Mi marido no es mi marido CAPÍTULO 1 - El hombre junto a mi cama
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CAPÍTULO 1 - El hombre junto a mi cama

Lo primero que pensé al ver al hombre fue que se había equivocado de habitación.

Estaba sentado junto a la ventana, inclinado hacia delante, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Tenía la cabeza baja. Desde la cama solo veía una parte de su perfil, la barba de varios días y una camiseta azul arrugada.

Intenté decir algo.

No salió nada.

Tenía la boca seca y un sabor metálico pegado a la lengua. Al tragar sentí una punzada en la garganta.

El movimiento debió de alertarlo.

Levantó la cabeza.

Durante un segundo se quedó completamente quieto.

Después se puso en pie tan rápido que la silla golpeó la pared.

—Dios mío.

Vino hacia mí.

Yo intenté apartarme.

El dolor me atravesó desde el hombro hasta algún lugar detrás de los ojos. La habitación se inclinó. Cerré los párpados.

—No te muevas. No te muevas, por favor.

Su voz estaba muy cerca.

Cuando volví a mirar, tenía una mano suspendida sobre la mía. No llegó a tocarme.

—Voy a llamar a la enfermera.

Pulsó un botón junto a la cama.

Volvió a mirarme.

Tenía los ojos rojos.

—Estás despierta.

Observé la habitación.

Hospital.

Una bolsa de suero.

Un monitor.

Flores sobre una mesa.

Una venda en mi cabeza.

Intenté recordar cómo había llegado allí.

Lluvia.

Solo eso.

Agua golpeando un parabrisas.

Una luz demasiado blanca.

Después nada.

—¿Me oyes?

Miré otra vez al hombre.

Tendría alrededor de cuarenta años. Pelo oscuro. Una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha. No parecía peligroso.

Eso me puso más nerviosa.

Me miraba como si me conociera.

—Sí.

La palabra salió áspera.

Él se llevó una mano a la boca y apartó la vista.

Parecía a punto de llorar.

No entendía por qué.

Entró una enfermera acompañada de otra más joven.

—Buenos días —dijo—. Vaya susto nos has dado.

Encendió una luz.

Entrecerré los ojos.

—¿Sabes dónde estás?

—En un hospital.

—Muy bien. ¿Sabes qué día es?

Busqué una respuesta.

No apareció.

El miedo llegó por primera vez.

—No.

—No pasa nada.

La enfermera miró al hombre.

—Álvaro, ¿puedes esperar fuera un momento?

Él tardó un segundo.

—Sí. Claro.

Antes de salir volvió a mirarme.

Aquella mirada me incomodó más que todo lo demás.

Había intimidad.

Una intimidad que yo no compartía.

La enfermera me hizo preguntas sencillas.

Mi nombre.

Mi fecha de nacimiento.

La ciudad.

Algunas respuestas aparecieron solas.

Otras no.

Cuando me preguntó mi dirección, me quedé en blanco.

—No intentes forzarlo.

—¿Qué me ha pasado?

—Un accidente de tráfico.

La lluvia regresó.

Agua.

Una curva.

Una voz masculina.

No conseguí escuchar lo que decía.

—¿Iba conduciendo?

—Sí. Pero de eso hablarás con el médico. Has tenido mucha suerte.

Me toqué la venda.

—¿Cuánto llevo aquí?

—Tres días.

—¿Tres?

—Has estado sedada buena parte del tiempo.

Miré la puerta.

—El hombre de antes.

La enfermera sonrió.

—No se ha separado de ti.

Esperé.

—¿Quién es?

La sonrisa desapareció.

—¿Álvaro?

—¿Se llama así?

La enfermera joven dejó de mirar la pantalla que llevaba en la mano.

—Sí.

—¿Y quién es?

La mujer se acercó un poco.

—Tu marido.

No sentí miedo.

Al principio sentí desconcierto.

Como si me hubieran dado una respuesta correcta a una pregunta distinta.

—No.

La enfermera no dijo nada.

—No es mi marido.

—Después de un traumatismo pueden aparecer lagunas...

—Sé quién es mi marido.

La frase salió más fuerte de lo que pretendía.

La mujer se quedó quieta.

Y entonces apareció.

Sergio.

No una fotografía.

No una cara aislada.

Una mañana.

Nuestra cocina.

Él descalzo, con una camiseta gris, preparando café. La persiana a medio subir. Una mancha de lejía cerca del hombro que yo llevaba meses diciéndole que tirara.

—Esa camiseta es horrible.

—Buenos días para ti también.

—Te la voy a quemar.

—Está perfectamente.

—Tiene un agujero.

—Ventilación.

Recordé su sonrisa.

Recordé el lunar junto a su oreja.

Recordé que dormía del lado de la puerta.

Recordé su alianza.

Mi marido.

—Se llama Sergio.

La enfermera dejó de sonreír.

—¿Quién?

—Mi marido. Se llama Sergio.

La puerta se abrió.

Entró un médico.

Detrás de él estaba Álvaro.

Me observó.

No hizo falta que nadie le explicara lo que acababa de pasar.

Lo supo por mi cara.

El médico se presentó. Doctor Benítez. Neurólogo.

Habló de traumatismo craneal, sedación, memoria reciente. Yo apenas escuchaba.

Solo miraba a Álvaro.

Él no apartaba los ojos de mí.

—Quiero ver a Sergio.

Nadie respondió.

—¿Dónde está?

El médico miró a Álvaro.

Aquello fue suficiente.

—¿Qué pasa?

Álvaro dio un paso hacia la cama.

—Clara...

—¿Dónde está Sergio?

Su expresión cambió.

No supe qué vi.

Dolor.

Miedo.

Quizá culpa.

—Sergio no está.

—¿Dónde?

—Clara, primero tienes que descansar.

—No.

Intenté incorporarme. Un latigazo me obligó a parar.

—Quiero que lo llaméis.

Álvaro cerró los ojos un instante.

—No podemos.

Algo se enfrió dentro de mí.

—¿Por qué?

El médico intervino.

—Hay información que quizá sea mejor...

—No le he preguntado a usted.

Miré a Álvaro.

—¿Dónde está mi marido?

Tardó tanto en responder que supe que la respuesta iba a cambiar algo.

—Murió.

No entendí.

La palabra llegó hasta mí y se quedó fuera.

—No.

—Clara...

—No.

—Lo siento.

Negué.

—Eso no ha pasado.

Nadie dijo nada.

—He hablado con él.

La imagen de la cocina.

El café.

La camiseta gris.

—Esta mañana.

Álvaro se llevó una mano a la frente.

El médico se acercó.

—Clara, puede que tus recuerdos no estén ordenados cronológicamente.

—Sé lo que recuerdo.

—No digo lo contrario.

—Sergio estaba en casa.

La voz me tembló.

—Anoche discutimos porque dejó un cajón abierto.

El silencio de la habitación cambió.

No era compasión.

Era alarma.

—¿Qué? —pregunté.

Álvaro se sentó.

—Eso fue hace casi cuatro años.

Lo miré.

—¿Qué?

—Lo que estás contando.

—No.

—Clara...

—No.

El médico intentó explicarlo.

Retrograde amnesia.

Autobiographical memory.

Possible temporal gradient.

Yo solo escuché una cifra.

Casi cuatro años.

Miré mi mano izquierda.

Llevaba una alianza.

No era la mía.

La de Sergio era más fina. Plata mate. La habíamos elegido porque él decía que el oro le hacía parecer un vendedor de seguros.

La que tenía en el dedo era lisa, más ancha.

Me la quité.

En el interior había una fecha.

No significó nada.

Álvaro la miró en mi palma.

—Nos casamos hace dos años.

Me reí.

Fue un sonido desagradable.

—No.

—Sí.

—No te conozco.

Algo se rompió en su cara.

—Lo sé.

—Entonces deja de decir que eres mi marido.

No respondió.

El médico pidió que saliera.

Esta vez Álvaro obedeció.

Cuando la puerta se cerró, respiré.

Creí que me sentiría más segura.

No ocurrió.

—Necesito mi teléfono.

—Más tarde.

—Ahora.

La enfermera dudó.

—Por favor.

Lo trajo de un cajón.

La pantalla estaba rajada en una esquina.

Reconocí el aparato.

Eso me tranquilizó.

Introduje el código.

Funcionó.

Mi fondo de pantalla apareció.

Álvaro y yo.

En una playa.

Él tenía un brazo alrededor de mi cintura.

Yo lo besaba en la mejilla.

La fecha de la fotografía era de hacía seis meses.

Se me cayó el teléfono sobre las piernas.

—No.

Abrí la galería.

Álvaro.

Álvaro.

Álvaro.

Viajes.

Cumpleaños.

Una cena con mis padres.

Mi hermano Fernando riéndose junto a él.

Una fotografía de boda.

Yo vestida de blanco.

Álvaro frente a mí.

Seguí bajando.

Miles.

No había una sustitución torpe.

No había dos fotografías manipuladas.

Había una vida.

Una vida completa.

Y yo no recordaba ni un segundo.

Escribí un nombre en el buscador.

SERGIO.

Aparecieron cuarenta y siete resultados.

La primera fotografía me quitó el aire.

Sergio.

Mi Sergio.

La camiseta gris.

La sonrisa.

Yo abrazándolo.

Abrí la información.

La fecha pertenecía al mundo que recordaba.

Seguí.

La última imagen era distinta.

Sergio estaba solo.

La había tomado yo.

Detrás había una calle.

En la parte inferior aparecía una fecha.

Casi cuatro años atrás.

La amplié.

Y entonces vi algo en el reflejo de un escaparate.

Dos figuras.

Una era yo.

La otra no era Sergio.

Era Álvaro.

Me quedé inmóvil.

No podía saberlo.

Apenas una silueta.

Pero lo supe.

La puerta se abrió.

Álvaro entró despacio.

Me vio mirando la pantalla.

—Clara.

Levanté el teléfono.

—¿Tú conocías a Sergio?

No respondió.

No inmediatamente.

Y aquel segundo fue el primer momento en que supe que, aunque todos los demás tuvieran razón sobre una cosa, alguien seguía mintiéndome.

Álvaro podía ser mi marido.

Pero eso no significaba que yo estuviera equivocada.