mi padre no.
Se sentó frente a mí.
—No sé qué crees que vas a encontrar.
—Yo tampoco.
El vídeo duraba treinta y seis minutos.
Flores.
Gente.
Una fotografía de Sergio sobre un atril.
Yo sentada en la primera fila.
No me reconocí.
Estaba más delgada.
Llevaba el pelo recogido.
Álvaro estaba dos asientos detrás.
No me tocaba.
No se acercaba.
Solo miraba al suelo.
Aquello importó.
No era la imagen de un hombre ocupando un lugar.
Era alguien que sabía que no le pertenecía.
Avancé.
Mi padre habló.
Marta.
Fernando.
Yo no.
Al final, la cámara giró cuando la gente empezó a levantarse.
Y entonces lo vi.
Al fondo.
Cerca de una puerta lateral.
Un hombre de espaldas.
Chaqueta oscura.
Pelo corto.
Nada especial.
Detuve el vídeo.
Amplié.
La calidad empeoró.
—¿Quién es?
Mi padre miró.
—No sé.
—Tú estabas allí.
—Había mucha gente.
Volví a ampliar.
El hombre giraba ligeramente la cabeza.
Solo se veía una parte del perfil.
Un gesto mínimo.
Una cicatriz junto a la oreja.
No podía ser.
El corazón empezó a golpearme.
—Sergio tenía un lunar aquí.
Me toqué el mismo punto.
Mi padre se puso de pie.
—Clara.
—Es él.
—No.
—Es él.
—No puedes reconocer a alguien por tres píxeles.
—Yo sí.
—Eso es exactamente lo que el médico te ha pedido que no hagas.
Pulsé reproducir.
El hombre caminó hacia la salida.
Un segundo antes de desaparecer, otra persona entró en plano.
Álvaro.
No estaba mirándome a mí.
Miraba al hombre.
La imagen duró menos de dos segundos.
Fue suficiente.
Detuve.
—Lo vio.
Mi padre no respondió.
—Álvaro lo vio.
—No sabes a quién estaba mirando.
—Y tú sí.
Se quedó callado.
Cerré el portátil.
—¿Quién identificó a Sergio?
—Clara...
—¿Quién?
Mi padre se quitó las gafas.
Ese gesto.
Toda mi vida lo había visto hacer lo mismo antes de decir algo que no quería decir.
—La identificación formal se hizo con una muestra médica.
—¿De quién?
—De Sergio.
—No te he preguntado eso. ¿Quién aportó la muestra de referencia?
Silencio.
—Papá.
—El hospital ya tenía registros.
—¿Y quién confirmó que era él?
—Yo.
El aire desapareció.
—Tú viste el cuerpo.
—No.
—Acabas de decir...
—No se podía reconocer visualmente.
Sentí frío.
—Entonces firmaste algo que no podías comprobar.
—Había un informe.
—¿De quién?
No contestó.
—¿Salas?
Su cara respondió antes que su boca.
—No sé de qué estás hablando.
Era la peor mentira que le había escuchado.
Me levanté.
—Conocías a Víctor Salas.
Mi padre palideció.
—¿Quién te ha dicho ese nombre?
No contesté.
Guardé el vídeo en mi teléfono.
Al salir, mi madre estaba en el pasillo.
Lloraba.
No intentó detenerme.
Cuando llegué al coche encontré un mensaje de un número desconocido.
Solo una frase.
El funeral fue idea de Salas.
Debajo, otro.
Yo no estaba preparado para verte llorar.
Me quedé mirando la pantalla.
No había firma.
No la necesitaba.
Por primera vez desde el hospital, Sergio no era solo un recuerdo.
Había alguien al otro lado.