Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 6 - ¿Dónde está Sergio?
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CAPÍTULO 6 - ¿Dónde está Sergio?

Me dieron el alta dos días después.

No quería irme con Álvaro.

Tampoco quería ir a casa de mis padres.

Al final fui con él porque el médico dijo que no debía quedarme sola y porque, de todas las opciones, era la única casa que oficialmente también era mía.

El trayecto fue un catálogo de cosas que mi cuerpo conocía y mi cabeza no.

Sabía qué calle iba a tomar antes de que pusiera el intermitente.

Sabía que el botón del elevalunas de mi lado fallaba si lo pulsabas demasiado rápido.

Sabía dónde guardaba Álvaro unas gafas de sol dentro del coche.

No sabía por qué.

—¿Siempre vivimos aquí?

—Desde hace tres años.

La casa era un piso amplio, luminoso, con demasiadas plantas.

Reconocí mi sofá.

No la pared de detrás.

Reconocí una lámpara.

No la mesa.

Había una fotografía de nuestra boda en la entrada.

La giré boca abajo.

Álvaro no dijo nada.

—Quiero ver a Marta.

—Puedo llamarla.

—Ya la he llamado.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—Mientras hacías el café en el hospital.

—Clara...

—No le he contado nada.

Mentí.

Marta llegó una hora después.

Me abrazó tan fuerte que me dolió el costado.

Luego miró a Álvaro.

—¿Nos dejas?

Él se quedó quieto.

—Por favor —añadí.

Se marchó al dormitorio.

Marta esperó hasta oír cerrarse una puerta.

—¿Qué recuerdas?

—A Sergio.

Su cara se tensó.

—¿Hasta cuándo?

—No sé. Para mí sigue siendo mi marido.

—Joder.

—No es una respuesta.

Se sentó.

—Clara, tú y Sergio terminasteis.

—Eso dicen.

—No. Eso ocurrió.

—¿Lo viste?

—Demasiado.

—¿Por qué?

Marta me sostuvo la mirada.

—Porque estabas hecha polvo.

—¿Por qué nos separamos?

—No puedo darte todo de golpe.

—Vete.

—Clara.

—Si vas a hablar como los demás, vete.

Se quedó.

—Descubriste que te había mentido desde el principio.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué te conoció.

La frase me recorrió como una descarga.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé completo. Solo sé que tu padre estaba metido en algo de una empresa antigua y Sergio ya sabía quién eras antes de que tú supieras quién era él.

La fotografía.

Álvaro.

Elena.

Todo parecía empezar antes de mí.

—¿Y murió después?

Marta miró hacia la puerta del dormitorio.

—Eso es lo que te dijeron.

—¿Qué?

Su cara cambió.

Había hablado demasiado.

—Marta.

—No sé nada seguro.

—¿Sergio está vivo?

—No lo sé.

—Mírame.

Lo hizo.

—¿Lo viste después de su muerte?

Se llevó una mano a la frente.

—No.

—Entonces ¿qué?

Sacó su teléfono.

Buscó algo.

—Hace seis meses me escribió un número desconocido.

Me enseñó la pantalla.

Dos mensajes.

¿Está bien?

Marta había contestado:

¿Quién eres?

El número:

¿Me recuerda?

Sentí que el pulso se me aceleraba.

—¿Qué respondiste?

—Nada.

—¿Se lo dijiste a alguien?

—A ti.

—¿Y qué hice?

Marta tardó.

—Me quitaste el teléfono.

—¿Para qué?

—Llamaste.

—¿Respondió?

—No.

—¿Y después?

—Me dijiste que si volvía a escribir no contestara.

—¿Por qué?

—No me lo explicaste.

Miré el número.

—Dámelo.

—Clara...

—Dámelo.

Lo copié.

Llamé.

Apagado.

Otra vez.

Nada.

Abrí una aplicación y busqué el número.

No estaba asociado a ningún nombre.

—¿Álvaro lo sabe?

—No sé qué sabe Álvaro.

—Eso no es verdad.

—Es exactamente la verdad. Tú dejaste de contarme cosas cuando empezaste a investigar.

—¿Investigar qué?

—La muerte de Sergio.

Sentí un escalofrío.

Marta continuó.

—Al principio solo querías saber por qué su accidente tenía tantos huecos. Después aparecieron nombres. Una clínica. Una empresa. Elena.

—Elena Robles.

Marta palideció.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Álvaro.

—No deberías buscarla.

—También me lo ha dicho él.

—Por una vez hacedle caso.

—¿Por qué?

Marta bajó la voz.

—Porque Elena murió casi dos años antes de tu accidente.

No supe qué decir.

—¿Cómo?

—La encontraron en su coche. Sobredosis, dijeron.

—¿Y yo la conocía?

—Sí.

—¿Mucho?

—En los últimos meses, demasiado.

Sentí que la casa me observaba.

—¿Por qué?

—Porque era la única persona que parecía saber por qué Sergio y Álvaro llevaban años mintiéndote.

Un ruido llegó del pasillo.

Álvaro.

No sabía cuánto había escuchado.

Marta guardó el teléfono.

Yo me levanté.

—¿Dónde está Sergio?

Ninguno respondió.

Los miré a los dos.

—Si está muerto, quiero saber dónde está enterrado.

Álvaro cerró los ojos.

—Clara.

—Mañana voy a verlo.

—No hay nada que ver.

—¿Qué significa eso?

—Que fue incinerado.

Marta giró la cabeza hacia él.

Su reacción fue mínima.

Pero la vi.

—¿Qué?

—Nada —dijo.

—Marta.

No habló.

Me acerqué.

—¿Qué pasa?

Ella miró a Álvaro.

—A Clara le dijisteis que había una tumba.

El silencio fue absoluto.

Álvaro palideció.

Y yo comprendí que acabábamos de encontrar otra versión de la muerte de Sergio.