Mi marido no es mi marido
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PRÓLOGO - Antes de olvidar
Escribí la frase tres veces.
La primera salió torcida. La segunda ocupó media página. La tercera fue exactamente como quería.
SERGIO ESTÁ VIVO.
Me quedé mirándola hasta que las letras dejaron de parecer palabras.
En la cocina solo estaba encendida la lámpara de la campana. El resto de la casa permanecía a oscuras. Eran casi las doce y fuera llovía con esa constancia que consigue borrar la calle detrás de los cristales.
El teléfono vibró sobre la mesa.
No lo toqué.
Nueve llamadas perdidas.
Tres de Álvaro.
Dos de mi madre.
Una de Fernando.
Las demás, de un número que no tenía guardado y que, sin embargo, conocía.
Volví a mirar la hoja.
Debajo de la primera frase escribí:
NO CONFÍES EN ÁLVARO.
Me detuve.
Aquello era verdad.
También era injusto.
Las dos cosas podían convivir. Había tardado demasiado en comprenderlo.
Taché la frase.
La escribí otra vez.
NO LE CUENTES LO QUE RECUERDAS.
Mejor.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez sí lo miré.
Álvaro.
No respondí.
Llegó un mensaje.
Clara, por favor.
Durante años, aquellas dos palabras habían conseguido detener discusiones, aplazar preguntas, hacerme aceptar que algunas verdades podían esperar hasta el día siguiente.
Aquella noche no.
Abrí la carpeta que tenía delante.
Había fotografías. Informes. Copias de transferencias. Un listado de nombres. Una memoria USB. En la parte superior de una de las hojas alguien había escrito NEXUM con letras de imprenta.
Pasé el dedo por el papel.
Me temblaba la mano.
No sabía cuál de todos aquellos documentos era suficiente para destruir una vida.
Sí sabía que varios podían destruir la mía.
Un coche se detuvo en la calle.
Apagué la pantalla del teléfono.
No me moví.
Esperé.
El motor siguió encendido unos segundos y después se apagó.
Me acerqué a la ventana sin encender ninguna luz. Separé la cortina lo justo para mirar.
Un vehículo oscuro estaba aparcado a unos cincuenta metros. No podía ver quién había dentro.
Llevaba días sintiéndome observada.
Aquella noche ya no era una sensación.
Volví a la mesa.
Tomé otra hoja.
Necesitaba dejar algo más. Algo que pudiera entender incluso si todo salía mal.
Eso era lo insoportable: ya sabía que podía salir mal de una forma muy concreta.
Podía volver a olvidar.
Escribí:
SI VUELVES A PREGUNTAR POR SERGIO, NO DEJES QUE NADIE TE EXPLIQUE QUIÉN ERA.
La frase parecía demasiado larga.
La taché.
Pensé en el hospital.
En las luces blancas.
En la primera vez.
En despertar y necesitar unos segundos para recordar dónde estaba. En mirar a Álvaro y sentir miedo sin saber si el miedo pertenecía al presente o a un recuerdo.
Pensé en Sergio.
En cómo había conseguido sobrevivir incluso dentro de las partes de mí que intenté borrar.
Escribí:
MIRA OTRA VEZ.
Me gustó.
La doblé.
Un golpe sonó en la puerta principal.
Todo mi cuerpo se tensó.
Otro golpe.
—Clara.
Cerré los ojos.
Álvaro.
Conocía aquella voz. La había escuchado medio dormida, enfadada, riéndose, pidiendo perdón. La conocía demasiado.
Quizá ese era el problema.
—Sé que estás ahí.
Guardé la hoja dentro de un sobre.
Cogí la carpeta y la llevé al dormitorio. Levanté el fondo del cajón que había preparado semanas antes. La escondí. Dejé fuera solo una llave pequeña con el número 214 grabado en una placa de plástico.
Otro golpe.
—Por favor.
Regresé a la cocina.
El teléfono se iluminó.
Número oculto.
No contesté.
Apareció un mensaje.
No salgas con él.
Sergio.
Mi antiguo marido.
El hombre al que había llorado como a un muerto.
El hombre al que había amado antes de aprender que amar a alguien no te protege de lo que puede hacerte.
Miré la puerta.
Después el teléfono.
Después mis propias manos.
Dos hombres.
Dos versiones.
Dos personas convencidas de que sabían qué era mejor para mí.
Abrí la aplicación de grabadora.
Dije mi nombre.
La fecha.
Después respiré.
—Si estás escuchando esto y no recuerdas por qué lo grabaste, hay una sola cosa que importa.
Me costó pronunciar la siguiente frase.
—No vuelvas a dejar que nadie decida qué puedes soportar.
En la puerta, Álvaro volvió a llamarme.
En el teléfono, Sergio escribió otra vez.
Y yo comprendí que llevaba años preparándome para elegir entre ellos.
Aquella noche, por fin, supe que la elección era otra.
Cogí las llaves del coche.
Salí por la puerta trasera.
No sabía que, unas horas después, abriría los ojos en un hospital.
No sabía que habría perdido casi cuatro años.
No sabía que el hombre sentado junto a mi cama sería mi marido.
Solo sabía una cosa.
Si mi memoria volvía a fallarme, tendría que desconfiar de todo.
De las fotografías.
De los documentos.
De las personas que me querían.
Incluso de mí.
Sobre todo de mí.