6 Hayden
Pia está demasiado callada.
Es lo primero que me inquieta mientras la arropo, aliso las mantas alrededor de su pequeño cuerpo y me aseguro de que el señor Zanahorias quede bien colocado junto a su almohada. Siempre me habla sin parar a la hora de dormir: de la escuela, de Sadie, de cualquier vídeo de YouTube que le haya llamado la atención ese día, de los sueños que quiere tener, del desayuno que quiere para mañana y de si las nubes están hechas de algodón de azúcar (todavía no está convencida de que no lo estén).
Esta noche, nada.
Solo se queda ahí tumbada, con su conejo de peluche gastado entre los brazos, los ojos enrojecidos fijos en el techo.
Los comentarios de Ali deben haberle afectado de verdad. Solo pensarlo hace que se me tense la mandíbula de nuevo, que una nueva oleada de ira me recorra el pecho. ¿Cómo pudo? ¿Cómo puede alguien decir algo tan cruel a una niña? ¿A mi niña?
—¿Papá?
La voz de Pia suena pequeña. Frágil. Nada que ver con mi niña brillante, parlanchina y valiente.
—¿Sí, cariño?
—¿Vas a dejarme como hizo mamá?
Las palabras me golpean en el pecho.
Veo rojo. Literalmente. Mi visión se tiñe de ese color por un momento mientras la ira, el dolor y algo primario y protector surgen desde lo más profundo de mí. Quienquiera que haya hecho que mi hija pregunte eso merece arder.
—No, cariño.
Me sale áspero, quebrado. Le busco la mano y se la aprieto con fuerza.
—Nunca. Nunca te voy a dejar, ¿de acuerdo? Somos tú y yo, para siempre.
Abraza al señor Zanahorias más fuerte, hunde la cara en su pelaje gastado y asiente. Pero algo en su expresión no se calma. Algo sigue mal.
—¿Quieres hablar de lo que pasó?
Silencio. No me mira a los ojos.
—Puedes contarme lo que sea, Pia. Lo sabes, ¿verdad?
Le aparto un mechón de pelo oscuro de la frente.
—Lo que sea. Nunca me voy a enfadar contigo por decirme la verdad.
Más silencio. Del tipo que se extiende y duele. Luego, en voz baja:
—¿Prometes que no te vas a enfadar?
—Lo prometo.
Respira con un temblor. Sus dedos se retuercen en la oreja del señor Zanahorias, un hábito nervioso que tiene desde los dos años, por eso la oreja izquierda del pobre conejo está casi raída.
—No fue Ali.
Las palabras no me entran al principio.
—¿Qué?
—Ali no dijo esas cosas.
La voz de Pia tiembla.
—Fue Delphine.
La habitación se queda muy, muy quieta.
—Delphine dijo...
A Pia se le entrecorta el aliento.
—Dijo que mamá se fue porque yo no era suficiente. Que nadie me quiere. Que Ali solo quiere tu dinero y que también se va a ir y...
—Pia.
Me sale la voz rasposa.
—Pia, cariño, mírame.
Lo hace. Sus ojos marrones están anegados en lágrimas.
—Ali la paró.
Las palabras salen ahora en tropel, como una presa que se rompe.
—Ali le gritó y le dijo que se fuera y luego Ali me abrazó. Me abrazó muy fuerte, papi. Dijo que todo iba a estar bien.
Se me hiela la sangre.
—Me gusta Ali.
A Pia le tiembla el labio inferior.
—Ali es buena conmigo. Lee los cuentos muy bien y sabe todo sobre hadas y no me hace sentir mal.
Una lágrima le cae por la mejilla.
—¿Por qué le gritaste?
No puedo hablar.
Joder, no puedo hablar.
—No quería decírtelo porque tenía miedo de que te enfadaras con Delphine y luego Delphine se enfadara conmigo y entonces todos se fueran y...
—Nadie te va a dejar.
No lo suavizo. Estoy desesperado.
—Nadie. ¿Me entiendes? Y no estoy enfadado contigo. Decirme la verdad es lo más valiente que has hecho en tu vida.
—Pero estabas enfadado con Ali y ella no hizo nada malo.
La verdad en boca de los niños.
Me quedo con ella hasta que se duerme. Le acaricio el pelo y tarareo la nana que le canto desde que era un bebé. Su respiración se va calmando poco a poco, afloja la mano con la que agarra al señor Zanahorias mientras el sueño por fin la reclama.
Luego salgo al pasillo y me siento en el suelo con la espalda contra la pared.
La casa está oscura y en silencio a mi alrededor.
Acusé a una mujer inocente sin dejarla hablar. Creí a una manipuladora por encima de mis propios instintos. Me tragué las lágrimas de cocodrilo, la cara bonita y una historia que confirmaba mis peores miedos, porque era más fácil que pararme a pensar.
Igual que antes.
Igual que con Nicole.
La madre de Pia solía hacer esto: retorcer situaciones, hacerse la víctima, manipular la realidad hasta que yo no sabía distinguir arriba de abajo. Hacía algo cruel y luego lloraba diciendo que yo exageraba. Descuidaba a Pia y luego sollozaba por lo difícil que era la maternidad. Mentía, manipulaba y me hacía sentir como si yo fuera el loco, hasta el día en que se fue y no volvió nunca.
Juré que no me volverían a engañar.
Y sin embargo aquí estoy, picando en los mismos malditos trucos de una mujer a la que llevo empleando casi un año. Una mujer a la que dejé entrar en mi casa, a la que confié a mi hija, a la que creí por encima de mi propia esposa.
Por encima de Ali.
Ali, a quien apenas conozco. Ali, con quien me casé por obligación, por torpeza y por una deuda que tenía con su hermano. Ali, que defendió a mi hija cuando yo no estaba para hacerlo.
Ali, a quien una vez aparté con crueldad deliberada porque la alternativa —admitir que me había fijado en ella con el paso de los años, que la hermana pequeña de Luke se había convertido en alguien a quien no podía dejar de mirar en las habitaciones abarrotadas— era impensable.
Joder.
Joder, joder, joder.
La cagué.
El pensamiento no deja de darme vueltas en la cabeza mientras permanezco sentado en el pasillo a oscuras, repasando cada momento de esta noche. La cara de Ali cuando le grité. Cómo intentó explicarse y no la dejé. La devastación en sus ojos cuando le dije que se largara de mi vista.
Protegió a mi hija, y yo la traté como si fuera la enemiga.
Tengo que arreglar esto.
El reloj marca las 23:47 cuando finalmente me obligo a levantarme y caminar hacia la habitación de invitados. La luz se filtra por debajo de la puerta. Todavía está despierta.
Mis nudillos vacilan contra la madera. Esto va a ser incómodo. Humillante. Voy a tener que admitir que estaba equivocado, que soy un imbécil, que la juzgué injustamente y me negué a escucharla.
Solo llama. Deja de ser un cobarde y llama.
Llamo.
Pasos. Una pausa. Luego la puerta se abre de golpe.
Ali está ahí con un pijama suave —una camiseta fina de dormir y pantalones holgados—, el pelo húmedo de la ducha, la cara limpia de maquillaje. Tiene los ojos enrojecidos pero secos, y alza la barbilla en cuanto me ve.
Desafiante incluso ahora. Desafiante incluso después de todo.
Mi pecho se agrieta.
—Estaba equivocado.
Las palabras salen antes de que pueda ordenarlas, antes de que pueda preparar un discurso cuidadoso o una disculpa diplomática. Simplemente se me escapan, torpes y en bruto.
Parpadea.
Fuera lo que fuese lo que esperaba que dijera, desde luego no era eso. Abre la boca ligeramente, luego la cierra. El desafío en su expresión se transforma en confusión.
—Pia me contó lo que pasó de verdad —me obligo a sostenerle la mirada, aunque todo en mí quiere apartar la vista—. La protegiste. La defendiste cuando esa mujer... —se me tensa la mandíbula—. Debería haberte escuchado. Debería haber confiado en ti. Lo siento.
Ninguno de los dos dice nada.
El pasillo parece demasiado pequeño. El aire, demasiado cargado. Me mira como si intentara decidir si esto es real o algún tipo de truco, y no puedo culparla.
—¿Tienes idea de lo que se siente?
Su voz es tranquila. Controlada. Pero puedo oír el dolor por debajo, la ira que mantiene a raya.
—¿Ser acusada así? ¿Que me miraras como si yo fuera...? —niega con la cabeza—. ¿Sin poder siquiera defenderme?
—Sí.
Me raspa la garganta al salir. Honesto.
—Sé exactamente lo que se siente.
Pienso en Nicole. En todas las veces que intenté explicarme y ella me interrumpió. En todas las veces que me culparon por cosas que no hice. En todas las veces que estuve exactamente donde está Ali ahora: furioso, herido y completamente ignorado.
—Por eso no tengo excusa —digo—. Por eso no hay justificación para lo que hice. Sé lo que se siente estar en el otro lado, y aun así te lo hice.
Se limita a mirarme.
La observo asimilarlo, veo las emociones cruzar su rostro: ira, dolor, sorpresa, algo que podría ser una comprensión reacia. Está decidiendo si aceptar mi disculpa o aferrarse a su furia, y no la culparía en ningún caso.
—Tregua —dice al fin. Su voz es neutra, pero parte de la tensión desaparece de sus hombros—. Por Pia.
—Por Pia —acepto.
Antes de que pueda cerrar la puerta, suena el timbre abajo. Una vez. Dos veces. Luego un puño aporreando.
Ali se queda inmóvil.
—¿Esperabas a alguien?
—No.
Llegamos a lo alto de las escaleras justo cuando Delphine abre la puerta principal, y una voz que solo he oído en un vídeo viral resuena por toda la casa.
—Necesito verla. Sé que está aquí.
Trent.
Ali baja las escaleras antes de que pueda detenerla, y yo voy justo detrás. Está plantado en mi entrada con una camisa arrugada, sin afeitar, los ojos inyectados en sangre —el novio pulido de las fotos de boda hecho pedazos—, el móvil aferrado en la mano como si fuera a necesitarlo de prueba.
—Ali. Gracias a Dios —da un paso adelante como si aún tuviera derecho—. Tenemos que hablar.
—Sal de esta casa.
Su voz no tiembla. Ni un ápice.
—Cinco minutos. Es todo lo que pido —suelta una risa fina y desesperada—. ¿Tienes idea de lo que me has hecho? Cincuenta millones de personas vieron ese vídeo. Lo he perdido todo: ofertas de trabajo, amigos, gente que me envía amenazas de muerte. Mi propia madre no me coge el teléfono.
—Bien.
—Tú me hiciste esto —la desesperación se convierte en algo más feo—. Una declaración. Es todo lo que necesito. Sales ante la cámara, dices que fue un malentendido, que el vídeo se sacó de contexto, que no hay rencor entre nosotros. Frenas a tu pequeña turba de internet, y todo esto desaparece.
—Estabas medio desnudo con mi mejor amiga una hora antes de nuestra boda —Ali inclina la cabeza—. ¿Qué parte se sacó de contexto?
—Margot no significaba nada...
—Entonces vivir sin que yo limpie tu desastre debería ser fácil.
Se le tensa la mandíbula. El encanto ha desaparecido, arrancado para dejar al descubierto al hombre que la llamó frígida delante de un salón lleno de gente.
—¿Te crees intocable? —le apunta con el dedo—. ¿Escondida detrás de tu marido de mentira y el dinero de papi mientras mi vida arde? No puedes arruinarme y luego jugar a las casitas...
Me muevo antes de decidirlo.
Me interpongo entre ellos, tan cerca que tiene que echar la cabeza hacia atrás para mantenerme la mirada.
—Vas a irte —mantengo el tono bajo, muy calmado—. Y no vas a volver. No la llamarás, no le enviarás mensajes, no volverás a pronunciar su nombre en público. Porque si lo haces, tengo mucho más dinero que tú y mucha más paciencia, y me gastaré ambas cosas en recordarle al mundo exactamente lo que eres.
Durante un segundo, la bravuconería se mantiene.
Luego se quiebra.
—Esto no ha terminado —ya está retrocediendo hacia la puerta, ya parece más pequeño que hace un minuto. Sus ojos se clavan en Ali una última vez, y el veneno en ellos es real—. Os arrepentiréis de esto. Los dos.
La puerta se cierra de un portazo que hace vibrar las ventanas.
Nadie se mueve. La cara de Pia asoma por la esquina del salón, con los ojos enormes. Junto a la puerta, Delphine observa el espacio donde estaba Trent con una expresión que no logro descifrar, y luego desaparece, recompuesta en su máscara amable antes de que pueda identificarla.
Ali suelta un suspiro lento. Ahora que todo ha terminado, le tiemblan las manos; la adrenalina le pasa factura.
—¿Estás bien?
—No sabe perder. Nunca ha sabido —se abraza el cuerpo—. No será la última vez que sepamos de él.
Al mirarla, sacudida pero inquebrantable, firme en mi casa mientras mi hija observa, todo en mí se endurece con certeza. Quiero sacarlas de aquí. Lejos de Trent, lejos de lo que sea que acaba de cruzar el rostro de Delphine, lejos de todo. Aunque solo sea por dos semanas.
—Ali.
Levanta la vista hacia mí.
—El viaje de luna de miel. Ya está reservado. No reembolsable.
Se me queda mirando.
—¿Y qué pasa con eso?
—Deberíamos ir —la idea se cristaliza mientras hablo, de pronto tiene todo el sentido del mundo—. Llevar a Pia. Alejarla de esa mujer mientras decido qué hacer con ella.
—Quieres ir de luna de miel —su tono es escéptico—. Con tu hija.
—Quiero sacar a Pia de esta casa. Y sí —le sostengo la mirada—, contigo.
Su expresión cambia. Algo complicado que no logro descifrar del todo.
—Tenemos que aprender a convivir sin querer matarnos —dice despacio—. Mejor hacerlo en una playa.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un «convénceme».
A pesar de todo —de la culpa que aún me retuerce las entrañas, del desastre que he causado, de la conversación que tendré que tener con Delphine mañana—, a pesar de todo eso, casi sonrío.
—El resort tiene un spa de primera. Playa privada. Servicio de habitaciones ilimitado.
—Sigue.
—Tienen eso de traerte el desayuno en una bandeja flotante en la piscina.
Se le escapa una media sonrisa.
—Los he visto en Instagram.
—A Pia le encantaría. Nunca ha estado en un sitio tropical.
La mención de Pia hace algo en la expresión de Ali, la suaviza de una manera que me oprime el pecho. De verdad le importa mi hija. Eso no es teatro.
—Vale —suspira, pero sin verdadera resistencia—. Voy a hacer la maleta. Pero necesito vacaciones de verdad después de todo esto. No pienso pasarme dos semanas jugando a las casitas si no voy a poder relajarme.
—Trato hecho.
—Y tú te encargas de toda la logística. Vuelos, traslados, todo.
—Ya está todo listo. El viaje estaba reservado para ti y... —me detengo—. Para la luna de miel original. Sigue a tu nombre.
Una sombra le cruza el rostro. Claro. La luna de miel que iba a pasar con Trent. El hombre que se estaba follando a su mejor amiga en una habitación de hotel mientras ella se ponía el vestido de novia.
—Me aseguraré de que todo esté actualizado —añado deprisa—. Reservas nuevas. Todo nuevo. Nada de antes.
Asiente, y parte de la tensión se le escapa de los hombros.
—Entonces supongo que nos vamos al Caribe.
—Eso parece.
Otro momento de silencio. Empieza a cerrar la puerta, y esta vez la dejo.
Pero justo antes de que la puerta se cierre con un clic, la veo girarse: la luz de la mesilla le ilumina el pelo, ondas suaves que le caen por los hombros, todavía húmedas de la ducha. La tela fina de su camiseta de dormir se ciñe a unas curvas que no tengo ningún derecho a mirar.
Las miro de todos modos.
Las miro, y no puedo dejar de mirarlas, y vuelvo a mi habitación con la imagen grabada a fuego en el cerebro.
Estoy en más problemas de los que creía.