CAPÍTULO 5 - Cuatro años
Fernando llegó después de comer.
Entró con una mochila, una cara horrible y el gesto profesional que utilizaba cuando intentaba fingir que no era mi hermano.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera un escáner.
—Te has golpeado la cabeza. Déjame disfrutar.
Me abrazó.
Solo entonces comprendí cuánto lo necesitaba.
—¿Traes lo que te pedí?
Su cuerpo se tensó.
—Hola a ti también.
—Fernando.
Suspiró.
Sacó una carpeta de la mochila.
—No son historias clínicas. No tengo derecho a traerlas.
—¿Entonces?
—Cosas que me diste tú.
La dejó sobre la cama.
Había un cuaderno pequeño, dos sobres y una memoria USB.
Reconocí mi letra en el primer sobre.
PARA FERNANDO.
No lo abrí.
—¿Cuándo te lo di?
—Hace ocho meses.
—¿Qué contiene?
—No lo sé.
Lo miré.
—Me pediste que no lo abriera salvo que desaparecieras.
—He tenido un accidente.
—No es lo mismo.
—Para mí bastante.
Fernando se sentó.
—Clara, antes de meternos ahí necesitas entender una cosa.
—Adelante.
—No has perdido cuatro años como si alguien hubiera cortado una película. Conservas datos. Habilidades. Cosas recientes que no sabes que son recientes. Lo que parece roto es la continuidad autobiográfica.
—¿En español?
—Tu cabeza no ha regresado a un día concreto. Se ha agarrado al último bloque de vida que reconoce como estable.
—Sergio.
—Sí.
—Mi matrimonio.
—Sí.
—¿Por qué?
Fernando negó.
—No lo sé.
—¿Por los tratamientos?
Su cara respondió.
—¿Qué tratamientos?
—Álvaro y el médico han hablado de una clínica privada.
—Joder.
Se levantó y fue hasta la puerta. La cerró.
—¿Él te lo ha dicho?
—No exactamente.
—Por supuesto.
—Fernando.
Se pasó una mano por el pelo.
—Fuiste a una clínica después de separarte de Sergio.
—¿Por qué?
—Ansiedad. Insomnio. Episodios de despersonalización. Al menos al principio.
—¿Cómo se llamaba?
—Instituto Salas.
El nombre no me dijo nada.
Eso me asustó.
—¿Quién era Salas?
—Víctor Salas. Psiquiatra. Investigaba trauma y reconsolidación de memoria.
—¿Me trató?
—Sí.
—¿Tú estabas de acuerdo?
Fernando se rió sin humor.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando un médico promete que un recuerdo puede doler menos, hay personas que escuchan una cosa distinta.
—Que puede desaparecer.
—Exacto.
Miré la carpeta.
—¿Desapareció?
—No funciona así.
—Todo el mundo dice eso.
—Porque no funciona así. Un recuerdo no es un archivo que borras. Pero puedes volverlo más difícil de recuperar. Puedes cambiar la carga emocional. Puedes interferir con la consolidación. Y si empiezas a mezclar medicación, sugestión, sueño y alguien que ya está disociando...
No terminó.
—¿Qué?
—Puedes hacer daño.
Me quedé mirando la alianza de Álvaro en la mesilla.
—¿Me lo hicieron?
—Tú aceptaste.
Aquello dolió más.
—¿Cuántas veces?
—Que yo sepa, dos procedimientos importantes. Hubo sesiones antes y después.
—¿Por qué acepté el segundo si el primero había salido mal?
Fernando me miró con una tristeza que no quería.
—Porque el primero te pareció que había funcionado.
—¿Qué quise olvidar?
—Eso es lo que me pediste que no te contara.
—Rompe la promesa.
—No puedo darte un recuerdo que quizá tu cabeza no pueda colocar. Sería demasiado fácil que acabaras recordando mi versión.
—Entonces ¿para qué has venido?
—Para que no dependas de ninguna versión.
Señaló la carpeta.
—Es tuya.
Abrí el cuaderno.
La primera página contenía fechas.
Cuatro años de fechas.
Separación.
Divorcio.
Desaparición.
Muerte.
Álvaro.
Boda.
Tratamiento 1.
Tratamiento 2.
Accidente.
No había detalles.
Solo una línea horizontal que cruzaba casi cuatro años.
En el extremo izquierdo había escrito:
ÚLTIMO BLOQUE ESTABLE.
Debajo:
SERGIO.
En el derecho:
SI VUELVES AQUÍ, NO ES CASUALIDAD.
Sentí frío.
—Yo sabía que podía pasar.
—Sí.
—¿Por qué?
Fernando bajó la vista.
—Porque ya había ocurrido en pequeño.
Pasé la página.
Había una fotografía pegada.
Sergio.
La fecha estaba escrita a mano.
Tres días antes de su muerte oficial.
Él miraba a la cámara.
Detrás, en el reflejo de un escaparate, aparecía otra persona.
Yo.
Fernando se levantó de golpe.
—¿De dónde has sacado eso?
—Estaba aquí.
—No.
—¿Qué?
—Ese cuaderno no tenía esa foto cuando me lo diste.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Le di la vuelta.
En el reverso había una frase.
Si él está muerto, ¿quién hizo esta foto?
Fernando dejó de respirar.
—Clara.
—¿Qué?
—No se la enseñes a Álvaro.
—¿Por qué?
Mi hermano me miró.
—Porque esa fue la frase que me dijiste la última vez que empezaste a recordarlo todo.