Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 4 - La fotografía
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CAPÍTULO 4 - La fotografía

Álvaro no intentó negar que conocía a Sergio.

Aquello me sorprendió más que otra mentira.

—¿Desde cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Cuántos?

Se quedó mirando sus manos.

—Antes de conocerte.

El dolor de cabeza aumentó.

—¿Y por qué me dijiste que no sabías quién era?

—Porque acababas de despertar preguntando por un hombre muerto.

—Era mi marido.

—Había sido tu marido.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Cambiar una palabra para que parezca que yo estoy equivocada.

Álvaro respiró hondo.

—No estoy intentando hacerte sentir equivocada.

—Pues se te da fatal.

El médico había pedido que no discutiéramos. Ninguno de los dos parecía dispuesto a obedecer.

—¿Erais amigos?

—Sí.

—¿Muy amigos?

—Durante un tiempo.

—¿Y no pensabas contármelo?

—Sí.

—¿Cuándo? ¿Dentro de otros cuatro años?

Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía enfadado.

Solo cansado.

—No sé qué va a hacerte más daño, Clara. Que te cuente cosas que no recuerdas o que las descubras sola.

—Déjame elegirlo.

Asintió.

—Vale.

—Entonces cuéntamelo.

Silencio.

—No todo hoy —dijo.

Solté una risa.

—Eso no es elegir.

—No. Es tener miedo.

La respuesta me detuvo.

No esperaba que lo admitiera.

Álvaro se levantó.

—Hay algo que sí puedo enseñarte.

Sacó su teléfono.

Buscó una carpeta.

Me lo tendió.

No quise cogerlo.

—¿Qué es?

—Nuestra vida.

—Ya he visto fotos.

—No estas.

Lo tomé.

Había cientos.

No estaban seleccionadas para demostrar nada.

Ese detalle las hizo peores.

Una bolsa de basura rota en la cocina y Álvaro riéndose mientras yo lo señalaba.

Mi madre dormida en un sofá.

Fernando con una tarta torcida.

Yo con fiebre, envuelta en una manta.

Una estantería a medio montar.

Álvaro con una pequeña herida en la frente y un texto escrito sobre la imagen: TE DIJE QUE MIDIERAS ANTES.

Deslicé.

Un viaje.

Una playa.

Una habitación de hotel.

Un desayuno.

Mi cabeza intentaba rechazarlas.

No podía.

Había demasiadas pequeñas imperfecciones.

Demasiado poco importantes para haber sido fabricadas.

—¿Las has elegido tú?

—No.

—¿Entonces?

—Son de la copia que compartimos.

Seguí.

Encontré una serie de fotografías de una mudanza.

Reconocí una caja.

Era mía.

Libros que recordaba.

Un jarrón de mi abuela.

Mi abrigo verde.

Objetos de la vida con Sergio entrando en una casa con Álvaro.

Sentí náuseas.

—Yo traje mis cosas.

—Sí.

—¿De dónde?

—De un guardamuebles.

—¿Por qué estaban allí?

Álvaro tardó.

—Después de separarte de Sergio no quisiste quedarte en vuestra casa.

Separarte.

Otra vez.

—¿Sergio sabía que estabas conmigo?

—Sí.

Levanté la cabeza.

—¿Cómo?

Álvaro se quedó inmóvil.

Había vuelto a hablar demasiado.

—¿Cómo sabía Sergio que yo estaba contigo si estaba muerto?

—No he dicho que lo supiera después.

—Has dicho que sabía que estabas conmigo.

—Antes de morir sabía que nos veíamos.

—¿Nos veíamos antes de que muriera?

—Sí.

—¿Mientras seguía casada con él?

—Ya estabais separados.

—Eso no es lo que he preguntado.

—El divorcio estaba en marcha.

La habitación se hizo pequeña.

Volví al teléfono.

Busqué fechas.

Encontré una fotografía de los tres.

No exactamente.

Sergio no estaba en primer plano.

Yo estaba sentada en una terraza junto a Marta. Álvaro aparecía detrás, hablando con otra persona. Y al fondo, casi fuera de cuadro, estaba Sergio.

Los tres.

Juntos.

La fecha pertenecía a unos meses antes del periodo que mi cabeza había perdido.

Amplié.

Álvaro miraba hacia Sergio.

Sergio lo miraba a él.

No parecían dos conocidos casuales.

—¿Dónde fue esto?

Álvaro vio la foto.

Su cara cambió.

—En el cumpleaños de Marta.

—Yo recuerdo ese cumpleaños.

—Lo sé.

—No te recuerdo a ti.

—También lo sé.

—Pero estabas allí.

—Sí.

—Y Sergio también.

Asintió.

—¿Qué pasó?

—Nada.

La palabra fue demasiado rápida.

—Mientes.

—No pasó nada entre tú y yo.

—No he preguntado eso.

Álvaro apartó la vista.

Amplié más.

Había algo en la mano de Sergio.

Un sobre.

Y detrás de él, una mujer que no conocía.

Pelo corto.

Vestido negro.

Parecía estar discutiendo.

—¿Quién es ella?

Álvaro miró.

Se quedó quieto.

—¿Quién?

Señalé.

—Esa.

—No lo sé.

Su voz cambió.

—Claro que lo sabes.

—No se ve bien.

—La has reconocido.

—Clara...

—¿Quién es?

No respondió.

Guardé una captura en mi teléfono.

Álvaro lo vio.

No intentó detenerme.

—Voy a averiguarlo.

—No la busques.

Aquello fue mejor que un nombre.

—¿Por qué?

—Porque murió.

El teléfono casi se me cayó.

—¿Cómo se llamaba?

Álvaro cerró los ojos.

—Elena Robles.

—¿Quién era?

Me sostuvo la mirada.

—La mujer de un hombre que murió trabajando con Sergio y conmigo.

La fotografía había empezado como una prueba de que mi matrimonio con Álvaro era real.

Terminó convirtiéndose en una prueba de que nuestra historia había empezado mucho antes de lo que él quería contarme.