Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 2 - Sergio
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CAPÍTULO 2 - Sergio

Fernando tardó nueve minutos en responder.

Mi hermano solía tardar horas.

Aquella mañana contestó casi inmediatamente.

¿Te acuerdas de Sergio?

Vi que estaba escribiendo.

Paró.

Volvió a escribir.

Después llegó:

Sí.

Me quedé mirando la palabra.

Era ridículo que una respuesta tan pequeña pudiera producirme tanto alivio.

Sergio existía.

No lo había inventado.

No era una persona fabricada por un cerebro lesionado.

Escribí:

Todos dicen que murió.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente:

Lo sé.

Me incorporé un poco.

¿Y Álvaro?

Esta vez tardó más.

También lo conozco.

Sentí rabia.

No sabía contra quién.

¿Es mi marido?

Fernando no contestó.

Lo llamé.

Rechazó la llamada.

Un minuto después llegó un mensaje.

Estoy entrando en consulta. Voy en cuanto pueda.

Escribí:

Solo dime si me estoy volviendo loca.

La respuesta llegó tan deprisa que debió de tener el teléfono en la mano.

No.

Después añadió:

Pero no confíes demasiado en lo que sientes que pasó ayer. Tu memoria puede conservar algo con toda la fuerza del mundo y colocarlo en el momento equivocado.

Leí la frase dos veces.

Era algo que sonaba a Fernando.

Neurólogo incluso cuando hablaba con su hermana.

Escribí:

¿Por qué recuerdo a Sergio como mi marido?

Los tres puntos aparecieron.

No llegó nada.

Volví a insistir.

Y entonces respondió:

Porque lo fue.

Cerré los ojos.

El aire salió de mí.

Había necesitado leer aquello.

No sabía cuánto hasta ese momento.

Sergio había sido mi marido.

La vida de mi cabeza había ocurrido.

Mi cocina.

Nuestra casa.

La alianza.

Las noches.

Las discusiones.

Todo.

Abrí una nota nueva y escribí su nombre.

SERGIO.

Debajo empecé una lista.

Duerme del lado de la puerta.

Odia el cilantro.

Se quita el reloj al entrar en casa.

Coloca mal las toallas y cree que el lavavajillas tiene una única organización posible.

Sonreí.

Una vez pasó casi veinte minutos buscando las gafas mientras las llevaba puestas.

Ese recuerdo apareció entero.

Sergio abriendo cajones.

Yo observándolo desde la cocina.

—¿Qué buscas?

—Las gafas.

—Ah.

—¿Las has visto?

—Sí.

Se acercó.

—¿Dónde?

—Sergio.

—¿Qué?

—Las llevas puestas.

Se quedó inmóvil.

Se tocó la cara.

Yo empecé a reír.

—Ni una palabra.

—Voy a llamar a tu madre.

—Clara.

—Y a Fernando.

—Te lo advierto.

Años después seguíamos hablando de aquello.

Era una estupidez.

Precisamente por eso me aferré.

Las fotografías podían falsificarse.

Un documento podía contener cualquier cosa.

Pero ¿quién iba a inventarse unas gafas perdidas?

El teléfono vibró.

Fernando.

No era una llamada.

Era otro mensaje.

Hay algo que tienes que saber antes de que vaya.

Esperé.

Tardó casi un minuto.

Tú me pediste que, si algún día volvías a preguntar por Sergio, no te contara por qué dejasteis de estar juntos.

Dejé de respirar.

Leí la frase otra vez.

Y otra.

Yo.

Había sido yo.

No Álvaro.

No mis padres.

Yo había pedido silencio.

Escribí:

¿Por qué haría eso?

La respuesta tardó.

Porque tenías miedo de volver a olvidar.

Miré la puerta cerrada de la habitación.

Las máquinas.

El monitor.

La alianza de Álvaro descansaba en la mesilla desde que me la había quitado.

Escribí:

¿Ya me había pasado?

Fernando no contestó.

Lo llamé otra vez.

Esta vez sí respondió.

—Clara.

—¿Ya había perdido la memoria antes?

Oí ruido alrededor. Una puerta. Voces.

—No exactamente así.

Me reí.

—Todo el mundo utiliza esa frase.

—Porque es verdad. No es lo mismo una laguna disociativa, un problema de consolidación y una amnesia después de un traumatismo.

—Fernando.

Se calló.

—¿Había olvidado a Sergio?

—Partes.

—¿A Álvaro?

Silencio.

—¿Había olvidado a Álvaro?

—Una vez, durante unas horas.

El estómago se me cerró.

—¿Y qué hicisteis?

—Esperar. Se pasó.

—¿Y después?

—Clara, no deberíamos hablar de esto por teléfono.

—No me lo hagas tú también.

Oí su respiración.

—No quiero ocultarte nada.

—Entonces no lo hagas.

—Hay cosas que no sé. Y otras que sé porque tú me pediste que no te las recordara si volvía a ocurrir.

—¿Y vas a obedecerme?

—No lo sé.

Aquello fue la primera respuesta sincera que escuché desde que desperté.

—Ven.

—Voy.

—Y trae todo lo que tengas.

—No tengo nada.

—Fernando.

Silencio.

—Trae lo que tengas.

Colgué.

Volví a la nota.

SERGIO.

Añadí:

Yo misma pedí que no me hablaran de él.

Debajo escribí:

Ya había olvidado antes.

Me quedé mirando las dos frases.

Por primera vez comprendí que el problema no era que todos recordaran mi vida mejor que yo.

El problema era que la Clara que había vivido aquellos cuatro años parecía haber sabido que un día yo podía volver.

Y se había preparado para mí.