Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 3 - Todos lo conocen
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CAPÍTULO 3 - Todos lo conocen

Mis padres llegaron poco después de las once.

Los oí antes de verlos.

La voz de mi madre en el pasillo. La de mi padre intentando que hablara más despacio.

Durante unos segundos sentí un alivio tan intenso que me dolió.

Ellos no.

A ellos no podían haberlos confundido.

Álvaro estaba junto a la ventana.

Se levantó cuando se abrió la puerta.

Mi madre cruzó la habitación casi corriendo.

—Clara.

Me abrazó con cuidado.

Olía a la misma colonia de siempre.

Casi lloré.

Mi padre se quedó al otro lado de la cama y me cogió una mano.

—Vaya susto nos has dado.

Durante un minuto todo pareció normal.

Hasta que mi madre miró a Álvaro.

—Hijo, tienes una cara horrible. Vete a dormir un rato.

No entendí la frase.

Álvaro sonrió.

Mi padre añadió:

—Tu suegra tiene razón por una vez.

Álvaro soltó una risa cansada.

Y algo se hundió dentro de mí.

No era una representación.

No se trataban como personas que acabaran de conocerse.

—Mamá.

Los tres me miraron.

—¿Tú sabes quién es?

Mi madre frunció el ceño.

—¿Álvaro?

—Sí.

—Claro.

—¿Desde cuándo?

Se hizo un silencio pequeño.

Mi padre fue quien respondió.

—Hace años.

—¿Cuántos?

—Cuatro... cinco. No sé.

Álvaro miró al suelo.

Yo vi el gesto.

—¿Qué?

—Nada.

—Has hecho algo.

—Clara...

—¿Cuánto hace que los conoces?

Álvaro respiró.

—A tus padres, algo más de cuatro años.

La cifra encajaba demasiado bien.

El hueco.

—¿Y a mí?

Nadie contestó inmediatamente.

—A mí cuánto.

—Un poco más —dijo Álvaro.

Mi madre cerró los ojos.

Eso me puso alerta.

—¿Un poco más cuánto?

—Te había visto antes.

—¿Dónde?

—No es importante ahora.

Sentí una descarga de rabia.

—Eso lo decido yo.

Mi padre apretó los labios.

—Clara, no conviertas todo en un interrogatorio.

Lo miré.

—Hay un desconocido sentado junto a mi cama y todos me dicen que estoy casada con él. Creo que tengo derecho a preguntar.

—No es un desconocido —dijo mi madre.

—Para mí sí.

Álvaro se quedó quieto.

La frase le dolió.

Lo vi.

No me arrepentí.

—¿Sergio era mi marido?

Mi madre miró a mi padre.

—Sí.

—¿Durante cuánto?

—Casi cuatro años —dijo él.

—¿Y qué pasó?

Nadie respondió.

—Fernando dice que yo le pedí que no me lo contara.

Mi padre palideció.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—¿Fernando te ha escrito?

—Sí.

—No debería...

Mi madre le tocó el brazo.

—Déjala.

Aquello fue peor.

—¿Qué es lo que no debería decirme?

—No sabemos qué conviene ahora —dijo mi padre.

—Pues yo sí. La verdad.

Álvaro se movió.

—Clara, el médico ha dicho...

—No te he preguntado.

Se detuvo.

Mi madre se sentó en la silla.

—Cariño, tú y Sergio dejasteis de estar juntos.

—¿Por qué?

—Eso tendrás que recordarlo.

—¿Nos divorciamos?

Asintió.

La palabra me atravesó.

—¿Cuándo?

—Hace casi cuatro años.

Intenté respirar.

Casi cuatro años.

Mi cabeza había escogido quedarse justo antes.

—¿Y murió después?

Mi madre bajó la mirada.

—Sí.

—¿Cuánto después?

—Unos meses.

—¿Cómo?

Mi padre habló.

—Un accidente.

—¿Qué accidente?

—Clara.

—¿Qué accidente?

Álvaro se acercó un paso.

—No tienes que saberlo todo hoy.

Me reí.

—Esa frase empieza a darme asco.

Nadie respondió.

Miré a mi madre.

—¿Fui al funeral?

Su cara cambió.

—Sí.

—¿Lloré?

—Mucho.

—¿Álvaro estaba?

Silencio.

Giré la cabeza.

Álvaro me miraba.

—Sí —dijo.

—¿Por qué?

—Porque te conocía.

—¿Ya entonces?

—Sí.

—¿Y a Sergio?

Nadie contestó.

Otra vez.

Demasiadas veces.

—¿Lo conocías?

Álvaro abrió la boca.

El médico entró antes de que respondiera.

No supe si alegrarme o enfadarme.

El doctor Benítez pidió a mis padres que esperaran fuera. Álvaro también salió.

—Quiero saber exactamente qué me pasa.

El médico acercó una silla.

—Exactamente es una palabra difícil en neurología.

—Pruebe.

Me explicó que el accidente había provocado un traumatismo moderado. No había lesiones estructurales graves. Reconocía personas de mi infancia, conceptos, habilidades, datos generales.

Lo que fallaba era una parte de mi memoria autobiográfica reciente.

—¿Cuánto he perdido?

—No podemos medirlo con una regla.

—Casi cuatro años.

—Eso parece por lo que cuentas.

—¿Pueden volver?

—Sí.

—¿Seguro?

—No.

Agradecí que no intentara tranquilizarme.

—¿Y por qué recuerdo a Sergio tan bien?

—Los recuerdos más antiguos suelen ser más resistentes. Y los recuerdos emocionalmente reforzados pueden conservarse incluso cuando falla su ubicación temporal.

—Lo recuerdo como mi marido.

—Porque en la época que conservas lo era.

Miré mis manos.

—Entonces mi cerebro cree que sigo allí.

—Tu cerebro no cree cosas. Intenta construir continuidad con lo que tiene disponible.

—Suena peor.

El médico sonrió muy poco.

—A veces lo es.

Le hablé de los episodios anteriores.

No dijo nada durante varios segundos.

—¿Quién te lo ha contado?

—Mi hermano.

—Fernando pidió que lo avisáramos cuando despertaras.

—¿Lo sabía usted?

—Sabía que había antecedentes de alteraciones de memoria.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque llevas despierta unas horas.

Otra persona decidiendo tiempos.

—¿Qué antecedentes?

—No tengo acceso a todos los informes. Algunos pertenecen a una clínica privada.

—¿Cuál?

El médico miró la carpeta que llevaba.

—No aparece el nombre aquí.

—Pero sabe que existe.

—Sí.

Aquello fue suficiente.

Antes de salir me dejó una recomendación.

No intentara reconstruir cada minuto.

No aceptara como falso un recuerdo solo porque no encajara.

Y, sobre todo, no confundiera intensidad con precisión.

Cuando se marchó, me quedé sola.

Abrí el teléfono.

Busqué mi propio nombre.

Fotografías.

Correos.

Mensajes.

Miles de rastros.

Todo el mundo conocía a Álvaro.

Mis padres.

Fernando.

Marta.

Compañeros de trabajo.

En un grupo familiar había bromas que solo podían existir después de años.

Abrí una conversación con mi madre.

Busqué "Sergio".

Aparecieron decenas de resultados.

Los primeros pertenecían a la época que recordaba.

Los últimos eran distintos.

No lo llames otra vez.

Tienes que dormir.

Sé que duele.

Clara, por favor, come algo.

Y uno, de hacía casi tres años:

Álvaro se queda contigo. Déjale.

Cerré la conversación.

Busqué a Sergio en internet.

El primer resultado era una noticia.

No la abrí.

Solo leí el titular.

Fallece un hombre de treinta y ocho años en un accidente durante la madrugada.

Debajo aparecía su nombre.

Sergio Ortega Martín.

Mi marido.

Mi exmarido.

El hombre que, según todos, estaba muerto.

La puerta se abrió.

Álvaro volvió a entrar.

Lo miré.

—Mis padres te quieren.

Se quedó quieto.

—Sí.

—Fernando te conoce.

—Sí.

—Hay miles de fotografías.

—Sí.

—Estamos casados.

—Sí.

—Y aun así no me respondes una pregunta.

Él supo cuál.

Se sentó despacio.

—Conocí a Sergio.

No añadió nada.

Pero por primera vez desde que desperté, algo dentro de mí se sintió menos perdido.

No porque tuviera una respuesta.

Porque acababa de encontrar la primera mentira.